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Marlon Brando: el mito de un gran seductor de mujeres… ¡y hombres!

"Si su talento ante las cámaras no se discute, su fama de seductor traspasa lo que podía considerarse habitual en un galán de Hollywood".

"Si su talento ante las cámaras no se discute, su fama de seductor traspasa lo que podía considerarse habitual en un galán de Hollywood".

Hace ahora justamente quince años murió en Los Ángeles, a los ochenta años, víctima de una fibrosis pulmonar, quien está considerado uno de los grandes mitos de la pantalla: Marlon Brando. Y si su talento ante las cámaras no se discute, su fama de seductor traspasa lo que podía considerarse habitual en un galán de Hollywood: era irresistible para ellas. Lo que quizás sorprenda a muchos es que también tuvo relaciones homosexuales.

No tenía intención alguna de ser actor. Diríase que tampoco de trabajar. Su padre, de carácter severo, lo obligó a inscribirse en la Academia Militar, de la que sería expulsado por su carácter rebelde. Acabó por trasladarse desde Omaha, Nebraska, su ciudad de nacimiento en 1924, a Nueva York donde ya estaba una de sus hermanas tratando de abrirse paso como actriz. Marlon conquistó a una jovencita, Ellen, que resultó ser hija de Stella Adler, una excelente profesora de arte dramático que lo instruyó en su incipiente carrera artística. En esos años, segunda mitad de los 40, Marlon compartía apartamento con un antiguo compañero y amigo, Wally Cox, con quien practicaba sexo. Estaba claro que desde su juventud, el futuro astro del celuloide ya mostraba una inclinación tanto hacia las féminas como los varones. Más de una de sus amantes diría que era un terremoto en la cama, bien dotado en sus atributos masculinos e incansable cuando les hacía el amor.

El trampolín hacia la fama lo obtuvo el año 1947, primero con la representación teatral de Un tranvía llamado deseo, que después, en 1951, fue llevada al cine. Obra del consagrado Tennessee Williams. Marlon incorporó allí el personaje de un polaco brusco, Stanley Kowalski, donde mostró su ímpetu dramático. Vestía desenfadadamente, con una camiseta rota y vaqueros, imagen que causó sensación entre su inmediata legión de admiradores cuando se estrenó el filme. Su tono de voz era llamativo: casi apenas audible, como si farfullara. Vendría a ser su sello personal, junto a algún otro tic que le sobrevino desde las clases recibidas en el Actor´s Studio, que le impartió su fundador, Lee Strasberg, y en donde se matriculó siguiendo la sugerencia de Elia Kazan. Para entonces la lista de amantes iba engrosando su historial, desde Jessica Tandy, su compañera de teatro en la mencionada obra hasta otras muchas. Las prefería bajitas y morenas. A más de una las llevó en el asiento trasero de una potente motocicleta que adquirió, con la que recorría, enloquecido, por las calles de Manhattan.

Hizo un viaje a París, cuando todavía no era conocido fuera de los Estados Unidos donde dio rienda suelta a sus pulsiones sexuales. Se hizo muy amigo de dos conocidos actores galos, Daniel Gélin y Serge Marquand, con quienes se cuenta tuvo amores. La paradoja es que muchos años más tarde, Brando rodó escandalosas escenas con una hija ilegitima de Gélin, María Schneider, en El último tango en París. De esa estancia parisiense también queda en la leyenda una noche encamado con Edith Piaf y algunas otras con la cantante existencialista, Juiette Greco. Pero también en la capital francesa, después, cuando fue a rodar Desirée, protagonizó un suceso casi propio de un vodevil. Ya tenía en la prensa sensacionalista europea su bagaje de seductor nato, con sus aventuras al lado de conocidas actrices, como Pier Angeli y algunas de menor cotización como Charlotte Austin y Susan Cabot. Y resulta que una jovencita francesa llamada Josiane Mariani-Berenguer se convirtió en poco tiempo… en su prometida. Marlon conoció a los padres de la chica. Y los periódicos informaron de que Brando estaba dispuesto a casarse con Josiane. Todo un embrollo, posiblemente alentado por el propio galán quien, al darse cuenta del jaleo que se había armado, puso pies en polvorosa rumbo a los Estados Unidos. Lo chusco es que Josiane lo siguió hasta Nueva York, luego a Hollywood, convivió con el actor una temporada hasta que él la convenció de que esa boda con la que ella había soñado no iba a producirse. Desencantada, la chiquilla regresó a su país.

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Con Eva Marie Saint en "La ley del silencio"

Un día, almorzando en el restaurante del estudio cinematográfico, en Hollywood, conoció a Anna Kasfi, que hacía un papelito en una película de Spencer Tracy, La montaña. La contrataron cuando trabajaba en Londres de modelo. Decía ser india, lo que con el tiempo se descubrió no era verdad. Pero a Brando le atrajo poderosamente su físico, ciertamente de aire exótico, asiático, lo que daba "el pego". Cuando rodaba aquel 1957 El baile de los malditos, ella le informó de que estaba embarazada. Y se casaron sin ninguna publicidad, en la casa de una tía del actor. Por cierto que en esa época, cuando por motivos de aquel rodaje hubo de viajar a París, aprovechó para visitar fugazmente Madrid durante tres o cuatro días. Se había teñido el pelo de color rubio. En la capital cumplió con el rito de ir a un tablao flamenco. El entonces conocido cronista cinematográfico, especializado en chismes, Jorge Fiestas, aseguró en su columna de la revista Fotogramas haber logrado que Brando se instalara en un chalé de Marbella. Era propiedad de aquel, para descansar sin ser molestado por los reporteros de la época.

Anna Kashfi dio a luz un niño, Christian. Sería el primero de los once en total que Marlon tuvo con otras mujeres. La pareja se separó en vísperas del otoño de 1958. El actor viajaba constantemente. Y Brando, al divorciarse, hubo de desprenderse de un buen pellizco de sus ahorros y soportar luego que Anna fuera poniéndolo verde cuando la entrevistaban. Tuvieron desagradables encuentros posteriormente e incluso un intento de atropello en coche conducido por ella. Ya divorciado en 1959, volvió a sus costumbre de encamarse con la primera que tuviese a tiro. Una de ellas fue la actriz euroasiática France Nuyen, a la que siguieron Bárbara Luna y Rita Moreno. Esta última, que hablaba de la potencia sexual de Brando en el catre, estuvo a punto de morir en 1961 al ingerir un tubo de barbitúricos. La coprotagonista de West Side Story había sufrido una aguda crisis tras comprobar que el actor ya no quería saber nada de ella. Otra que se cabreó lo suyo fue Ana Magnani, que coprotagonizó con Marlon Brando Piel de serpiente. Pero el divo no quiso saber nada de la italiana, que por lo visto lo azuzaba para encamarse con él.

Rodando en aguas de Tahití Rebelión a bordo se enamoriscó de una nativa, que se ganaba la vida lavando platos y también bailando danzas rituales de su isla. Y no sólo eso: pidió al director que le diera un papel, el de Maimiti. Adiestrada convenientemente, no hizo mal su trabajo. Pero la película fue un fracaso. Marlon Brando parecía endiosado. Su carácter controvertido no era un secreto ya para nadie, pues la prensa hablaba de ello, como respuesta al divismo del actor, que apenas concedía entrevistas. Había engordado, además, y empezaba una cierta decadencia en su filmografía, a pesar de su gran bagaje: ¡Viva Zapata!, Julio César, La ley del silencio, la comedia Ellos y Ellas, que lo enfrentó a Frank Sinatra…

Marlon Brando se casó por segunda vez en 1960. Con María Castañeda, siete años mayor que él. Familiarmente era Movita. Tocaba la guitarra, bailaba. Nació en un lugar situado entre México y Arizona. Había contraído antes matrimonio con un boxeador irlandés. A Brando lo conoció en 1951 en el rodaje de ¡Viva Zapata! donde hizo un papel de mexicana. Se vieron con el paso de los años, coincidiendo en algunos rodajes. Y un día ella le anunció que iba a tener un hijo suyo. Lo llamarían Miko. Marlon siempre sospecharía que aquel niño no era suyo. Pero hubo boda con Movita en junio del citado 1960. Sólo duraron juntos un par de años. Al divorciarse, fue cuando volvió a Tahití, se reunió con Tarita Teriipai, la bailarina de la que se encaprichó en el rodaje de Rebelión a bordo, casándose en 1962. Para el actor fue el tiempo en el que quizás fue más feliz, en aquel paraíso medio salvaje, donde se hizo construir una vivienda típica del lugar. Con ella tuvo varios descendientes. Desde luego en los diez años que duró su relación con Tarita, hubo de todo en el matrimonio. Marlon viajaba constantemente, pasaba meses sin regresar, ella no tenía muchas veces noticias de donde se encontraba su marido, regresaba éste, se amaban con locura. Y vuelta a empezar con sus desapariciones. Amor imposible fue el libro donde ella contaba su alocada vida con el genio cinematográfico. Que, eso sí, adoraba a su prolongada prole.

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Marlon Brando y Tarita Teriipia

Ya no se casó más veces Marlon Brando. Su existencia continuó siendo turbulenta. Con muchos altibajos en su carrera, cobrando más que ningún colega desde que en El Padrino resurgiera su innato talento, su dominio ante la cámara, mirando, callado, o vocalizando lentamente su parlamento, a veces inaudible. Pero eso le permitió ser el mito adorado por críticos y cinéfilos de todo el mundo, que poco menos lo tenían ya dado por muerto artísticamente. Con El último tango en París y la secuencia de la mantequilla untada de su oponente femenina, María Schneider, llegó el gran escándalo. Otra millonada percibió por su breve intervención en Superman. Lo mismo que en su contrato en Apocalypse Now. De 1992 era Cristóbal Colón, el Descubrimiento, fallida película que lo trajo a Madrid, donde se pasó un par de días sin salir del Hotel Palace y sin querer saber nada de la prensa. Para entonces, obeso, daba en la báscula ciento sesenta kilos y ya sólo era un mito decadente. Su última película está fechada en 2001, The Score.

Es imposible abarcar aquí, aun en síntesis, más historias sobre Brando, del que se han publicado un montón de biografías. Pasó por momentos dolorosos en su familia, como el caso de su primogénito, acusado de asesinato. Y continuó siendo el rebelde de siempre: ni él mismo sabía el porqué de sus imprevistas y agresivas reacciones. Desde luego nunca abdicó de su pasión por las mujeres. Con sesenta años volvió loca a una japonesa, de veintisiete, hija de millonarios, llamada Yachio Tsubaki. Si no era un sex-symbol diez años más tarde, lo disimuló muy bien; el caso es que tuvo su undécimo y último hijo, Sharon Isaak, con su ama de llaves, Christina Ruiz, con quien convivió desde 1989, y que ya había tenido con él otros dos pequeños. La virilidad era para él un bien irrenunciable. Esa mujer guatemalteca penó lo suyo pues el actor se negaba en sus últimos años de convivencia a pasarle la acordada pensión para ella y sus tres retoños. Él era así: un ser impredecible, vanidoso, soberbio y en el fondo, infeliz. Egoísta, egocéntrico, como él mismo se definió una vez. No se dejaba intimidar por nadie: siempre bravucón. Raro, extravagante. "Mi lema en la vida es no seguir regla alguna". Sobre las mujeres solía ser vitriólico: "En cuanto se saben admiradas, ya está todo perdido". Y al referirse a su profesión, curiosamente, no le daba importancia: "Si soy o no buen actor es algo que nunca he sabido". Pero fue sin lugar a dudas un mito cuyo nombre ya es leyenda.

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