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El clima crea la amenaza, la preparación decide la catástrofe

La ciencia de desastres ha cambiado de foco: hoy, el factor decisivo no es solo el clima, sino la capacidad humana de adaptación.

Durante años, la conversación pública sobre desastres climatológicos ha seguido un guion predecible. Cada incendio, cada inundación, cada ola de calor es presentada como una prueba más de que vivimos en una era de catástrofes sin precedentes, impulsadas por un clima desbocado. Pero cuando uno se aleja de los titulares y entra en las bases de datos científicas, la historia resulta bastante más compleja —y mucho menos apocalíptica—.

Lo que dicen los datos, no los eslóganes

Un estudio recién publicado en Natural Hazards Research (2025) aporta una fotografía inédita de cómo ha evolucionado la ciencia de los desastres en las últimas siete décadas. Los autores analizaron 3.572 artículos científicos publicados entre 1951 y 2024 sobre preparación ante desastres, identificando tendencias temáticas, autores, países líderes y palabras clave dominantes. El resultado es revelador: la investigación moderna ya no se centra solo en el clima o en los fenómenos físicos, sino en la respuesta humana.

Las palabras más repetidas en la literatura no son "cambio climático" ni "calentamiento global". Son "humano", "organización", "comunicación", "gobernanza", "resiliencia" y "preparación". En otras palabras: la ciencia contemporánea reconoce que el impacto de un desastre climatológico depende tanto —o más— de la capacidad de adaptación de una sociedad que de la intensidad del evento meteorológico.

Del paradigma meteorológico al paradigma social

Hasta comienzos de los años 2000, la investigación sobre desastres se centraba sobre todo en infraestructura, estándares técnicos, hospitales y respuesta de emergencia. Sin embargo, a partir de 2010 se produce un cambio claro de enfoque. Los estudios comienzan a priorizar sistemas de alerta temprana, evacuaciones, planificación urbana, comportamiento colectivo, confianza institucional y cohesión social.

El modelo dominante actual no define el riesgo como un simple producto del clima. La ecuación que hoy rige la ciencia de desastres es otra:

Riesgo = fenómeno climático × vulnerabilidad social × capacidad de preparación

Dos regiones expuestas a una tormenta similar pueden experimentar consecuencias radicalmente distintas. La diferencia no está en la atmósfera, sino en la organización, la gobernanza y la anticipación.

Este desplazamiento conceptual tiene una consecuencia importante: la catástrofe ya no se interpreta como un castigo natural inevitable, sino como un fallo de preparación.

Más desastres reportados no significa más desastres reales

Una de las fuentes más citadas en estudios de desastres es la base de datos EM-DAT, utilizada por Naciones Unidas y la Organización Meteorológica Mundial. En ella se observa un aumento sostenido en el número de eventos registrados desde los años ochenta. Pero los propios organismos internacionales reconocen que parte de ese incremento se debe a mejor detección satelital, mayor cobertura mediática y sistemas de reporte más completos.

Es decir: hoy registramos muchos más eventos pequeños que antes simplemente porque ahora los vemos. Este fenómeno, conocido como sesgo de observación, puede inflar la percepción de una escalada de catástrofes aunque la señal física real sea más modesta.

La mortalidad no sigue la narrativa del colapso

Si hay un indicador que permite medir el impacto real de los desastres, ese es la mortalidad. Y aquí los datos son claros.

Un estudio epidemiológico global publicado en 2024 analizó la mortalidad por desastres climáticos entre 1978 y 2021. Su conclusión principal fue contundente: desde el año 2000 no existe un aumento estadísticamente significativo en la mortalidad global por desastres climatológicos.

Más aún: si se amplía la mirada al siglo XX completo, la mortalidad por fenómenos meteorológicos extremos ha caído más de un 90% respecto a 1920. La razón no es misteriosa: alertas tempranas, evacuaciones, infraestructuras más seguras y respuesta sanitaria.

En términos simples: el clima puede ser más variable, pero la humanidad es hoy mucho más resiliente que hace cien años.

Cuando la gobernanza pesa más que la meteorología

Nada de esto implica negar la existencia del cambio climático ni su influencia sobre determinados fenómenos. La propia literatura reconoce que el clima actúa como multiplicador de amenazas: olas de calor más intensas, sequías prolongadas o lluvias extremas más frecuentes en ciertas regiones.

Pero la ciencia de desastres no sostiene que más CO₂ implique automáticamente más catástrofes humanas. Lo que muestra es algo más incómodo para la narrativa dominante: el impacto final depende sobre todo de decisiones políticas, inversión en preparación y capacidad institucional.

De hecho, en la gran revisión bibliométrica de 2025, la palabra "cambio climático" aparece solo de forma marginal frente al peso abrumador de factores sociales y organizativos. La comunidad científica está diciendo, de forma implícita pero consistente, que la gobernanza pesa más que la meteorología.

La gran desigualdad: no climática, sino adaptativa

Otro hallazgo del estudio es revelador: el 76% de toda la investigación en preparación ante desastres proviene de países desarrollados, con Estados Unidos liderando casi la mitad de la producción científica. Sin embargo, los países más afectados por desastres —muchos en África, Asia y América Latina— apenas aparecen en la literatura.

La vulnerabilidad global no está repartida de forma homogénea. El problema no es solo qué clima toca a cada país, sino qué capacidad de respuesta tiene cada sociedad.

La conclusión que rara vez llega a los titulares

Mientras la narrativa dominante insiste en presentar cada evento extremo como prueba de un mundo al borde del colapso, la ciencia de desastres avanza en otra dirección: invertir en adaptación salva más vidas que intentar controlar la atmósfera.

El riesgo climático no es solo un problema ambiental. Es, sobre todo, un problema de planificación, gobernanza y responsabilidad humana. Y eso cambia por completo la pregunta. No es únicamente qué hará el clima mañana, sino qué estamos dispuestos a hacer nosotros hoy. Porque la tormenta llega sola. La catástrofe la construimos —o la evitamos— nosotros.

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