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Cuando Puigmoltó inyectó sangre nueva en los Borbón

El oficial valenciano se introdujo en el linaje borbónico como amante de la reina. Se le atribuye la paternidad de Alfonso XII.

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Alfonso XII, sangre nueva en los Borbón | Archivo

El árbol genealógico de los Borbón está repleto de sorpresas, giros y requiebros inesperados. No hace falta excavar demasiado en la historia extraoficial del linaje borbónico para encontrar historias apasionantes protagonizadas por invitados especiales como Enrique Puigmoltó, un militar valenciano hijo del conde de Torrefiel, a quien se le atribuye nada menos que la paternidad del rey Alfonso XII en calidad de amante secreto de la reina Isabel II.

Y con ello, de haber inyectado sangre nueva y hasta renovado -siempre de manera extraoficial, claro- buena parte del privilegiado, pero en cierto modo imperfecto, linaje real. No es ningún secreto que, desde el inicio del mismo con Enrique V, la saga ha sufrido diversos problemas de salud agravados por las relaciones consaguíneas entre sus integrantes.

Oficial rebelde amigo habituado a desobedecer órdenes -aunque afectado también de una afección herpética crónica- Puigmoltó era sin embargo mucho más gallardo que los miembros oficiales de la dinastía. Estaba al mando de la cuarta compañía en el segundo batallón cuando fue señalado por el arrojado dedo real de la muy romántica Isabel II, culminando -no sabemos si premeditadamente- una jugada maestra para el clan de aristócratas valencianos. Eso es lo que asegura el libro La otra vida de Alfonso XII, de Ricardo de la Cierva (Ed. Fénix) y la imprescidible correspondencia entre militar y Reina.

Enrique daba, en efecto, un paso adelante respecto a su padre, Rafael Puigmoltó, o más bien uno de gigante en lo que presencia en la corte se refiere. Y aunque él no acabó por quedarse en palacio (tal fue el revuelo del futuro affaire) desde luego que su legado perduraría. El primogénito Enrique superaba así al maestro: al fin y al cabo, en el pasado, el Rey Fernando VII mantuvo siempre a prudencial distancia al conde de Torrefiel, padre del militar, precisamente por sus excesivas ambiciones palaciegas. El hijo, inesperadamente, acabaría en la cama de la Reina y engendrando al príncipe de Asturias, nacido en noviembre de 1857 (aunque hay fuentes que le atribuyen un origen igualmente espurio, del hermano del Rey consorte, don Enrique de Borbón). El romance de Puigmoltó con la Reina, sin embargo, duraría varios años antes del regreso de éste a Valencia.

A espaldas del consorte Francisco de Asís de Borbón, a la sazón su primo, la reina Isabel II escogió a su nuevo y flamante amante de la manera que era habitual, es decir, entre los militares más apuestos y bien formados de su corte. Una práctica bien conocida y de postre, para nada original, en tanto la Reina se limitaba a repetir aquello que hicieron su madre María Cristina y hasta su abuela, María Luisa de Parma. En todo caso, Enrique Puigmoltó resultó el afortunado ganador del favor de la monarca, un secreto que el apuesto militar calló pero que sus cartas con la Reina divulgaron. Corría el año 1856.
Oficial y caballero, la historia del indómito Puigmoltó es sin embargo aún más colorida, y goza incluso de pasajes aventureros. Porque no sólo a base de romance y cama se forjan las grandes historias. En 1856, año antes del nacimiento del heredero y siempre al servicio de su majestad, el militar tuvo que sacar su espada por la reina, pero esta vez para defenderla. El Real Palacio estaba amenazado cuando Espartero abandonó el poder y se sucedió la sublevación, y ahí estuvo el honorable Puigmoltó para luchar en nombre del país.

Pero tras el combate y el engendrar al Rey, que de todas formas resultaría poco duradero (Alfonso XII murió a los 27 víctima de tuberculosis) llegó el descanso del guerrero. Y la recompensa. Tras la concesión de un título nobiliario, el de vizconde de Miranda, y la Gran Cruz de San Fernando de primera clase (reconocimientos en la línea de los realizados a otros amantes de la Reina) Puigmoltó se alejó de Madrid hacia su nativa Valencia, comenzando allí una meteórica carrera política que le llevó de diputado a brigadier, y obteniendo todo tipo de condecoraciones y recompensas amorosas, entre ellas varias medallas y hasta un matrimonio. Nueve años antes de morir en 1900, recibió la última de las preseas que llenaban su currículum, la Cruz de San Hermenegildo.

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