
Así, se pregunta: "¿Periodismo? Difícil afirmarlo cuando se insiste en presentar mil veces como novedad lo que se sabe agotado. La reiteración de portadas sobre Trashorras o el titadine hace mucho tiempo que dejó de ser supuestamente informativa, sólo se justifica por el deseo de activar una asociación subliminal entre el 11-M y las ideas de confusión, duda o chapuza".
Teniendo esa peculiar teoría sobre el 11M no es de extrañar que el autor del artículo padezca una auténtica obsesión con El Mundo, periódico al que dedica los párrafos más duros de su artículo, como el que se refiere a la habilidad de Pedro J. Ramírez, al que por cierto no cita por su nombre, para "remover las vísceras nacionales desde la aversión a los nacionalismos periféricos, ha alimentado oportunamente la peor mitología conservadora que asimila la pluralidad de España a su condición de roja o rota".
Algunos párrafos son difícilmente comprensibles y resultan un tanto delirantes, como el que dice que "el sustento [por parte de El Mundo] a Rosa Díez, última perla de la "regeneración" política, es la cuña imprescindible para impedir una alternativa en Madrid, feudo de la Esperanza de algunos". En otras ocasiones se trata de frases sueltas muy exaltadas y de intención lapidaria, pero no muy llenas de contenido, como cuando habla de "la exultante y sectaria vitalidad de la nueva derecha".
Particularmente interesante resulta el momento en el que el autor recurre a un viejo método de la izquierda: acusar al rival de lo que uno mismo está haciendo en ese instante. Así, dice sin aparente sonrojo: "El insulto y destrucción del adversario no es coyuntural, es una tarea permanente en la que se han empleado a fondo los medios conservadores".
El artículo concluye recordando que es un fenómeno que también se ha dado en Estados Unidos, entre otras razones porque "una sabia combinación entre derechización del pensamiento y capacidad para movilizar emociones ha otorgado a la "derecha mediática" un enorme papel ideológico y político".