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Roger Moore fue el mejor James Bond

El verdadero aficionado a James Bond quizá tenga un 007 favorito, pero los quiere a todos por igual. Incluso a ti, Lazenby.

Roger Moore en Octopussy | United Artists

Considerado a menudo el peor Bond, con su muerte Roger Moore se coloca ya, por fin, simplemente por encima de esas consideraciones. Ya lo hizo antes, porque un tipo capaz de interpretar a dos mitos como El Santo (de 1962 a 1969) y el propio 007 (de 1973 a 1985) y luego continuar su carrera como si nada, tiene que saber sobreponerse a esos detalles.

En efecto, para muchos Roger Moore es James Bond, por mucho que sus defensores hagan menos ruido que los de boquilla, los que recurren al tópico. El verdadero aficionado a James Bond quizá tenga un 007 favorito, pero los quiere a todos por igual. Incluso a ti, Lazenby.

Roger Moore acompañó al personaje durante los jaracarandosos setenta, cuando el personaje todavía no tenía que pedir disculpas ni limitarse por su agresividad sexual. Consciente de que su atractivo no residía en la masculinidad animal de Connery, Moore se supo llevar las aventuras de Bond a otro terreno levemente distinto. Suyas son las películas más exóticas y coloristas de la saga, las que responden mejor a ese estereotipo de icono pop que todavía ostenta el personaje, por mucho que Craig haya explorado sus dobleces oscuritas y atormentadas. Las de los inventos y disfraces locos (ese Lotus que se convertía en submarino) y secuaces imposibles (el Tiburón del también fallecido Richard Kiel), la de la vis cómica y escenarios imposibles. Moore mantuvo su particular pulso con el personaje hasta que pudo, a mediados de los ochenta, y siempre con un éxito brutal de taquilla. La edad, hay que decirlo, no perdona a nadie, y los dobles de su última aportación al personaje, Panorama para matar, ya no eran dobles sino triples.

Bien es cierto que, en cierto modo, Moore domesticó al personaje, un proceso de acercamiento al público que también tuvo sus ventajas: según se iba aproximando el final de su etapa, a Moore solo le faltaba guiñar el ojo al personal; la cuarta pared era un camino de ida y vuelta para él. En realidad, y dando la razón a sus detractores, lo cierto es que Sir Roger Moore no estaba tanto interpretando a un agente secreto como a sí mismo: solo hay que ver su abundante actividad en Twitter para constatar que hasta el último momento, Moore era un tipo de lo más divertido, un truhán sensible consagrado a las causas solidarias y sociales. Y tampoco nos pongamos serios: si la aportación de Sean Connery brilló por algo fue, precisamente, por su gravedad.

En efecto, el suyo era otro carisma distinto, pero carisma al fin y al cabo. El actor ya era una estrella cuando se le ofreció el personaje, con Connery solo dispuesto a interpretarlo con un buen cheque (se lo ofrecerían en uno de los filmes no oficiales de la serie, Nunca digas nunca jamás, y lo hizo). Una pena que el impotente maniquí George Lazenby (que protagonizó una excelente película solo lastrada por su inanidad) se le adelantara por una razón u otra. Por suerte, en 1973, Broccoli y Wilson tuvieron la inteligencia de volver a llamar a la puerta de Moore, ya consagrado por su papel de Simon Templar. Casi desde el principio, Moore supo convertir cualquier frase de 007 una puya sexual, en una visión alegre del personaje tampoco desprovista de aristas.

Moore se llevó al agente 007 al espacio en Moonraker, uno de los filmes más exitosos y caros de la serie (tampoco el mejor, precisamente). Pero a lo largo de sus siete películas como el agente secreto tuvo tiempo de recorrer territorios más serios con el personaje, y lo hizo muy bien: Solo para sus ojos es, a juicio de este comentarista, uno de los mejores filmes de la serie. Y qué podemos decir de La espía que me amó, todavía hoy el paradigma de película de 007 junto a la no menos celebrada Goldfinger, ésta de Sean Connery. Y qué me dicen de Panorama para matar, donde Moore no tenía inconveniente en encamarse con la mismísima Grace Jones. Me dejo El hombre de la pistola de oro, el mejor escenario y uno de los mejores malos (y esa secuencia de los espejos, y Hervé Villechaize). Perdón, pero Vive y deja morir, la primera que hizo, no me gusta demasiado, como tampoco Octopussy, en la que asaltaba el palacio de Maud Adams dentro de un cocodrilo.

Adalid de la flema inglesa, él y solo él fue la encarnación de Bond como perfecto caballero inglés, elegante y cínico, cruel pero, también, cachondo. Moore supo dar calidez al personaje: suyas son las aportaciones más humorísticas y paródicas de la saga, las más verdaderamente pop. Cualquier aficionado a James Bond debe admirar la marca Moore, no es cuestión de nostalgia sino de sentido común. Y cada vez que alguien se lleve al personaje (eterno) al terreno del humor, se le comparará con la pícara subida de ceja del actor.

La suya es una de las aportaciones fundamentales en la construcción del personaje, quien supo hacer de puente entre el primero y los siguientes. Sin Roger Moore no hubiera habido Timothy Dalton, ni Pierce Brosnan, y ni mucho menos Daniel Craig, ahora inmerso en una revisión del icono bastante exitosa. Bond quizá sería un recuerdo del pasado, un vetusto y salido dinosaurio de otra época, como le decía Judi Dench a Brosnan en Goldeneye. Descanse en Paz Roger Moore, el responsable de perpetuar el mito sobre el que se cimenta la afición al cine de tantos aficionados, y por eso considerado en nuestro inconsciente como un amigo.

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