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El terrible desprecio de Isabel II a Diana de Gales

Ordenó se le quitara el título real al separarse de Carlos.

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Los momentos más importantes en la vida de Isabel II

Por mucho que lo disimulara, con su habitual sentido regio del protocolo y de todo lo que ha significado en la Corte inglesa, Isabel II siempre se mostró distante, a veces reticente, contrariada con quien fue su nuera, lady Diana Spencer. Celosa muy probablemente de la popularidad que la ya conocida como Diana de Gales disfrutaba no sólo en Gran Bretaña, sino en muchas partes del mundo. Contaremos cómo tras la dramática desaparición de la princesa la Reina ahora nonagenaria se oponía a manifestar públicamente el pésame ante sus súbditos, hasta que su propio hijo, Carlos, presionado sin duda por el primer ministro, Tony Blair, la obligó a ello tras un duro enfrentamiento.

La Reina Isabel se sintió aliviada al saber que su hijo, el heredero de la Corona, por fin había "sentado la cabeza" tras su desenvuelto historial amoroso, aunque tuvo sus dudas respecto a si la elegida, lady Diana Spencer, sería la adecuada princesa consorte. Pronto advirtió la diferencia que había entre ellos, no ya sólo en la educación recibida, sino en caracteres y gustos. La Reina estaba al corriente de las correrías mundanas de Carlos y sobre todo de su enfermiza pasión por Camila Parker Bowles, un amor de juventud que mantuvo incluso cuando ésta contrajo matrimonio y, luego se supo también, cuando ya estaba casado con Diana de Gales.

La boda tuvo lugar en 1981. La princesa comenzó a acaparar la atención de la prensa mundial. Cuando ya llevaba cinco años de matrimonio, delante de ella, su real suegra, ante el acoso de los fotógrafos, les instó a que dejaran tranquila a la Familia. Aparecían en público esos supuestos celos. Se daba la circunstancia de que el pueblo llano aplaudía más la presencia de Diana que la de su marido. Lo que irritaba a Isabel II. Inútiles serían las invitaciones de ésta a su nuera para que se expusiera menos ante los medios, por mucho que ello, por otra parte, reportara frescura, popularidad en la vieja Corte de Buckingham Palace.

Aquel cuento de hadas, como el propio arzobispo de Canterbury había denominado la relación felizmente acabada en boda del heredero y la joven Diana, llegó a su fin. Ella estaba harta de acarrear unos descomunales cuernos, con aquella conversación que se difundió en todo el mundo entre Carlos y Camila, absolutamente procaz, que la colocaba en una situación de esposa consentida. "Lo nuestro era un matrimonio de tres", diría en una entrevista televisada, con toda la sinceridad y aplomo del mundo. Y se tomó la venganza, no sé si calificarla o no de legítima: con varios hombres, cuya identidad no vamos ahora a repetir, que se publicitó ampliamente en las revistas del corazón. Y la opinión pública se puso siempre de parte de Diana, desaprobando la conducta inicial del esposo engañando a su mujer, por mucho que ambos cayeran en el mismo pecado del adulterio.

¿Qué hizo la Reina? Callar ante la conducta inmoral de su esposo pero reprobar la de su nuera. Esos secretos de palacio los sabían muchos sabuesos del periodismo, reporteros de los sensacionalistas tabloides, que tenían sus fuentes informativas en los propios rincones de Buckingham: sirvientes infieles sucumbiendo a las "mordidas" de la prensa. Y así, pudimos conocer el desprecio que la Reina tenía hacia Diana, como muy bien escribiría el biógrafo de la princesa, Donald Spoto, "a quien consideraba artera y perversa".

Diana, Isabel y Carlos de Inglaterra | Cordon Press

En 1992, con varios problemas sin resolver, entre ellos la separación matrimonial de Carlos, pronunció la ya sobada frase de "annus horríbilis". En la Cámara de los Comunes y los Lores, por sugerencia de Isabel II (eufemismo claro para no decir que se trataba de una orden) dejó de incluirse el nombre de la princesa en las plegarias oficiales que diariamente se recitaban, deseando salud para todos los miembros de la Familia Real. Menos para Diana. Mezquinamente se iban sucediendo afrentas contra Diana de Gales, que eran del conocimiento, por supuesto, de su suegra, fueran o no estimuladas por ella.

Con serenidad, la princesa, sabiéndose querida por sus conciudadanos sobre todo, aparte de la admiración que causaba fuera de Inglaterra, aceptaba aquella situación en espera de que se dictara sentencia de divorcio, lo que acaeció en agosto de 1996, firmándose por las partes interesadas el oportuno convenio. Los dos hijos de la pareja quedarían desde luego bajo la tutela paterna, como estaba establecido antes de la boda. Pero el gesto que sin duda fue decidido por Isabel II y que tanta decepción causaría en Diana fue que tendría que renunciar a su título de princesa real, aunque fuera en adelante conocida como princesa de Gales, que no era lo mismo en el protocolo. Amén de que conservaría otros títulos, como condesa y duquesa de menor rango. Por no hablar de otras humillaciones como las de poder usar joyas que le habían regalado durante su matrimonio, pero que estaba obligada a devolver cuando falleciera.

No pasó, fatalmente, mucho tiempo para esa hora final. El 1 de agosto de 1997 murió en el hospital de la Pitié-Salpêtrière, de París, a causa de un brutal accidente de coche, cuyos detalles omito por ser ampliamente conocidos. Informado el príncipe Carlos del óbito despertó en plena madrugada a su madre, la Reina, para informarle de lo sucedido. En las horas que siguieron después en el palacio de Balmoral, donde veraneaba la Familia Real, se comunicó que el nombre de la fallecida no debería ser pronunciado bajo ningún pretexto en los aledaños de la Corte. Lo que no era novedad, pues ya desde el divorcio de la pareja, estaba proscrito. ¿De quién iba a proceder esa decisión sino de la Reina? Y mientras la multitud se apiñaba en Londres a las puertas de Buckingham Palace ofrendando flores, encendiendo velas, depositando poemas y letras de condolencia en un espontáneo y multitudinario duelo, el pueblo británico confiaba en la aparición pública de Isabel II para que manifestara su dolor. Si lo tenía, que es mera suposición.

Tuvo que ser Tony Blair, primer ministro, quien se entrevistara con el príncipe Carlos, al observar que habían transcurrido cinco días desde la muerte de Diana de Gales y la Familia Real no había mostrado ninguna señal ante el duelo de toda una nación y permanecía en Balmoral, descansando, en silencio. El príncipe Carlos se hartó de aquella situación y a sus cuarenta y ocho años, por primera vez en su vida, se enfrentó a su madre, conminándola a que si no dirigía un mensaje a sus ciudadanos estaba dispuesto a marcharse con sus dos hijos fuera del círculo palaciego. Surtió efecto la amenaza y la Familia Real volvió a Londres para asistir a una ceremonia fúnebre en la abadía de Westminster.

Un día antes, Isabel II pronunció ante las cámaras de televisión el esperado discurso. Era el viernes 5 de septiembre de 1997. Salvando sus anuales comparecencias televisivas en Navidad era la segunda vez que hablaba en la pequeña pantalla; la primera fue durante la guerra del Golfo. Y entre otras cosas, con aire compungido, fuera o no sincero, dijo: "Diana era un ser humano excepcional, lleno de talento. Yo la admiraba y respetaba por su energía y compromiso con los demás, y especialmente por su devoción a sus dos hijos. Nadie que conociera a Diana la olvidará jamás. Será recordada por millones que nunca la vieron personalmente pero tenían la sensación de conocerla. Yo, por mi parte, creo que podemos aprender nuevas lecciones de su vida y de la extraordinaria y conmovedora reacción ante su muerte". Tarde, pero al menos Isabel II rindió el último tributo a quien ella apenas quiso, pero sí el pueblo británico.

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