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¿Por qué somos vagos?

Había una razón evolutiva: ahorrar energía para épocas de pocos recursos. Si ahora ya no es necesario, ¿por qué seguimos siendo perezosos?

Marian Benito / Quo
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Había una razón evolutiva: ahorrar energía para épocas de pocos recursos. Si ahora ya no es necesario, ¿por qué seguimos siendo perezosos?
Foto: Corbis

No son holgazanes, tampoco neuróticos, ni siquiera enfermos imaginarios. Los tumbados o encamados son hombres que un día se abandonan a la inacción. Según Luis Landero, autor del libro Tumbados y resucitados, lo hacen: "Sin previo aviso, sin razón aparente, sin el menor síntoma de enfermedad y en pleno uso de sus facultades mentales". Landero recoge numerosos casos, sobre todo de varones pertenecientes a familias humildes en la España de la década de 1950, cuya decisión de no mover un dedo era acogida generalmente con sumo respeto. ¿Te sientes identificado?

Lo peor de la pereza es que tendemos a exceder lo razonable, según el psicólogo Luis Folgado de Torres, de Psicólogos Especialistas Madrid, "con lo que conseguimos que los esquemas mentales del sistema nervioso, que nos permiten pensar con rapidez y eficacia, y del periférico, que nos llevan a desenvolvernos con habilidad y rapidez, se debiliten y generen un repertorio de conducta más lenta y menos precisa".

Pero, ¿tan mala es la pereza? No te pongas nervioso, también tiene un lado bueno. Es evolutivamente necesaria, un mecanismo de ahorro de energía. Gracias a la quietud, el cerebro ahorra glucosa y ATP (adenosín trifosfato), molécula clave en la transmisión de energía. "Es muy posible que, en tiempos remotos -señala Folgado- los homínidos tuvieran solo acceso esporádico a las fuentes de nutrientes, de ahí que adoptaran esta medida". Muchos mamíferos y primates superiores dedican buena parte de su tiempo a siestas prolongadas tras la ingesta. Esta misma necesidad de ahorro justifica también a los perezosos en aquellas zonas del planeta donde el calor resulta sofocante, y podría explicar por qué en la cultura mediterránea abundan más los noctívagos.

Es verdad que a la hora de desperezarse influyen factores como la exposición a la luz solar y las horas de sueño, pero también lo es que, por herencia genética, hay quienes tienen mayor creatividad e inspiración, y mejor capacidad de retención por las mañanas, y son conocidos como "alondras", mientras que otros están más "despiertos" por la noche; los "búhos". "La quietud podría ser de nuevo la mejor manera de ahorrar energía y optimizar nuestro sistema de refrigeración. Por su parte, la siesta permite según esta teoría normalizar los ciclos psicobiológicos", explica Folgado de Torres.

Honrarás la cabezadita

La siesta española, esa "hora sexta" de la regla monástica de san Benito por la que se instaba a los monjes a guardar reposo y silencio de 13:00 a 15:00 h, provoca la sorna continua de nuestros vecinos europeos, a pesar de sus probados efectos beneficiosos. Por ella, los empresarios y políticos alemanes nos han definido como "vagos". Los portugueses se ganaron el apelativo de ignorantes, borrachos los irlandeses y perezosos los griegos. Se libraron los británicos, sin tantas cuentas que rendir, a pesar de que una gran mayoría confiesa que le falta energía para hacer el amor o jugar con sus hijos.

Pero una cosa es pereza y otra ociosidad. Y aun entendiendo que la pereza es buena tanto desde el punto de vista físico como psicológico, ¿qué sentido tiene este mecanismo ancestral para el hombre actual? Para el psicólogo Luis Folgado, la alternativa es "encontrar una forma de ocio enriquecedora, capaz de responder a un complejo entramado psicosocial". Es precisamente lo que reclama el filósofo Fernando Savater en su libro Ética para Amador: "El tiempo sobrante debe hacerse rico en experiencias". Precisamente lo contrario es la pereza.

Sobran noticias y datos que lo corroboran. Por ejemplo, ha matado nuestro apetito sexual. "La pereza, la disfunción eréctil y el mal aliento" son los tres mayores enemigos del sexo que señala la mujer española en el último informe europeo sobre Hábitos Sexuales. El 80% se queja de la frecuencia con que practica sexo, y uno de los motivos que se lo impide es esta desgana.

Cómo pretender lo contrario si otra investigación –ésta del Instituto Karolinska de Suecia– prueba que los casados tienden a abandonarse: pierden aptitud cardiovascular. Según los resultados, el divorcio ayuda a la capacidad física, aunque un segundo matrimonio trae consigo un deterioro todavía mayor. El asunto se agrava aún más en el caso de las personas con sobrepeso.

Con o sin motivo, para ellas la pereza se ha convertido en un estigma social que deben soportar, según se desprende del trabajo de un equipo de antropólogos de la Universidad Estatal de Arizona (EEUU). En este estudio se recopilaron y analizaron las apreciaciones de la gente sobre las personas con más peso en diez países del mundo.

Si no hay sexo, hay siesta

Que existe una tendencia del ser humano a la holgazanería parece indudable, pero la ciencia se resiste a pensar que el Homo sapiens sea holgazán por naturaleza. Según el doctor Mel Levine, profesor de Pediatría de la Universidad de Carolina del Norte y autor de Contra el mito de la pereza, prácticamente nadie es vago de por sí. Casi siempre se debe a una disfunción psicológica, a heridas emocionales o a miedos que convierten la pereza en un mecanismo de huida para evitar enfrentarse a ciertas actividades. Luis Folgado habla del "síndrome amotivacional" como la causa principal de que cualquier humano, sin ser perezoso, "no encuentre motivos para salir de la cama o abandonar el estado límbico del sofá. Nadie que no se sienta reforzado por una actividad la va a realizar, a menos que le vaya en ello la propia supervivencia.

Por poner un ejemplo, si la conducta "acudir a lugares de ocio" no es correspondida por la consecución de sexo, conversación u otros gozos, el sujeto acabará prefiriendo actividades menos edificantes, como ver la televisión."

La vida es sueño, no bostezo

Identificado el germen de la pereza y la desidia, los antídotos parecen obvios: voluntad y conciencia de necesidad. "Hay que activar la motivación, la autoestima y la consecución de objetivos, de modo que la persona quiera realizar cambios en su conducta", señala la psicóloga clínica Concha Etiens.

Pero puede ocurrir también que la vagancia tenga un sustrato patológico. "Si una persona se muestra excesivamente inactiva y a la vez está cansada, es bueno descartar algún problema médico, como fibromialgia, cansancio crónico y enfermedades hormonales. Si este fuera el caso, sería necesario medicar", añade Etiens. "Cualquier sustancia psicotrópica capaz de estimular al cerebro puede servir para atenuar la pereza, aunque en ocasiones no hace sino enmascararla", advierte Folgado.

En cuanto a terapias, sencillamente no existen, igual que tampoco las hay contra la estupidez o la arrogancia; pero el mal disminuye, e incluso desaparece, si eliminamos el sustrato que lo origina y mantiene.

Todo, menos sucumbir al aburrimiento de vivir, como le ocurrió al político francés François-René Chateaubriand, cuyo lamento quedó grabado con estas palabras: "Remolco penosamente mi hastío junto a mis días y voy por doquiera bostezando mi vida". El reto es complicado cuando hablamos de sociedades donde los platos llegan a la mesa igual que el maná.

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