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Las malas costumbres que acabaron con Eugenio

Un hombre triste, inseguro, que nunca superó la muerte de su primera mujer.

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Un hombre triste, inseguro, que nunca superó la muerte de su primera mujer.
Eugenio en uno de sus exitosos shows | Imagen de televisión

Eugenio fue un popular cuentachistes barcelonés que durante veinte años hizo muy felices a millones de españoles. Sin embargo, su vida tuvo muchos momentos tristes, amargos. Con ambos argumentos, el de su etapa de éxito y el de su retrato íntimo Jordi Rovira y Xavier Baig han realizado una película, más bien un docudrama, donde se recoge una selección de actuaciones del cómico junto a testimonios de quienes mejor lo conocieron, a través de los cuales se sabe qué llevó a Eugenio a comparecer siempre triste y melancólico, en contraste con las gracietas que contaba, y también cual fue la causa de su final, víctima de un infarto de miocardio. El estreno de esta cinta está previsto para después del verano.

Eugenio Jofra Bafalluy fue un mal estudiante. Su padre lo tildó de inútil para su futuro. Pero tenía otros talentos: dibujaba muy bien y no le fue mal la época en la que entró a trabajar en un taller de joyería. Nada hacía presagiar que iba a ganarse la vida cantando y contando chistes. Cierto es que desde niño solía apuntar en una libreta todos aquellos que llamaban su atención leyendo tebeos. Un día, entró en un bar de Barcelona, su ciudad y conoció a una cantante andaluza llamada Conchita Alcaide, más bajita que él, que tenía una considerable estatura. Se enamoraron, casándose en 1967. Eugenio, en una sorprendente decisión, había aprendido a tocar la guitarra a poco de ennoviarse y propuso a Conchita formar un dúo musical, Els Dos. Su repertorio se componía de baladas románticas y temas sudamericanos. Animaban la clientela de un pub, que en aquella época estaban de moda; no eran exactamente discotecas, pero sí lugares de reunión donde se programaban actuaciones musicales. La pareja llegó a grabar varios discos e incluso quedaron en tercer lugar en la fase de preselección de artistas para el Festival de Eurovisión, el año que Julio Iglesias participó con Gwendolyne.

Sucedió un día que Conchita Alcaide hubo de viajar urgentemente desde Barcelona hasta Huelva donde había enfermado su madre. ¿Qué hacer en esa situación a la hora de actuar en el local de sus actuaciones? Como quiera que ya entre canción y canción con su mujer, él rasgaba su guitarra y contaba un chiste, optó por llenar su show sólo con una selección de ellos. La gente se lo pasó bien y no echó de menos las canciones. Fue el principio de lo que luego sería su faceta artística definitiva.

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Aun pasó un tiempo en el que Els Dos continuó con su programa de canciones y esos chistes entremezclados de Eugenio y su guitarra. Pero Conchita Alcaide enfermó gravemente, Eugenio mientras tanto volvió a presentarse en la sala sólo con sus chistosas ocurrencias. Hasta que el cáncer que padecía acabó con la vida de Conchita en 1980. El mismo día del entierro Eugenio tuvo que cumplir con una gala en Alicante. Se la dedicó a su esposa. Y ya desde ese día su indumentaria cara al público sería camisa y pantalones negros, dejando a un lado el suéter blanco de cuello alto que usaba tiempo atrás. Su futuro artístico ya lo había ensayado: como él no era ducho en cantar se anunciaría como humorista, con su nombre de pila únicamente.

No es que en esa época junto a Conchita fuera un hombre risueño. Pero sí acentuó su permanente melancolía en adelante. La de un hombre triste, inseguro, que nunca pudo superar la muerte de su esposa. Y haciendo de tripas corazón siguió recogiendo chistes de tebeos, de su libreta infantil, o incrementando su colección a base de lecturas o de ingeniosas historias. Breves casi siempre. Y él, con una puesta en escena siempre igual: sentado en una alta banqueta, con un vaso de whisky, o de naranja con ginebra entre las manos, un cigarrillo en la otra, y así, durante tres cuartos de hora recogiendo las risas de su clientela. Antes, si tenía repertorio nuevo, lo ensayaba en familia, para comprobar la eficacia o no de sus ocurrencias.

Grabó la primera de una serie de cassettes con chistes, que se vendían como rosquillas en las gasolineras. También luego algunos álbumes. En la radio, continuamente se escuchaban. Pero la televisión tuvo el trampolín perfecto para hacerse popular en toda España. De diez mil pesetas la actuación pasó a percibir medio millón. Por eso decía: "Yo solo me río cuando cobro". Y es que cara al público venía a ser una versión española de aquel genial cómico norteamericano, Buster Keaton, de los años del cine mudo y principios del sonoro. Los parlamentos de Eugenio siempre eran en castellano, trufados eso sí con algunas expresiones coloquiales en catalán. Que empezaban con aquello de: "¿Saben aquel que diú…?". La figura de Eugenio, con larga cabellera y luengas barbas y bigote, con gafas oscuras, se hizo imprescindible en muchos programas de la tele y no digamos en fiestas veraniegas. Actuaba desde luego todo el año. Se hizo rico. Pero malgastó su capital, como reconocería al final de su vida.

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¿En qué se gastaba el dinero Eugenio? En invitar a sus amigos. Pero más que nada en sus noches de crápula, bebiendo sin desmayo. Y lo que marcó su salud y su patrimonio: el consumo diario de cocaína, causa principal de sus desvaríos. Las mujeres no le faltaban. Así iba superando en parte la ausencia de su primera esposa. Casualmente, la segunda con la que pasó a convivir se llamaba también Conchita… Conchita Ruiz, que tenía un hijo al que en principio Eugenio trató como propio. La conoció en un bingo. Estuvieron juntos varios años, teniendo un niño, Eugeni. De su primera mujer fue padre de Gerard y de Yvens. De estos dos también se hizo cargo Conchita Ruiz. Al principio, la pareja esta muy enamorada, pero Eugenio comenzó a cambiar. Tal vez la popularidad le hizo cambiar bruscamente, el dinero que malgastaba, y desde luego la droga que alteró su carácter. Hasta el punto de que agredía verbalmente a Conchita Ruiz, cansada de esperarlo muchas noches, si es que volvía casi de día o se pasaba jornadas sin dar señales de vida. La sorprendía algunas madrugadas cuando llegaba a casa con algunos amigotes y le ordenaba que preparase una paella para todos. Así, hasta que Conchita se cansó, abandonándolo.

Tampoco se relacionaba apenas con sus hijos, quienes terminaron recordándolo sólo cuando lo veían en televisión. Eugenio se convirtió en un tipo difícil, complicado. Coincidí con él en un festival de cine en La Coruña y sentado a su vera un par de horas, tratando inútilmente de enhebrar una conversación coherente, sólo observé algunos monosílabos y silencios. Los silencios que él tanto prodigaba entre chiste y chiste. Adusto, casi antipático, así resultaba ser este cuentachistes tan admirado por otra parte. Quiso cambiar de vida, ayudado por la que sería su segunda y última esposa, Isabel Soto, con la que celebró su boda en un barco con una treintena de invitados, el año 1997. Pero tampoco este matrimonio cambió las malas costumbres de vida que iba arrastrando: fumaba como un carretero, que se decía antiguamente, y le daba al polvo blanco a menudo, porque el dinero ahorrado se lo permitía. Y así tuvo ya un serio aviso en forma de angina de pecho. Se retiró una larga temporada, reapareció, mas ya dilatando sus actuaciones. Llegó a actuar en condiciones penosas. Se le olvidaban los chistes. El médico que más cerca lo trató, en Granollers, fue el eminente doctor Arturo Herrero, quien a menudo le instaba, por la confianza y amistad que tenía con él, a cambiar de hábitos y llevar una vida saludable. Consejos que Eugenio agradecía para después no llevarlos a la práctica. Era inútil ya tratar de que Eugenio se recuperara.

Y así llegó el 11 de marzo de 2001. Por la mañana fue a ver a su hijo primogénito, Gérard, que acababa de ser padre. Eugenio fue muy cariñoso con él y como si tuviera una premonición, o quizás sólo bromeara, le dijo al despedirse: "Esta noche me voy a morir". Y acertó. Estaba cenando con un amigo cuando se desplomó al suelo. Murió en el acto, en brazos de aquel conocido.

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