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Ansiedad en las aulas, ¿cómo afecta el estrés a los estudiantes?

En los últimos tiempos ha surgido un intenso debate sobre cuál es el nivel de presión óptimo al que debe exponerse a los estudiantes.

Libertad Digital
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Un niño haciendo los deberes. | Alamy

Mientras por un lado algunos defienden la exigencia tradicional y los deberes y los exámenes, por el otro también han surgido escuelas sin deberes, padres que prefieren métodos menos tradicionales y más prácticos para sus hijos, alternativas a los exámenes y, en general, se apuesta por una mayor atención al estado de ánimo de los alumnos.

En el centro del debate una duda: ¿Están los estudios causando estrés a los jóvenes? ¿Es este mayor de lo que era en el pasado o estamos exagerándolo? Echemos un vistazo a los estudios para saber qué hay de verdad detrás de la discusión sobre la ansiedad en las aulas.

Lo cierto es que muchos niños de hoy en día no paran: se podría decir que entre los deberes, la cantidad cada vez mayor de asignaturas, las clases extraescolares y de apoyo… los pequeños están sobrecargados.

Así lo indican algunos estudios como uno de la Organización Mundial de la Salud, en el que se han comparado datos de 36 países diferentes para determinar que la presión académica ha aumentado desde el año 2000 y que esto puede afectar a la salud, la autoestima y la confianza de los estudiantes (mucho más que hace 17 años). El mismo informe señala que los jóvenes son muy dependientes del apoyo de sus padres, lo que desde otro punto de vista podría también verse como una oportunidad.

¿Qué estresa a los jóvenes?

Durante los años de estudio las aulas y todo lo que rodea a su educación se convierten en el centro de la vida de estos jóvenes. Pasan en el colegio la mayor parte del tiempo, muchos comen allí y tienen sus amigos en ese entorno. Pero la escuela no es solo importante desde el punto de vista de su vida social, también es el primer lugar donde reciben calificaciones en función de sus capacidades y esto es determinante. La competitividad es sana y natural y puede ser buena, pero a veces puede convertirse en miedo e incluso en un foco de estrés.

Los estudiantes sienten mucha presión por estar a la altura en el colegio, aprobar y tener sus deberes realizados a tiempo. Quieren demostrar su valía. A esa presión auto-impuesta se suma también en ocasiones la que reciben de sus padres y profesores. A menudo es indirecta e inconsciente: los docentes quieren que sus alumnos sean los mejores, y los padres todavía más.

Los problemas de ansiedad no son patrimonio de los adultos, puede afectar a personas de todas las edades y en los niños, como en los mayores, la respuesta a los exámenes o a una elevada carga de trabajo depende más de cada individuo: mientras algunos lo encuentran un desafío motivador y les ayuda a mejorar su rendimiento, otros se ven sometidos a un estrés que no saben manejar.

Cómo identificar una situación de ansiedad en el aula

Lo mejor es mantenerse atentos y, especialmente en períodos como los exámenes, cuando el estrés es muy elevado y la presión está al máximo, hay que vigilar algunos síntomas que puedan ayudar a detectarlo:

Pensamientos negativos: ideas exageradas sobre el efecto que tendrá una mala nota, como por ejemplo creer que por un suspenso no conseguirá jamás un trabajo o se repetirá el curso. Miedo a quedarse en blanco durante el examen, a decepcionar a los padres o al hecho de que todos en la clase sepan más que él mismo. Son emociones negativas que pueden conducir a la irritabilidad o a la pérdida del sueño.

Síntomas físicos: músculos tensos, temblores o pequeños tics y afecciones que surgen por la tensión, como las palpitaciones en los ojos. También pueden aparecer calambres, dolor de estómago, sudor excesivo e incluso bloqueo mental o dolor de cabeza.

Comportamientos disruptivos: la pérdida de atención o las excesivas distracciones pueden ser otro síntoma, que incluso pueden presentarse durante el examen, haciendo más complicado para el estudiante el comprender y procesar las preguntas y, por tanto, influyendo negativamente en el rendimiento final.

Se calcula que esta ansiedad puede afectar al 15% o 25% de los alumnos en edad escolar y según algunos puede llegar a influirles incluso en situaciones cotidianas ajenas a los exámenes y, en los peores casos, creando efectos negativos como temor a ser evaluados en situaciones una entrevista de trabajo, la presentación de un proyecto o la hora de cerrar un trato laboral. Esto ocurriría en casos extremos de reducción de la autoestima y de pérdida de la motivación, que se ven superadas por el temor y la ansiedad.

¿Qué se puede hacer?

En los últimos años la sociedad ha sido más consciente del problema y se han elaborado estudios e investigaciones y, sobre todo, se ha empezado a buscar soluciones. Muchos de estos trabajos aportan un dato positivo: un cierto nivel de ansiedad moderado puede incluso mejorar la productividad, empujando a la competitividad sana y al ansia de superación. Sin embargo, si es muy elevada, se mantiene en el tiempo y desemboca en fracasos puede resultar peligrosa. Por ello es importante conocer estrategias que ayuden a padres e hijos a afrontarla y superarla.

Reforzar la confianza en sí mismos: los niños que creen que pueden tener éxito confían en sus posibilidades. Esto es algo que debe promoverse en casa, dando a los exámenes la importancia real que tienen, asegurándose de que no sean determinantes en la autoestima de los estudiantes y de que lo importante es que lo hagan lo mejor que puedan. Una fórmula muy efectiva para lograrlo es hacer una lista de cosas que ya se han conseguido para recordar al alumno de qué es capaz. Otras opciones son darle un feedback positivo cuando se lo haya ganado, ayudarle a ponerse metas realistas o educarle en el concepto de "volverlo a intentar" para que no se venga abajo cuando haya un bache, una decepción o un fallo.

Relación estrecha entre profesores y alumnos: los docentes deberían tomarse el tiempo necesario para familiarizar a los alumnos con los formatos del examen, de forma que no se encuentren ante algo que no comprenden cuando llega el momento clave. Practicar con ellos, saber quiénes son los que más estrés sufren y motivarles con procesos positivos. Una pequeña conversación antes de la prueba puede ayudarles a ganar confianza y calmarse.

Estimularles con actividades más enriquecedoras y entretenidas que requieran su participación activa, como proyectos de grupo o exámenes conjuntos. Es otra idea con la que están experimentando algunos profesores, que podrán comprobar lo que el alumno sabe de la asignatura en un ambiente más relajado, divertido y distendido. Esto hará que el estudiante se sienta más cómodo, pudiendo demostrar sus conocimientos de una forma más efectiva y aplicada.

Planificar las horas de ocio: muchas horas de estudio no siempre equivalen a mejores notas. En esto, como en tantas otras cosas, el rendimiento del esfuerzo puede ser decreciente. De hecho, en ocasiones la ansiedad aparece precisamente porque los jóvenes no aprenden a descansar y relajarse para reactivar el cerebro. Para sentirse bien y rendir al máximo es necesario intercalar el trabajo con actividades de ocio que permitan desconectar y descargar tensiones. Lo ideal sería hacer un descanso de 30 minutos por cada hora estudiada, para que los pequeños puedan asentar lo aprendido en el cerebro, pero esta recomendación puede variar para cada niño y también cambia con el tiempo: cuando los estudiantes crecen son capaces de concentrarse durante más tiempo.

Practicar ejercicios relajantes: si los índices de tensión del estudiante son muy altos y no se pueden controlar con técnicas como las expuestas la solución puede ser acudir a un profesional que le enseñe técnicas de relajación específicas.

Si bien es importante que los jóvenes aprendan a gestionar esa ansiedad y ese estrés por sí mismos, no se debe olvidar el papel que juegan los adultos: son ellos los que deben darles las herramientas necesarias para aprender a lidiar con los nervios, hacerles ver que su vida no depende de un único examen.

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