El sofisticado sistema óptico natural por el que las plantas ven la luz sin tener ojos
Proteínas llamadas fototropinas actúan como sensores biológicos que activan un crecimiento desigual para captar la mayor claridad posible.
Cualquiera que haya tenido una planta cerca de una ventana habrá observado el fenómeno: con el paso de los días, el tallo se inclina y parece estirarse hacia el cristal. No es casualidad ni simple crecimiento desordenado. Es una respuesta precisa y programada llamada fototropismo, un mecanismo que permite a los vegetales orientarse hacia la luz para maximizar la fotosíntesis.
Las plantas no poseen ojos ni sistema nervioso, pero cuentan con proteínas especializadas llamadas fototropinas. Estos fotorreceptores, sensibles especialmente a la luz azul, se distribuyen en tallos y hojas y actúan como auténticos sensores biológicos. Cuando la luz incide con mayor intensidad en un lado del tallo, las fototropinas detectan esa diferencia y activan una respuesta interna.
La clave no está en un movimiento muscular —las plantas no tienen músculos—, sino en un crecimiento desigual. Es decir, no se doblan: crecen más por un lado que por el otro.
La danza de la auxina
El gran protagonista químico de esta historia es la auxina, una hormona vegetal que regula el crecimiento celular. Cuando la luz golpea un lado del tallo, la auxina migra hacia el lado sombreado. Allí se acumula y provoca que las células de esa zona se alarguen más rápido que las del lado iluminado.
El resultado es inevitable: el lado oscuro crece más, el tallo se curva y la punta termina orientándose hacia la fuente luminosa. Es un efecto comparable al de un acordeón que se estira más por un extremo que por el otro.
Este proceso puede repetirse constantemente. Si giramos la maceta, el sistema se reajusta: las auxinas vuelven a redistribuirse y el crecimiento cambia de dirección. Para la planta, la luz no es un capricho estético, sino su principal fuente de energía.
El misterio del tallo transparente
Durante años, los científicos entendieron el papel de las hormonas, pero quedaba una pregunta abierta: ¿cómo distingue la planta con tanta precisión de dónde viene la luz?
Un estudio publicado en Science aportó una explicación sorprendente. Investigadores analizaron ejemplares de Arabidopsis thaliana, una planta modelo en biología vegetal. Algunas variantes mutantes presentaban tallos más transparentes debido a una alteración genética que sustituía aire por agua en sus canales intercelulares.
La diferencia era crucial. El aire y el agua tienen índices de refracción distintos, lo que provoca que la luz se disperse de forma diferente al atravesar el tejido vegetal. En las plantas normales, los pequeños espacios llenos de aire generan un gradiente lumínico interno que permite a los fotorreceptores identificar la dirección de la fuente de luz.
En cambio, en las mutantes con tallos más acuosos y transparentes, esa capacidad de distinguir la dirección se veía afectada, y el fototropismo resultaba defectuoso. La estructura interna del tallo, por tanto, actúa como un sofisticado sistema óptico natural.
Más que una simple inclinación
El fototropismo no es solo una curiosidad doméstica. En la naturaleza, esta capacidad es esencial para la supervivencia. Un brote que germina bajo tierra necesita orientarse correctamente para emerger hacia la superficie. Una planta que crece en la sombra de una roca debe encontrar el resquicio de luz que le permita desarrollarse.
En casos de luz insuficiente, además, puede producirse el llamado ahilamiento: tallos más largos, delgados y pálidos que evidencian un esfuerzo extremo por alcanzar la claridad. Es una señal de desequilibrio, pero también una prueba del impulso constante por captar energía.
Incluso las raíces muestran el fenómeno contrario, conocido como fototropismo negativo: crecen alejándose de la luz para internarse en la tierra en busca de agua y nutrientes.
Ingeniería química silenciosa
La próxima vez que una planta parezca "saludar" a la ventana, conviene recordar que no se trata de un gesto pasivo. Está ejecutando una compleja estrategia de ingeniería biológica basada en sensores de luz, hormonas móviles y propiedades ópticas internas.
Sin ojos ni cerebro, las plantas han perfeccionado durante millones de años un sistema eficaz para orientarse en el espacio. Un "ojo" invisible que no ve imágenes, pero sí diferencias de luz. Y que les permite, centímetro a centímetro, crecer en la dirección correcta para sobrevivir.
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