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Haro Tecglen

Puentes hacia el gulag

Haro Tecglen, en réplica a Savater, afirma modestamente que lo que él hace es tender puentes. En otras palabras, que es hombre dialogante, no como esas malas bestias fanáticas que ven en ETA algo parecido a una banda de asesinos profesionales, en vez de una asociación de personas razonables y dispuestas al diálogo, eso sí, con algunas peculiaridades que debemos comprender si queremos demostrar, a nuestra vez, tolerancia. ¡Nada de rechazar al “otro”, faltaría más!

Lo malo de Haro es que sus puentes siempre van a lo mismo. Nunca le hemos visto tender un puente hacia las víctimas del terrorismo. A éstas en el fondo las desprecia, cree que se lo tienen merecido –dejando aparte “errores” y “excesos”, inevitables, por desgracia, pero cuya responsabilidad debe recaer en el cerrilismo de los no dialogantes–, y si algo le irrita es que las víctimas directas se organicen, clamen por su derecho y denuncien a los hipócritas que enmascaran de mil maneras el crimen e intentan sacarle ganancias. La actitud de las víctimas directas y de quienes no están dispuestos a que el crimen pague, le parece inadmisible. Las víctimas no son dialogantes, y es inútil tender puentes hacia ellas.

La trayectoria de Haro, y de tantos Haro como pululan por nuestro panorama intelectual y político, ha sido siempre tender puentes hacia el Gulag e invitarnos con charlatanería demagógica a transitar por ellos. A eso se dedicaba Haro desde la revista “Triunfo”, con bastante éxito, por cierto; a eso ha consagrado su vida, como para volverse atrás a estas alturas. Haro, como otros muchos dialogantes y alzapuentes por su estilo, ha debido retroceder desde el marxismo al jacobinismo. El marxismo era aquello de la dictadura del proletariado, la violencia partera de la historia y demás historias que, con la caída del muro de Berlín, ya casi nadie defiende... abiertamente.

El imperio del Gulag ha caído por tierra en Europa, pero todos los Haro conservan un fino olfato para detectar cualquier posible embrión de un nuevo imperio –en este caso la ETA–, y dedicarle sus cuidados amorosos, a ver si no se malogra antes de madurar.

Como los tiempos no resultan propicios, tales puentes se caen con facilidad, y sus constructores no dan abasto a tender otros nuevos, cada vez más improvisados y chapuceros. Pero no cejan en su empeño. Hay que admirar su tenacidad y no despreciarlos, pues al menor descuido sus zancadillas dialogantes consiguen su objetivo.