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Los ayatolás hicieron de la defensa de la comunidad chiíta libanesa uno de sus objetivos fundamentales en política exterior. Actuaron con audacia, creando una nueva fuerza política, Hezbolá, dotada de unas milicias tan bien armadas como entrenadas. Unos y otros saben que la demografía corre a su favor y que la clave está en saber esperar. Si Hezbolá es capaz de bloquear el Gobierno, si consigue convencer al resto de la sociedad libanesa de que la paz depende de que asuman su liderazgo y, desde esa condición, lleguen a un nuevo acuerdo político, la victoria estará en sus manos.
La milicia de Hezbolá es hoy día el ejército más importante del Líbano, con el agravante de que están infiltrados en el Ejército Nacional y pueden deshacerlo cuando lo consideren oportuno. De ahí que una parte importante de la comunidad cristiano-maronita haya cedido a su chantaje.
El asesinato del máximo dirigente sunita, Hariri, llevó a un sorprendente acuerdo entre Chirac y Bush para exigir responsabilidades. Tras un acuerdo en el Consejo de Seguridad, Siria midió sus propias fuerzas y optó por retirar sus tropas. Eran demasiados frentes abiertos para un país débil económica y militarmente, aislado y amenazado. Pareció llegado el momento de la democratización del Líbano, pero la democracia es cuestión de mayorías y en ese terreno los chiítas tienen muchas cosas que decir.
Desde la retirada de Siria han ocurrido dos hechos determinantes. El primero fue la guerra entre Israel y Hezbolá, que se resolvió con una no-victoria de Israel, lo que equivale a una victoria política de los islamistas. Han demostrado a la sociedad libanesa y al conjunto del mundo árabe que están en condiciones de enfrentarse a Israel y no ser derrotados, lo que no habían conseguido egipcios, jordanos, sirios o iraquíes. Su prestigio ha crecido y, sobre todo, ha quedado en evidencia su capacidad. Sufrieron un gran desgaste, humano y de material, pero gracias a las fuerzas internacionales allí destacadas ya disponen de más y mejor armamento que antes de iniciarse el conflicto. En estas circunstancias, ¿quién en Líbano osaría enfrentarse a ellos?
El segundo hecho ha sido la crisis política derivada del intento de democratización, auspiciado por norteamericanos y europeos. Hezbolá retiró a sus ministros del Gobierno y bloqueó la designación de un nuevo presidente de la República, cargo que corresponde en el nada democrático reparto de competencias a la comunidad cristiano-maronita. En esta situación el Gobierno decidió echar un pulso a Hezbolá exigiendo que renunciara a su propio y exclusivo sistema de comunicación, un ejemplo más del Estado dentro del Estado creado por esta filial de Irán en el país de los cedros. La respuesta fue un amago de guerra civil en la que Hezbolá volvió a demostrar, por si cabía alguna duda, que dispone del mejor ejército.
La Liga Árabe se sintió obligada a intervenir, ante la posibilidad de que la crisis desembocara en la reapertura de la guerra civil, con consecuencias previsiblemente negativas para la comunidad sunita, de la que se siente protectora. Su rechazo a Hezbolá quedó patente durante el conflicto con Israel, cuando apoyaron al Estado judío en la confianza de que haría con los chiítas lo mismo que con ellos en anteriores ocasiones. La decepción fue grande ante la desigualdad de trato. Ahora cabía esperar que forzaran al "Partido de Dios" a ceder posiciones en la cumbre de Doha, pero lo que ha ocurrido ha sido lo contrario. La Liga Árabe ha demostrado una vez más su debilidad. Se ha limitado a dejar constancia del triunfo iraní, reconociendo a Hezbolá el derecho de veto sobre la política gubernamental. Exactamente lo que el Gobierno de Teherán y sus dirigentes buscaban desde hacía años.
Árabes y occidentales han acabado de la mano asumiendo su impotencia ante la injerencia iraní en el Líbano. El proceso democratizador está muerto y el Líbano se encamina hacia un cambio de régimen con el que finalmente se reconozca la hegemonía chiíta, bajo un Gobierno islamista y autoritario.
Tras estas concesiones ¿cómo podemos esperar que Irán ponga freno a sus intervenciones internacionales o a su programa nuclear? ¿Por qué el vencedor se va a doblegar ante la voluntad del vencido?
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