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El Pentágono recientemente informó que está gastando unos 8.400 millones de dólares mensuales en la guerra de Irak y al añadir la intervención en Afganistán, el coste alcanza la friolera de 10.000 millones de dólares mensuales. Desde 2001, el Congreso de Estados Unidos ha gastado más de 500.000 millones de dólares en partidas para Irak. Ese dinero no se refleja en el presupuesto nacional ni en el déficit presupuestario, ya que el Congreso ha financiado esa guerra con los llamados gastos suplementarios, fuera del presupuesto.
Se trata de una práctica básicamente deshonesta. Si vamos a la guerra, afrontemos el coste, tanto económico como en vidas. El Congreso no debiera esconder el precio de la guerra con trucos contables.
Y a medida que avanza la guerra en Irak, el Gobierno considera otra acción militar, esta vez contra Irán. Pero no se encara la pregunta clave: ¿disponemos del dinero para hacerlo? Si cada contribuyente tuviese que pagar unos cinco mil o diez mil dólares adicionales al Impuesto sobre la Renta en abril para financiar la guerra, estoy seguro de que pronto se acabaría. El problema es que el Gobierno la financia pidiendo prestado e imprimiendo billetes, en lugar de pasarnos la factura directamente con impuestos más altos. Cuando el coste no está claro, se distorsiona también la cuestión de si la guerra vale la pena o no.
El Congreso y la Reserva Federal mantienen un cómodo y callado arreglo que facilita financiar la guerra. El Congreso sufre de un apetito insaciable de gastar, pero aumentar los impuestos es políticamente impopular. Sin embargo, la Reserva Federal permite el gasto deficitario creando más dinero a través del Departamento del Tesoro. En contrapartida, el Congreso permite que la Reserva Federal opere sin molestos controles ni escrutinios. La política monetaria es ignorada en Washington, a pesar de que la Reserva Federal fue creada por el Congreso.
El resultado es inflación y la inflación financia la guerra.
El economista Lawrence Parks ha explicado cómo la creación de la Reserva Federal en 1913 hizo posible nuestra participación en la Primera Guerra. Sin la habilidad de imprimir billetes, el Gobierno federal no hubiera podido financiar la inmensa movilización de soldados y armamentos. Antes, las guerras eran financiadas con impuestos o pidiendo prestado, lo cual implica limitaciones. Pero, al menos en teoría, la impresión de billetes no tiene límites. Por eso el circulante se ha triplicado desde 1990.
Para tener una clara perspectiva, considere nuestro compromiso militar en Corea. Solamente en Corea, los contribuyentes de Estados Unidos han gastado 1 billón de dólares (valor actual), a lo largo de 55 años. ¿Qué conseguimos? Corea del Norte no ha dejado de ser un adversario agresivo y belicoso, mientras que Corea del Sur es ambivalente sobre nuestro papel de protector. Seguimos en un callejón sin salida, mientras que los nietos y bisnietos de los soldados que combatieron en Corea no se preocupan mucho de lo que ganamos o perdimos. La experiencia en Corea debiera abrirnos los ojos respecto a otras ocupaciones militares.
Los 500.000 millones de dólares gastados en Irak es una suma inmensa, pero la verdadera cantidad es mucho mayor, escondida en presupuestos del Departamento de Defensa y en ayuda externa. Debemos preguntarnos si vale la pena construir bases militares permanentes en Irak y una embajada que costará 1.000 millones de dólares. Al menos, el Congreso debería financiar la guerra de manera transparente, para que la ciudadanía sea consciente de su coste.

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