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El aviso en la carretera que recibió Nino Bravo antes de su fatal accidente

Nino Bravo no era buen conductor y murió en un accidente. Ahora se usa su voz para anunciar un coche.

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Nino Bravo no era buen conductor y murió en un accidente. Ahora se usa su voz para anunciar un coche.
Nino Bravo en el nacimiento de su hija. | Gtres

Desde hace un corto tiempo se está difundiendo cierto anuncio publicitario en varias cadenas de televisión acerca de un modelo de coche recién salido al mercado. Como fondo musical suena la voz de Nino Bravo, en uno de sus más populares estribillos. No deja de ser, al menos chocante, que la figura del idolatrado valenciano sirva como promoción de un automóvil, recordando que falleció en un trágico accidente de carretera conduciendo su propio vehículo. Que nadie vea, por supuesto, en este leve comentario crítica alguna a nadie de los responsables de ese "spot". Por otra parte si hay beneficiarios económicamente serán los autores de aquella composición; quizás también una parte para la viuda de Nino y sus dos hijas, en caso de que así les corresponda por contrato. Pero eso nada tiene que ver con lo que aquí queremos evocar, la relación de ese fondo musical mientras aparecen imágenes de un nuevo producto del negocio del motor.

Aquel accidente mortal de Nino Bravo acaeció en la mañana del 16 de abril de 1973 en el kilómetro 95 de la Nacional III. El intérprete se dirigía a Madrid al volante de un BMW 2800 con matrícula GC. Era por entonces frecuente que, quien pudiera, matriculara su coche en Canarias para pagar menos impuestos de circulación. Parece que el vehículo en cuestión lo adquirió en un concesionario de segunda mano. Nino había empezado a ahorrar algunas ganancias de sus actuaciones, de las que apartó las correspondientes a ese coche y a una vivienda.

Conviene recordar que el mito de Nino Bravo empezó a partir de su muerte, creciendo periódicamente, al punto de que hoy, cuarenta y siete años después, su voz no ha dejado de apagarse; un caso único entre los artistas españoles de la canción, del que se han reeditado periódicamente sus éxitos, ensamblando aquellos sonidos con los de otros artistas en prefabricados duetos, que también han utilizado otros colegas jóvenes. Amén de que en su ciudad natal se le erigiera una estatua y se abriera un museo con algunas de sus pertenencias y recuerdos. Pero insistimos en que, antes de 1973, cuando cinco años atrás había decidido dedicarse profesionalmente a la música, tenía sólo un reducido repertorio y los críticos alababan su voz extraordinaria, pero no lo consideraban todavía un ídolo de multitudes, que comenzaría a serlo en los meses previos a su adiós.

Sus tres primeros discos apenas se vendieron, y eso que entre ellos estaba una buena melodía, "Como todos". Se decía que imitaba a Tom Jones, a Engelbert Humperdick y a John Rowles; que vestía mal; que en el escenario se movía con dificultad. Era muy tímido, como él mismo me confesaba una de las veces que lo entrevisté. Lo comparaban, dentro del ámbito nacional, con Raphael, lo que a Nino le sentó como un tiro. Cuando en vísperas de la primavera de 1969 se presentó en el teatro Principal, de Valencia, perdió el dinero que invirtió en el evento. No se amilanó e iría pagando las deudas. Al año siguiente ya cobraba quince mil pesetas por "bolo". Manejaba su poco dinero con cuidado. Por ejemplo, cuando se desplazaba desde Valencia (donde siempre quiso vivir con los suyos) se hospedaba en un modestísima hostal de la madrileña calle Mayor. Su ropa era un tanto hortera y Manuel Alejandro y algún otro colaborador le instaron a que renovara su vestuario y fuera más juvenil. Encima, los comentaristas le zurraban un poco asegurando que sólo era un cantante zarzuelero, con evidente menosprecio. Le costaba relacionarse con las chicas, además. Muy introvertido. En una discoteca de la capital del Turia encontró al que sería su gran amor: María Amparo Martínez Gil. Físicamente, hasta decían que eran muy parecidos. Uña y carne durante el poco tiempo que convivieron, desde su boda el 20 de abril de 1971. En enero del año siguiente les nació María. Y cuando estaban a punto de celebrar su segundo aniversario de boda, vino la desgracia. Para entonces, María Amparo estaba embarazada de la que iba a ser hija póstuma de Nino Bravo, a la que bautizaron con el nombre de Eva.

En el Cementerio Municipal de Valencia, María Amparo, vestida rigurosamente de luto, se daba cabezazos contra el féretro que contenía los restos mortales de su marido. Repetía constantemente: "¡No puede ser, no puede ser…!" Yo estaba a apenas dos metros y lo escuché. Tuvieron que llevarla a una clínica, tras ser enterrado el cantante, presa de un incontenible dolor, sin que cesaran sus sollozos. Sus familiares la llevaban en brazos, rezando para que su embarazo no sufriera contingencia alguna. Diez mil personas pugnaban por llegar hasta el nicho, lo que resultaba absolutamente imposible dado el reducido espacio en el que nos hallábamos, una estrecha calle del camposanto.

En las semanas siguientes la evocación de Nino Bravo fue el tema elegido por las revistas. Yo mismo publiqué, de urgencia, una biografía suya en tres capítulos, la primera de las que luego más amplias se editaron, algunas en formato de libro. Se especuló en algunas la posibilidad de que Nino Bravo condujera a excesiva velocidad. Pero de él, sus íntimos contaban que era muy prudente al volante. Y que quizás no tuviera abrochado el cinturón de seguridad en la fatídica mañana de su mortal accidente, lo que nunca pudo comprobarse. Lo que sí escuché de uno de ellos es que, como conductor, no era del todo ducho, que le faltaba cierta experiencia. Supe que su primer coche fue un "124 sport". Había tardado tiempo en obtener el carné de conducir, más que nada por pereza. Luego adquirió un Mercedes, modelo antiguo, con el que desplazándose desde Valencia a Barcelona con sus músicos en noviembre de 1972, sufrió un aparatoso accidente, saliendo él y sus ocupantes ilesos, pero el vehículo quedó completamente destrozado. Fue un serio aviso para la integridad física del cantante. Él mismo me lo contó en la última entrevista que le hice, muy poco antes de su muerte, en el hotel barcelonés Balmoral. Recuerdo que hablándome de la discreción con la que siempre se mostraba con los periodistas, me confió: "Fíjate si no quiero salir en la prensa por algo que no sean mis canciones, que hubiera podido contaros detalles de ese accidente, como una noticia sensacional, para decir que estuve a punto de matarme. Pero no me aproveché de esa desgracia...". Así era Nino, que tenía con el destino una cita inaplazable unos meses más tarde. Ya era por esas calendas un cantante conocido, pero no un ídolo: Raphael seguía siendo número 1. Y estaba Serrat en otra línea musical. Y Juan Pardo. Camilo Sesto ya empezaba a disputarle a Nino ese cetro de la mejor voz española. Y cuando en las emisoras de radio ya se difundía a menudo "Te quiero, te quiero" se interrumpió ese camino hacia el éxito total del artista valenciano.

"Te quiero, te quiero", por cierto, había tenido un curioso recorrido hasta que Nino Bravo la registró en disco. Con letra bien distinta de Rafael de León, musicada por Augusto Algueró, la había estrenado Lola Flores en su película, auténtico bodrio por cierto, Una aventura en Hong-Kong, que rodó en Argentina con un cómico allí muy popular, que no aquí: Luís Sandrini. Por cierto, se tituló entonces "La niña ahogada". Algueró, de acuerdo con Rafael de León, pensó que habían desperdiciado un posible éxito discográfico, éste último cambió la letra y tras pedirle permiso al productor, quedó así en sus primeros compases, tal y como finalmente se conoció: "Al llegar la madrugada / mi canción desesperada / te dará la explicación. / Te quiero vida mía / te quiero noche y día, / no he querido nunca así...". Raphael la grabó, pero no pudo estrenarla públicamente: tenía por entonces un litigio con su antigua discográfica, Hispavox. Y la cinta quedó almacenada, entre un sinfín de acetatos, en algún oscuro rincón. Fue después cuando Augusto Algueró entró en contacto con el todavía desconocido Nino Bravo, que se llamaba en realidad Luís Manuel Ferri Llopis. Y con su potente, bien administrada voz, "Te quiero, te quiero" sería la tarjeta musical de visita con la que, poco a poco, fue entusiasmando a los públicos.

Nino Bravo, era un valenciano recto y sencillo, honrado, buen esposo, buen padre, buena gente que, amén de repetirnos en la memoria el estribillo de "Te quiero, te quiero", nos regaló también "un beso y una flor", soñando con ser "libre como el sol de la mañana", y todavía añoraba un impreciso lugar, el que columbrando un lejano futuro iba a ser esto que decía: "cuando me vaya yo, esa será mi casa, cuando te diga adiós". Y allí sigue, en la eternidad.

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