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Hayao Miyazaki: un clásico llegado desde Japón

En julio de 2001 se estrenaba una de las grandes películas del director japonés Hayao Miyazaki, que le dio a conocer en occidente.

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En julio de 2001 se estrenaba una de las grandes películas del director japonés Hayao Miyazaki, que le dio a conocer en occidente.
Miyazaki, en el 2008 en el festival de Venecia

El viaje de Chihiro fue mi primera película de Miyazaki, no mucho después de su estreno y de haberse convertido en un gran éxito. Pese a ello, pocas veces he vivido una sorpresa semejante y quizá aún menos me he sentido tan fascinado por unos personajes, un ambiente, un dibujo…

Chihiro es una película de animación prácticamente perfecta pero, muchísimo más importante, es una obra maestra, sin apellidos, sin clasificaciones, sin rango de edades… como casi todas las de Miyazaki, un cineasta –de nuevo sin más adjetivos- con una obra que mantiene un nivel medio de calidad que sólo los grandes de la historia pueden igualar.

Hay varios rasgos comunes que contribuyen, en cada película, a llegar a ese altísimo nivel. El primero es, por supuesto, una técnica excelente: la animación de Miyazaki y de su Estudio Ghibli es brillante, como también lo son el dibujo y, muy especialmente, la cuidadísima dirección artística que crea con un gusto exquisito personajes, monstruos, seres imaginarios… pero también las máquinas o las ciudades.

Una dirección artística que tiene además una coherencia absoluta, no sólo dentro de cada una de las películas, sino dentro de lo que podríamos denominar "universo Miyazaki", un espacio que va desde las fortalezas voladoras de El castillo en el cielo hasta la ciudad, claramente europea, en la que transcurre Nicky, la aprendiz de bruja.

Por supuesto hay diferencias, puesto que nos enfrentamos a historias ambientadas en mundos muy distintos, pero todo nos ofrece un aire familiar, un algo miyazakiano, si me permiten el palabro, perfectamente reconocible.

Esa fascinante capacidad para dibujar personas, animales, cosas o paisajes es importante porque en cada película nos permite sumergirnos por completo en mundos fascinantes, pero además coherentes y perfectamente creíbles.

En este sentido, hay otro aspecto esencial del trabajo de Miyazaki que uno puede disfrutar viendo sus películas: el amor por el detalle. Desafío –amistosamente, por supuesto- al lector a encontrar un solo fotograma de una de sus películas que no sea perfecto y en el que todos los detalles, incluso los aparentemente más nimios, no resulten impecables. Y estoy seguro de ganar esta apuesta.

Historias

Todo esto podría ofrecernos películas tan perfectas como aburridas si Miyazaki no nos contase historias absolutamente fascinantes, relatos llenos de magia y de realismo –sí, las dos cosas- que nos abren la puerta a mundos en los que lo más sorprendente ocurre con total naturalidad: un pez que se convierte en niña, una casa de baños para monstruos y fantasmas, una joven bruja que vuela con su escoba y aprovecha para montar un servicio de recados y mensajería o un cerdo que es el más hábil piloto de hidroaviones… cualquier cosa es posible.

Historias de búsqueda y superación que se sustentan habitualmente en personajes de una hondura y una complejidad muy poco habituales en el mundo de los dibujos animados: los buenos tienen problemas, los malos no siempre son tan malos, o tienen una maldad entrañable y un poco de andar por casa –hay pocos malvados puros en su cine- y suelen acabar más o menos redimidos.

La naturaleza tiene en muchas ocasiones un papel importante en las películas de Miyazaki, pero no a través del enfoque ecologista ramplón que es tan habitual en el cine actual –véase Avatar- sino de una forma algo más rica y compleja: es bella y maravillosa, pero puede ser también agresiva y enloquecida como los jabalíes de La princesa Mononoke o los insectos monstruosos de Nausicaä.

El ecologismo de Miyazaki, al cabo, está muy presente en su cine, sí, pero no pretende prescindir del ser humano sino que apuesta por una convivencia más armoniosa con el entorno.

Las aspiraciones y los deseos, algunos que se cumplen, muchos más frustrados, son otros de los grandes protagonistas del universo miyazakiano: sus personajes buscan la salvación, el amor o, simplemente, salir del mundo en el que viven. Aunque algunos, como el maravilloso Porco Rosso, saben que la salvación no es posible para ellos.

También los hay, como Nicky o Chihiro, a los que vemos durante la película vivir el tránsito hacia otra etapa: la niña pequeña que deja de serlo en los baños mágicos de Yubaba; la joven adolescente que mentalmente se convierte ya una mujer y logra superar sus miedos para ser bruja.

Una colección de clásicos

Con todos estos elementos y muchísimo talento Miyazaki ha logrado forjarse una carrera cuyo nivel medio de calidad está, como decíamos, al alcance sólo de los grandes maestros.

Algunas de sus películas son proyectos más ambiciosos y complejos cuyo resultado no puede calificarse sino de obra maestra, como El viaje de Chihiro o La princesa Mononoke; otras, pese a ser algo más pequeñas no dejan de resultar deliciosas y conmovedoras, como Mi vecino Totoro o Ponyo en el acantilado. En definitiva, algunas son excelentes y otras son obras maestras, pero ninguna recibirá una nota baja.

Por último, hay un aspecto del cine de Miyazaki que no quería dejar de mencionar: su capacidad para cautivarle a usted y, al mismo tiempo, a sus hijos o nietos. Pocos menús cinematográficos son tan aptos para todos los públicos; pocos lograrán estar entre sus favoritos a los 7 a los 35 o a los 70 años.

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