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Las mentiras personales de Gila

Fue un genio del humor. "Ni lo fusilaron mal, ni estuvo preso ni fue exiliado político".

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Miguel Gila y Peret | Cordon Press

Hoy, que abundan tanto los monólogos humorísticos en televisión, nos complace rememorar la figura de quien fue, a años luz de los cómicos actuales, un auténtico genio. Catorce años se cumplen ahora de su muerte, acaecida el 13 de julio de 2001. Escribió sus memorias en dos tomos, el primero editado en 1995 y el segundo en 1998, contándonos una serie de mentiras inauditas, que con el tiempo han pasado inadvertidas. Tal vez guiado por un afán novelesco y lleno de fantasías propio de un creador como él, deformando así su auténtica personalidad. Comenzando por sus años de combatiente en la guerra civil, cuando tantas veces insistió, antes incluso de publicarse su autobiografía, que lo habían fusilado, pero mal. Lo cual, leído o escuchado por cualquiera, entre la heroicidad y la gracia, no fue cierto. "A Gila nadie –ni borracho ni sereno- lo fusiló, nunca estuvo en la cárcel y nunca fue exiliado político". Sabíamos de ello, pero nos faltaba un testimonio fiable: por ejemplo, el de Ángel Palomino, militar franquista de alta graduación, conocido escritor humorista y por ende amigo de Miguel Gila.

Les remito al artículo que publicó en ABC, sección Tribuna, del veintiocho de julio de 2001, sumamente aclaratorio al respecto. Donde incide en lo que desde luego era conocido: que terminada la guerra inició sus colaboraciones periodísticas, mientras era movilizado para cumplir el servicio militar, en un diario de Zamora, El Imperio. Que era de la Prensa del Movimiento. Y además fue por un tiempo funcionario de la Organización Sindical. Y si por su ideología claramente izquierdista hubiera sido perseguido por el Régimen, difícilmente le habría sido posible publicar sus primeros dibujos, año 1942, en el semanario Flechas y Pelayos, o luego en La Cordorniz, a finales de esa década, cuyo director era Álvaro de La Iglesia, antiguo combatiente en la llamada División Azul. En una palabra: el extraordinario humorista madrileño del barrio de Chamberí, nacido el 12 de marzo de 1919, "se fabricó" una biografía, llena de inexactitudes.

Como cuando se marchó a la Argentina en 1962 (había actuado ya en México y Cuba tres años antes) aduciendo que se iba de España harto de la Dictadura. Podía ser que estuviera molesto por ello, nadie lo pondría en duda, aunque lo cierto es que las autoridades franquistas nunca le impidieron desarrollar sus actividades artísticas en teatros y salas de fiestas o grabando discos muy divertidos con sus desternillantes monólogos. La auténtica verdad es que su mujer lo había demandado, acusándolo de adulterio. Vivía separado de ella en un piso de la madrileña calle de Carranza, no le pasaba pensión alguna, y los jueces ya habían dictado una sentencia por la que en los sitios donde actuara tenía embargado su sueldo, o una parte de él. Miguel Gila se había casado a finales de los años 40 en Zamora con la hija de la dueña de una pensión de la calle de los Herreros. Era cinco años mayor que él. Lo contaba así: "Los inviernos en Zamora son muy fríos y cansado de ello le propuse el matrimonio". ¿Por amor… o por abrigarse? El matrimonio no funcionó. Miguel dejó Zamora, buscó fortuna en Madrid, la encontró a partir de 1951, y cuando su mujer se reencontró con él al cabo de un tiempo la pareja fue poco a poco distanciándose. Y él, que mediados los años 50 era ya un humorista popular, al que incluso invitaban a actuar en el Palacio de la Granja en la conmemoración del 18 de julio ante Franco, aunque bien se conocía su identidad socialista, se sentía complacido con ello, por mucho que luego rezongara.

Lo curioso es que a quien le hacía gracia no era al Jefe del Estado, sino a su esposa, doña Carmen Polo de Franco, quien comentaba "lo ocurrente que era". Por ella lo convocaba todos los años el Jefe de la Casa Civil de su Excelencia, Fuertes de Villavicencio. Y prosiguiendo las andanzas sentimentales del humorista, digamos que en uno de sus espectáculos se prendó de una cantaora y bailarina flamenca, de nombre Carmen Visuerte, de sobrenombre La Gitana Rubia. Cohabitaron durante varios años, fruto de cuya ardiente relación fue el nacimiento de dos hijos, Miguel y Carmen. El primero fue reconocido por el cómico, no así la segunda quien por mucho que litigó para conseguir apellidarse Gila no lo logró, ya que su padre se desligó totalmente de esta familia. Se fue de esa casa cuando el varón contaba cinco años y la pequeña, dos y medio. Para iniciar una nueva convivencia con la actriz María Dolores Cobo, con quien tendría una niña, Malena. En ese periodo, no pudiendo separarse legalmente de su esposa, Miguel reconocía su situación: estaba "amancebado". Y resolvió por consejo de su abogado, Doroteo López Royo, contratar a su querida como secretaria. Con quien luego pudo casarse civilmente fuera de España y ser feliz hasta su muerte. Miguel Gila, que pudo tranquilamente ir y volver a España tras sus viajes hispanoamericanos, se sintió desplazado durante el periodo en que vivió largos años en Argentina (desde donde viajaba a países limítrofes), al punto de que su segundo tomo de vivencias lo tituló Memorias de un exilio. ¿Exilio? Nadie lo había echado del país, por muy incómodo que pudiera sentirse.

En 1982, volvió. Y a partir de entonces, los hijos, mejor ya nietos de quiénes se habían reído con sus monólogos tres décadas atrás, descubrieron al mejor humorista que ha habido en España: con sus mismas historias, el teléfono, la boina, el ácido sentido crítico que siempre tuvo, entre el absurdo y la ternura. Volvió a seguir publicando sus dibujos, con sus paletos de cabeza gorda y granos en la cara; a editar nuevos libros, y a pasearse por las televisiones, los teatros y las salas de fiestas. Nadie lo ha superado. Una cosa –queda claro- es su identidad artística; otra, la personal, que hemos relatado, con aquellos episodios sentimentales y sus mentiras acerca de su verdadera biografía como ciudadano. Los últimos años los vivió en Barcelona, donde frecuentaba mucho a Joan Manuel Serrat, cuyo despacho estaba cercano a la vivienda de Miguel en el barrio de Las Corts. Leía mucho, escuchaba música clásica, se entretenía en un cuarto habilitado para sus trabajos de bricolaje, pues era "todo un manitas". Problemas estomacales y una insuficiencia respiratoria lo llevaron a la tumba. Él mismo se autodefinió: más que humorista, se consideraba humanista. Genial, en cualquier caso.

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