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África Pratt, entre el destape y su "rollo" con Jon Finch

África Pratt hizo sus primeros pinitos cinematográficos a partir de 1973.

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África Pratt, entre el destape y su "rollo" con Jon Finch
De profesión polígamo (1975) | Archivo

Su nombre es África Ruiz Prats, con la ese final, pero artísticamente figuró siempre con la doble "t" del apellido, así: Pratt. Nacida en Larache (Marruecos) en octubre de 1946. A la muerte de su padre, que era militar, se instaló con su madre en la península, estudiando en un colegio de monjas de Alfaro, internada. Allí se le despertó la vocación artística, formando parte del cuadro teatral de alumnas. Luego, ya en Madrid, permaneció siete años estudiando ballet en una academia. Lo que la llevó a debutar como "vedette" en la compañía de Celia Gámez. "La reina de la revista", como se la llamaba, no solía equivocarse al elegir a sus chicas. Las contrataba toda vez que le habían mostrado las piernas, si eran de su agrado. Y África había desarrollado un físico espectacular.

Con Celia estrenó dos espectáculos de éxito: Colomba y Su Excelencia la Embajadora, a mitad de los años 60. Con el sueño de alcanzar el grado de "supervedette", África Pratt pasó a la formación de Alfredo Alaria, formidable bailarín y coréografo argentino, en la obra Japón, mon amour. Y después la contraron Zorí y Santos, formidables actores cómicos, como estrella de otra de sus divertidas funciones, siempre bien cuidadas en vestuario y selección de bailarinas. A las órdenes del prolífico realizador y guionista Mariano Ozores, África Pratt hizo sus primeros pinitos cinematográficos, a partir de 1973. De la treintena de títulos filmados por ella recordamos su presencia en Tío ¿de verdad que vienen de París?, junto a Alfredo Landa. Mariano Ozores decía de África: "Ha tenido que luchar con su belleza para que se la tomase en serio en la pantalla". En Cuentos de las sábanas blancas era la moza de un mesón del siglo XVI a quien perseguía un tinajero encarnado por Antonio Ozores, empeñado en acostarse con ella. Ya puede suponerse que en este tipo de películas, África Pratt tenía que aparecer despelotada, lo que hizo una vez más en Los bingueros, como repartidora de cartones, en un desnudo integral, descarado, como lo calificaba el propio director. Tal filme, habiendo costado quince millones de pesetas recaudó cerca de doscientos millones. Con Mariano Ozores, volvió a rodar ¡Qué gozada de divorcio! emparejada con Andrés Pajares. El cómico desempeñaba el papel de un sinvergüenza, separado de su mujer, que alterna la semana con tres amantes, una para el lunes, la otra los miércoles y la última el viernes. La esposa ha encontrado otro amor y le conmina a Pajares a que active los papeles del divorcio. Después del éxito de Quiero un hijo tuyo, vino lo de El cura ya tiene hijo. Otra cinta de bajo presupuesto, buena recaudación y críticas poco condescendientes con Ozores. Pajares y Esteso siempre con sus bromas y África Pratt y las demás intervinientes como siempre, en porretas. En Al este del oeste, Fernando era un pistolero y África la dueña del bar del poblado, siempre dispuesta a enseñar sus partes pudendas. Queda dicho que en la casi totalidad de sus películas debía salir como mínimo sin sostén, y a veces también sin bragas.

En el teatro, quitando su etapa de revistas musicales, también exhibió su anatomía en ¡Oh, Calcuta!, que hizo entonces furor, por venir precedida de un éxito internacional. Pero en honor de África Pratt digamos que tuvo más oportunidades en las que dar a conocer su vena de buena actriz de comedia o de textos clásicos. Ocurrió, respectivamente en una reposición de Melocotón en almíbar, La muchacha sin retorno, y en Cyrano de Bergerac, El alcalde de Zalamea, El Lazarillo de Tormes...

Llevó África Pratt su vida sentimental de modo discreto. Una vez confesó que el primer novio que tuvo resultó ser un completo celoso, que en un rapto de cólera la obligó a raparse la cabeza al cero, como los reclutas cuando hacíamos la "mili". Lo que declaraba en 1977 en la portada de Garbo. Otras publicaciones, caso de la sempiterna Inverviú, la llamaron para ilustrar sus páginas con estéticos desnudos. Sólo tuvo un romance sonado, con visas publicitarias, junto a Jon Finch, acreditado actor británico, que de interpretar obras de Shakespeare fue dirigido en el cine, entre otros, por Alfred Hitchcock y Roman Polanski. Se conocieron en un rodaje en Madrid y es más que probable que el galán se la llevara al catre. Ella aprovechó esa relación para aparecer en las revistas rosas. Fuera del "ligue" no supimos más de otros compromisos amatorios. Mediados los años 90 su nombre desapareció de las carteleras. En su recuerdo, hemos de considerarla una de las mujeres más atractivas de su tiempo, con auténtico "gancho". Una especie de Rita Hayworth "a la española", probablemente desaprovechada, que debía haber alcanzado mejores oportunidades.

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