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Salario mínimo y economía informal

En el mercado laboral existe la oferta y la demanda. Bajo libre contratación, la oferta es igual a la demanda y todos obtienen trabajo con un salario de acuerdo a la productividad de cada uno

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Los problemas rara vez vienen solos. Las amenazas de invasión de los campesinos están llevando al Paraguay al borde de la anarquía. Aprovechando esto, los dirigentes sindicales exigen un aumento del 24% del salario mínimo. No les interesa la prolongada recesión, o que no haya habido incremento alguno en la productividad, o que esto origine aún mayor desocupación y miseria. Saben que los gobernantes, acosados por reclamos sociales, a menudo otorgan aumentos del salario mínimo para comprar el apoyo de los sindicatos.
 
Pero otros defienden tales aumentos por compasión con los más pobres. Es un error. Que el salario mínimo puede traer algún provecho a los más pobres es tan falso como que la tierra es cuadrada. Es todo lo contrario. Esa medida siempre perjudica a los más pobres. Los economistas saben que con cada aumento del salario mínimo se condena a numerosos jóvenes sin estudios –los más pobres– al desempleo, la mendicidad, el hambre y la prostitución.
 
En los últimos años, el populismo y la inflación han forzado el aumento sostenido del salario mínimo hasta alcanzar el nivel de un trabajador cualificado. El resto, los jóvenes, mujeres y campesinos sin experiencia laboral y cuyo trabajo no produce lo suficiente para cubrir el salario mínimo son despedidos o quedan fuera del mercado laboral. Se les niega así el entrenamiento de un primer empleo o la posibilidad de trabajar para poder seguir estudiando. La tasa más alta de desempleo es entre los jóvenes.
 
En el mercado laboral existe la oferta y la demanda. Bajo libre contratación, la oferta es igual a la demanda y todos obtienen trabajo con un salario de acuerdo a la productividad de cada uno. Pero, debido a que el gobierno impone un salario mínimo, los empleos ofrecidos son menos que el número de personas que busca trabajo. El aumento del precio de cualquier cosa, se trate de leche o servicios laborales, reduce su demanda, creando excedentes. En el mercado laboral el excedente es el desempleo.
 
El salario mínimo sólo beneficia a un grupo reducido. En Paraguay, un trabajador de cada veinte gana el salario mínimo y recibe los beneficios de la seguridad social. El resto trabaja en el sector informal o mercado negro, vende baratijas, artículos de contrabando o robados, limpia parabrisas en las esquinas, roba o mendiga. El sector informal abarca 70% o más de la economía paraguaya. El aumento del salario favorece a unos pocos a costa de la inmensa mayoría.
 
El único empleador que paga el salario mínimo sin importar lo que produce el trabajador es el gobierno. Pero éste no puede dar empleo a todos. Alguien tiene que trabajar y pagar impuestos. Los gobiernos no crean riqueza, pero sí la destruyen. Para financiar sus gastos y pagar sus deudas imprimen billetes sin valor en el Banco Central, causando inflación. Y para compensar a los trabajadores por la inflación –la pérdida del valor del dinero– ordenan el aumento del salario mínimo, lo cual pronto provoca otra ronda de aumentos en los precios.
 
El progreso de los pueblos depende del aumento sostenido de los ingresos. Pero el ingreso no aumenta por decreto, sino ampliando la libertad de trabajar, producir, comprar, vender y contratar. Si algún bienestar se lograra con aumentos del salario mínimo, ¿por qué no se duplica o triplica el mismo, enriqueciendo así a todos los trabajadores? Pero hasta el político más inconsciente sabe que eso conduciría a la masiva destrucción de empleos y el caos social.
 
En la economía, el aumento del ingreso de los trabajadores es siempre resultado de nuevas inversiones. El obrero americano gana diez veces más que el paraguayo, no por ser más dedicado o inteligente, sino por que la inversión en su país es mucho mayor, lo cual le permite utilizar equipos y maquinarias tanto más eficientes. El incremento de la cuota de capital por cada trabajador, en nuevas fábricas, maquinarias y tecnología, es lo que aumenta la productividad y los salarios, y no la acción de los sindicatos y los políticos.
 
Los dirigentes sindicales, en solidaridad con los más pobres, debieran reclamar en lugar del aumento del salario mínimo las reformas y la liberalización económica que atraen nuevas inversiones, crean nuevos empleos, promueven el aumento de los salarios reales y el mejoramiento del nivel de vida de la gente.
 
© AIPE
 
Porfirio Cristaldo Ayala, Corresponsal de AIPE y presidente del Foro Libertario.

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