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Silvia de Suecia, la reina sufridora, no olvida los cuernos de Carlos Gustavo

La reina sueca,  a quien en su país apodaron la sufridora, cumple 75 años.

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Silvia y Gustavo, en su boda del 76 | Cordon Press

Celebra este domingo, 23 de diciembre, setenta y cinco años la reina Silvia de Suecia, a la que en círculos de su país llamaron tiempo atrás la sufridora, aludiendo a las infidelidades de su marido, el monarca de la dinastía Bernadotte. Tardó tiempo la soberana en perdonarlo, aunque la reconciliación se produjo, pues así lo querían sus tres hijos, quienes tampoco han sido precisamente un modelo de saber estar, causando a su familia no pocos quebraderos de cabeza. No olvida Silvia los muchos disgustos padecidos. Pero la vida sigue y ella preferirá sin duda festejar estos tres cuartos de siglo vividos con todos los suyos, para dar una señal de felicidad al pueblo sueco, aunque disimule cuanto pueda lo mucho que ha tenido que aguantar en los últimos ocho años.

Comencemos por recordar que Carlos Gustavo y Silvia ya festejaron su cuarenta y dos aniversario de boda a las puertas del verano, el 19 de junio. Se habían conocido durante las Olimpiadas de Munich de 1972, evento en el que ella trabajaba como azafata. Fue un flechazo para Carlos Gustavo, aunque él precisó más con un vocablo curioso: "Al verla, me hizo click". La onomatopeya causó efecto entre sus compatriotas, que la utilizaron para el lenguaje coloquial en ocasiones similares de enamoramiento rápido. El Rey siempre fue un declarado admirador del sexo opuesto, como contaremos más adelante con algunos detalles que adornan su amplia biografía amorosa.

¿De dónde procedía Silvia Renate Sommerlath, atractiva joven, alta, morena, de proporcionadas medidas, mirada inquisidora y sonrisa casi permanente? Su padre, alemán; la madre, brasileña. Mediada la Segunda Guerra Mundial, los Sommerlath huyeron a Sao Paulo. Y eso que cuando Silvia llegó al trono sueco la mortificaron, acusándola de ser hija de padre nazi, o al menos simpatizante hitleriano. La estancia con los suyos en Brasil duró hasta que en 1957 regresaron a la Alemania Occidental. Ella había nacido en Heildeberg, sede de una de las Universidades germanas más prestigiosas. Aunque después, se trasladó a Munich e inició sus estudios de idiomas, llegando a hablar media docena de lenguas, incluida la española, con la que se graduó. Trabajó como secretaria en la embajada de Argentina en la capital muniquesa.

Cuando en marzo de 1976 la Corte sueca anunció el próximo enlace de Carlos Gustavo XVI con la plebeya Silvia Sommerlath hubo una reacción diversa aunque predominaron las opiniones positivas de gran parte del pueblo aprobando la elección del joven monarca rubio, de ojos azules. Desde luego, su antecesor en el trono, su abuelo, no hubiera aprobado tal boda. Iba la Reina consorte luciendo un modelo de Christian Dior, de sencillo diseño. Pero lo que llamaba la atención era la corona, tiara que había pertenecido a la emperatriz Josefina, esposa de Napoleón. Las joyas de los Bernadotte siempre se han considerado de las más antiguas y valiosas. En la entrega de los premios Nobel, en Estocolmo, es una de las ceremonias en la que la Reina consorte tiene ocasión de aparecer con algunas de esas espectaculares piezas de piedras preciosas. Y, continuando refiriéndonos a aquella regia boda, considerada popularmente como un cuento de hadas, digamos que asistieron representantes de todas las monarquías y estados europeos. Por parte de España lo hicieron los entonces duques de Cádiz, el sombrío Alfonso de Borbón y la pizpireta Carmencita Martínez-Bordíu, encantadísimos de aparecer en las páginas de "¡Hola!" en medio de aquel desfile de cabezas coronadas y miembros del Gotha.

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Silvia y Gustavo de Suecia | Cordon Press

El matrimonio real sueco transcurrió los primeros años sin altibajos sentimentales. Fueron viniendo los hijos, tres. Que, conforme iban alcanzando la mayoría de edad, se adhirieron pronto a las costumbres juveniles de una nueva sociedad europea, ajena a los corsés de antaño de la caduca monarquía. ¿Resultado? Que la princesa heredera, Victoria, acabó casándose con el propietario de un gimnasio, al que acabaron otorgándole un título principesco, para no desentonar en la Corte. La otra princesa, Magdalena, contrajo nupcias con un empresario de dudosa reputación en sus negocios. En cuando al príncipe Carlos Felipe, la sorpresa para sus padres fue peor: se enamoró hasta las cachas de una stripper, de nombre Sofía Hellqvist, a quien hasta no hace mucho se la ha podido contemplar en paños menores, para sonrojo de Silvia y Carlos Gustavo.

Claro que, citado el Rey, no debiera escandalizarse porque su hijo varón cultivara compañías tan reprobables para un príncipe como la tal Sofía. Sencillamente porque en 2010 se hicieron públicas las habituales salidas nocturnas del monarca en lugares poco edificantes: clubs de alterne, los que aquí conocemos como puticlubs, en los que era un animador las veladas en las que se dejaba caer por dichos antros. Y no en sentido figurado porque, culpa de sus desaforadas libaciones, daba con su real trasero en el suelo, con la consiguiente coña de los asiduos, que terminaron por faltarle al respeto. Lo que Carlos Gustavo propiciaba con su indigna conducta. Llegó a decirse, de lo que no existen desde luego testimonios gráficos, que una noche, cansada su esposa Silvia de tantos rumores que le llegaban, se presentó en uno de esos clubs por los que él pululaba, agarrándolo del brazo como pudo, auxiliada por alguno de sus escoltas, cuando el Rey bailaba semidesnudo en medio de un tremendo jolgorio. Se sabía, con pelos y señales, además, la íntima amistad que sostenía con la cantante pop Camille Henemark, a la que había convertido en su habitual amante. Ella misma lo declaró en un reportaje.

Varios periodistas publicaron libros con un mismo argumento: los escándalos del rey Carlos Gustavo. Y llegó el día en el que a través de un comunicado, una agencia de prensa divulgó la petición de perdón suscrita por el monarca sueco. Dos años más tarde, le imitaba su, digamos, colega, don Juan Carlos de Borbón, haciendo también lo propio.

Y llegamos a este septuagésimo quinto cumpleaños de la Reina consorte. Silvia de Suecia no ha dado escándalos durante su matrimonio. Ha sido discreta en todo momento, aunque sus sonrisas de antaño se enfriaran desde que fuera coronada, no por su deslumbrante tiara, sino por unos grandes cuernos de su irresponsable y mujeriego marido. Y lo único en lo que puede haberse sobrepasado es en sus periódicas visitas a quienes la aconsejan sobre qué tratamientos faciales le son más convenientes, incluyendo alguna que otra intervención quirúrgica y frecuentes retoques en su rostro, alarmada por las arrugas que, dada su edad, le han causado algún desajuste en su ánimo. Pero la naturaleza, salvo casos excepcionales, suele ser implacable con el paso del tiempo.

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