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El eficaz y desconocido ejército secreto de espías del imperio español

Martínez Laínez pone en valor la "intensa y eficaz tarea de España en operaciones de inteligencia" durante los s. XVI y XVII en Espías del imperio.

El imperio español de los siglos XVI y XVII gobernaba un territorio tan espléndido como codiciado. Los enemigos se agazapaban en cualquier esquina, por lo que los Austrias tenían a sueldo ojos y oídos en los más diversos rincones de Europa. Personajes con habilidades peculiares para recabar información y que pasaban desapercibidos tras su faceta pública de escritores, pintores, toreros, ingenieros o diplomáticos. Londres, París, Nápoles o Bruselas se convirtieron en centros de espionaje con intereses nacionales en conflicto, pero, como otros muchos hechos, la Leyenda Negra ha ensombrecido "la intensa y eficaz tarea de España en operaciones de inteligencia" a pesar de su "trascendencia en las guerras y en las estructuras políticas de la época". España contó con los servicios secretos más eficaces de la época, aunque "también hubo fallos y fracasos importantes". En este enigmático mundo nos sumerge el escritor y periodista Fernando Martínez Laínez en Espías del imperio (Espasa).

Martínez Laínez defiende la existencia de un "ejército secreto de informadores" al servicio de la casa de los Austrias que fue decisivo para las distintas operaciones que había en juego. Desgrana los inicios, la consolidación, los sistemas de cifrado y los costes de esta gestión secreta. Por ejemplo, el duque de Lerma, valido de Felipe III, gastó medio millón de ducados en espías, un dato meramente anecdótico que, sin embargo, da cuenta del peso otorgado a estas discretas funciones.

Felipe II fue uno de los monarcas que más energía y medios destinó a estas misiones y revisaba centenares de documentos al día en su despacho de El Escorial. Esta era una característica de la inteligencia española, los "papeles" eran eje de todo el mecanismo del espionaje dirigido por el rey.

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Aparecen nombres reconocidos internacionalmente, como Francisco de Quevedo, espía en Italia al servicio del duque de Osuna; o Miguel de Cervantes, agente de Felipe II, fichado un año después de su reclusión en Argel como informante para una misión en África: "Podemos afirmar que el autor de El Quijote siempre se consideró, sobre todo, un soldado y que se centró en su carrera literaria cuando se le cerraron las puertas de la milicia y del servicio secreto. Aun así, Cervantes nunca dejó de insistir y el 21 de mayo de 1590 solicitó al Consejo de Indias la merced de un oficio en América que estuviera vacante. La respuesta fue negativa y Cervantes tuvo que seguir escribiendo" (Pág.213)

Espías del imperio recoge información de cómo llegaron a ser confidentes del Estado agentes como el pintor Rubens, que estuvo "en nómina del ejército español, con diez escudos al mes, y oficialmente se convirtió así en espía a cargo del presupuesto militar hispano". El artista flamenco viajó a España con documentos confidenciales sobre los asuntos de Flandes y fue recibido por el conde-duque de Olivares y el rey. Aprovechó su estancia en España para trabar una solidad amistad con Velázquez y, de vuelta a sus quehaceres secretos, se le encomendó viajar a Londres para acordar las condiciones de paz con Inglaterra y alcanzar una tregua con los rebeldes holandeses. "Los informes secretos que Rubens envió al conde-duque resultaron muy valiosos, aunque las negociaciones hispano-inglesas no avanzaron mucho por las maquinaciones francesas y de Saboya", escribe Martínez Laínez.

Espías y espías mayores

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El autor se remonta a los comienzos del espionaje y pone en valor nombres desconocidos como el de Juan de Idiáquez, al servicio de Felipe II, considerado el gran maestro de espías de la época. Fue criado en la corte como paje del príncipe Carlos y llegó a ser un gran diplomático y "hombre del Renacimiento", escritor, mecenas de artistas y políglota. "El monarca, que lo consideraba imprescindible por su lealtad y su discreción, lo colmó de honores y mercedes, y, avisado de las necesidades económicas de Idiáquez, le otorgó el título de comendador mayor de León, cargo de gran importancia en la Orden de Santiago, que le aseguraría importantes rentas de por vida". (pág. 79)

En España no solo había espías, sino que había una organización profesional desde 1599 —antes que en cualquier otro país—, gracias a la creación de una figura que hacía de receptor y distribuidor de los secretos del Estado. Era el "espía mayor". El primero fue Juan Velázquez, al servicio de Felipe III, que tejió una red de colaboradores en Inglaterra, Holanda y Francia en la que figuraban marineros, militares o religiosos.

Los servicios de inteligencia también tenían la misión, recuerda Martínez Laínez, de neutralizar a sus homólogos enemigos. Este libro recoge algunas operaciones de contraespionaje y los intentos de desarticular las redes de espías enemigas, como la irlandesa asentada en Galicia al servicio de la reina Isabel I.

Fernando Martínez Laínez. Espías del imperio. Historia de los servicios secretos españoles en la época de los Austrias. Espasa, 2021. 480 páginas. 22 euros.

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