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James Cagney, el tipo duro de Hollywood que "no se arrugaba ante nada ni ante nadie"

De la mano del madrileño Jaime Boned, llega la primera biografía en castellano sobre el genial actor neoyorquino.

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Portada del libro 'James Cagney. El gángster eterno', de Jaime Boned.

Érase un hombre a una pistola pegado. Érase un gángster eterno. Érase –y seguirá siendo– uno de los mejores actores de la historia. No en vano, estamos hablando de la octava leyenda más grande del cine –por delante de Charles Chaplin, Gary Cooper, John Wayne o Gene Kelly, entre otros–, según la lista 50 Greatest American Screen Legends que el Instituto Americano del Cine (American Film Institute) dio a conocer en junio de 1999.

James Francis Cagney Jr. (Nueva York, 17 de julio de 1899 - Nueva York, 30 de marzo de 1986) es el tipo duro de Hollywood por excelencia, uno de los más versátiles actores de los dorados años 30 y 40. Fue aquel hombre que consiguió desligarse de la poderosísima Warner Bros toda una proeza en una época en la que el gigante californiano controlaba prácticamente toda la industria para crear su propia productora, la Cagney Productions.

"Se permitía cosas que ninguna otra estrella podía", dice Clint Eastwood sobre el neoyorquino, recordando la escena del pomelo que Cagney estampó en la cara de Mae Clarke en El enemigo público. "Nunca antes un galán había hecho algo así. No tenía miedo a nada", añade el director de El francotirador. "Es el actor con más carácter que he conocido, sin duda la mayor personalidad de la historia del cine", decía, por su parte, Humphrey Bogart sobre Cagney, después de que ambos compartieran cartel en Los violentos años veinte y Ángeles con caras sucias, de Michael Curtiz.

Pero James Cagney, miembro de una humilde familia de origen irlandés que creció en Yorkville, uno de los barrios más conflictivos del Nueva York de principios del siglo XX "de donde yo vengo, si puedes ganar un dólar no haces preguntas, simplemente vas y lo haces", solía decir, era mucho más que el gángster por antonomasia de Hollywood.

Bailarín antes que gángster

Es ésta la imagen que de este incomparable, más o menos bajito (1,69 metros) y deslenguado actor tiene el gran público en general. Pero Cagney era mucho más. Era un todoterreno, un actor camaleónico que destacaba por su energía y versatilidad. Antes que gángster, había destacado como bailarín, que era como él realmente se sentía.También fue un genial cómico, como demostró en la vertiginosa Uno, dos, tres de Billy Wilder, la penúltima cinta de su dilatada carrera.

De la mano del escritor madrileño Jaime Boned llega ahora James Cagney. El gángster eterno (T&B Editores, 2015, 426 págs.), la primera biografía sobre el polifacético actor escrita en castellano. "Sólo ganó un Oscar", recuerda Boned en declaraciones a Libertad Digital, en alusión a la estatuilla que se llevó en 1942 por Yanqui Dandy también estuvo nominado en 1938 y 1954 por Ángeles con caras sucias y Ámame o déjame, respectivamente, "pero mereció más". "Si hubiera actuado en algún musical más o en alguna película de aventuras... De hecho, la Warner tenía pensado darle papel de Robin Hood que al final hizo Errol Flynn, pero entonces quería irse de la Warner y, efectivamente, se acabó yendo".

¿Por qué James Cagney? ¿Qué llevó a este joven escritor madrileño, que compagina su pasión por la literatura y el cine con su trabajo en una compañía aérea, a escribir un libro de más de 400 páginas sobre un actor no demasiado conocido para el gran público en España?

"Con apenas diez años me quedé fascinado por su interpretación en Ángeles con caras sucias y desde entonces he querido conocer el resto de su filmografía. En aquella época mediados de los 80 echaban por televisión más cine en blanco y negro, con mejores ciclos de películas, que ahora. Recuerdo que en 1986 emitieron Los violentos años veinte y Al rojo vivo. Esta fantástica trilogía de películas hizo que definitivamente me enamorara de la figura de James Cagney", explica Boned a este periódico.

Jaime Boned, firmando en Madrid un ejemplar de su libro.

Y, efectivamente, la figura de Cagney enamora a primera vista. Segundo de cinco hermanos, Jim tuvo una infancia difícil en la que tuvo que soportar el alcoholismo y la ludopatía de su padre "con nueve años, le mandó al bar a por unas botellas de whisky", relata Boned, con lo que fue su madre, Carolyn, quien encauzó la vida de los cuatro hermanos, pues años más tarde (1919) nacería Jeanne, la hija pequeña.

Un hombre hecho a sí mismo

El joven James Cagney era un defensor de las causas justas, lo que le costó numerosos problemas y más de una pelea en su juventud en una de ellas, acabaría haciéndose amigo de un chico que años más tarde acabaría en un hospital para dementes, y Cagney quiso ayudarlo mandándole ropa y trajes, aunque no le llegó nada porque la policía se quedó con todo-. En 1918, cuando estaba estudiando Arte en la Universidad de Columbia, su padre falleció. Jimmy tuvo que dejar entonces la carrera y ponerse a trabajar para ayudar económicamente a su familia, desempeñando todo tipo de oficios antes de desembarcar en el mundo del espectáculo como decorador. De ahí pasó rápidamente a la interpretación. Su primer personaje en el mundo del vodevil fue dando vida a un personaje femenino.

Meses después, Cagney conocería a Frances Vernon, la que acabaría siendo su mujer hasta la muerte del actor en marzo de 1986. Se casaron en 1922 y estuvieron 64 años juntos hasta que Cagney falleció el domingo de Pascua de 1986 víctima de un ataque al corazón. "Frances fue decisiva en la carrera de Cagney", explica el autor de su biografía en castellano. "Él empezaba a hartarse del teatro porque ganaba poco dinero. Tenían que dormir en hostales de mala muerte y fue ella quien le dijo que no se desanimara porque iba a acabar siendo una estrella. Menos mal que le hizo caso", relata Jaime Boned, que ha empleado más de dos años de trabajo en su libro.

Tras protagonizar varias comedias musicales, muchas de ellas como pareja de Frances Vernon, Cagney dio el salto a Hollywood en 1930, a la par que las películas habladas. El cine mudo había pasado a la historia. Firmó un largo contrato con la Warner al mismo tiempo que Bette Davis y Edward G. Robinson, y, tras una serie de papeles insignificantes, pronto, en 1931, le llegó la fama a James Cagney en la inolvidable El enemigo público, de William A. Wellman, encarnando al gángster Tom Powers. Una interpretación que fue sencillamente memorable.

A partir de ahí, todo fue miel sobre hojuelas en la carrera de James Cagney, que no tardó en convertirse en el tipo duro de la Warner y en protagonizar toda clase de películas, desde comedias hasta dramas, pasando por westerns e incluso adaptaciones de obras de William Shakespeare.

En 1942 se encontraba en la cúspide de su carrera tras protagonizar Yanqui Dandy –la película que le hizo ganar su único Oscar–, donde daba vida al compositor George M. Cohan y pudo desplegar sus enormes dotes como cantante y bailarín, algo que la Warner no supo explotar en su momento. Una serie de disputas con el gigante de Burbank –siempre en torno al salario– llevaron a Cagney a formar su propia productora junto a su hermano William, que también había sido actor. Pero la cosa no salió bien y, en 1949, James Cagney regresa a la Warner Bros. Lo hizo con una obra maestra de Raoul Walsh, Al rojo vivo, donde interpretó a Arthur Cody Jarrett, un gángster tremendamente violento obsesionado con su madre. En la increíble escena final, Cagney, antes de ser acribillado por la policía, grita desde lo alto de una torre en llamas: "Mira, madre, estoy en la cima del mundo".

"Hubiese estado bien verlo en un gran musical o con Audrey Hepburn", destaca Boned con cierto tono de nostalgia. "Michael Curtiz y Raoul Walsh fueron posiblemente los directores que más le marcaron. Curtiz fue un gran director, pero no sabía tratar a los actores, y Cagney tuvo alguna que otra discusión con él. Sin duda, habría estado bien que hubieran hecho algo más juntos. Tres cuartos de lo mismo puede decirse de Billy Wilder. Cagney se quejó de que no sabía tratarle. Era un director muy metódico y tuvieron algún que otro roce", relata el autor de la biografía, que no quiere pasar por alto la figura de Pat O'Brien.

No en vano, este prolífico actor de Milwaukee, nacido el mismo año que Cagney (1899) y fallecido tres años antes (1983), apareció en nueve películas junto al genio neoyorquino, desde Ángeles con caras sucias hasta Ragtime, de Milos Forman, el último film de Cagney en 1981 tras una larga pausa de veinte años –la genial Uno, dos, tres (1961), donde daba vida a un ejecutivo de Coca-Cola en la Alemania Federal, había supuesto su adiós temporal a la gran pantalla–.

"¿Actrices? Recuerdo los papeles que interpretó junto Ann Sheridan, Joan Blondell o Virginia Mayo. Eran las que más atractivo tenían junto a Cagney en el cine. Sin olvidar los vodeviles con Frances Vernon, claro está", destaca Boned al ser preguntado por algunas de las musas de Hollywood que compartieron cartel con el gángster eterno.

Pero James Cagney era mucho más. Consumado bailarín en Yanqui Dandy, Desfile de candilejas y The seven little foys, también fue un destacado imitador en biopics como Ámame o déjame –interpretando al gángster judío-americano Martin Moe Snyder y El hombre de las mil caras –en el papel de Lon Chaney– o un brillante cómico en Escala en Hawai, El Guapo, Ha entrado un fotógrafo o Uno, dos, tres.

Fue un pequeño gigante que peleó contra las injusticias, las falsas acusaciones políticas –se le tachó de comunista– e incluso tuvo que afrontar las amenazas de muerte de la mafia, contra la que luchó para evitar que pudiera dominar el Sindicato de Actores. Así era James Cagney, un hombre que, en palabras de Boned, "un grandísimo actor, una de las grandes leyendas de Hollywood que no se arrugaba ante nada ni ante nadie".

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