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Andrés Segovia, el más grande concertista de guitarra española

Se cumplen 28 años de la muerte del más importante concertista del siglo XX.

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Se cumplen 28 años de la muerte del más importante concertista del siglo XX.
Andrés Segovia en el Festival Internacional de Edimburgo | Cordon Press

Fue el más importante concertista de guitarra española del siglo XX, en una lista en la que desde luego se encuentran asimismo, por su excelencia, Regino Sáinz de la Maza y un aplicado discípulo de aquel maestro, el murciano Narciso Yepes. Ahora se cumplen veintiocho años de la desaparición de Andrés Segovia, fallecido a los noventa y cuatro años en Madrid a consecuencia de insuficiencia respiratoria. Nacido en Linares el 21 de febrero de 1893 es considerado padre del movimiento moderno de la guitarra clásica. En los años 20 del pasado siglo la guitarra no estaba considerada el instrumento adecuado para interpretar a los clásicos. Y el virtuoso jiennense lo consiguió, sirviéndose inicialmente de un instrumento adquirido en el taller de Manuel Ramírez, el acreditado artesano cuya sabiduría supo inculcar a sus descendientes. Buscaba Andrés Segovia que el sonido de la guitarra llegara al público, desde la primera hasta la última fila, incluyendo claro está las localidades altas, sin necesidad de amplificadores de ningún tipo. Así es que no cejó hasta que le fabricaron un tipo de guitarra especial, por entonces inexistente, con una determinada madera complementada con cuerdas de nylon.

Andrés Segovia, que había dado su primer concierto siendo un imberbe adolescente, recorrería el mundo entero interpretando las composiciones de Francisco Tárrega, Castelnuovo-Tedesco, Villa-Lobos, Federico Moreno Torroba… La mayoría de ellas auténticos estrenos.

El estallido de la Guerra Civil le sorprendió fuera de España, adonde no volvería hasta mucho tiempo después, estableciéndose primero en Montevideo y posteriormente en Nueva York, desde donde se desplazaba de gira por múltiples países donde era recibido como un excepcional artista. En España, sólo en círculos musicales cultos se tenían noticias de su actividad.

Se casó en tres ocasiones: con Adelaida Portillo (que le dio dos hijos, Andrés y Leonardo), de quien enviudó para contraer segundas nupcias con una discípula del eximio compositor Enrique Granados, Paquita Madriguera (con quien tuvo una hija, Beatriz) y ya en edad madura, volvió a pasar por la vicaría con su alumna Emilia Corral Sancho, a la que llevaba cuarenta y cinco años de diferencia, sin que ello, como él mismo me comentó, les supusiera obstáculo alguno para sus felices relaciones. Es más: contando el maestro setenta y seis años fue padre nuevamente, de un cuarto hijo al que impondrían los nombres de Carlos Andrés. "A esta edad mía –me comentó- observa uno más el crecimiento corporal y se comprende mejor que antes el interés y la inteligencia que va despertando el niño, quien constituye toda mi alegría".

Pasaba Andrés Segovia gran parte del año fuera de España, dando conciertos ininterrumpidamente, por lo que no era fácil entrevistarlo aquí; incluso, estando entre nosotros, sus constantes compromisos artísticos y sociales hacían casi inviable cualquier encuentro periodístico. No hay nada más que repasar las hemerotecas para comprobarlo. Por eso consideré un honor que una mañana me recibiera en su piso madrileño de la avenida de Concha Espina, franqueándome él mismo la entrada, con absoluta sencillez, invitándome a dialogar por espacio de una hora. Afable siempre, dentro de la seriedad que imperaba en su carácter. Su rostro, de aire bonachón. Usaba lentes de gruesos cristales. Solía usar diariamente corbata de lazo. Me refirió una deliciosa anécdota: "Mi mujer, en cierta ocasión, no había podido reunirse conmigo en América del Norte, así es que se quedó en esta casa, en Madrid, con nuestro hijo, al que le ponía a menudo un disco grabado por mí. Cada vez que lo escuchaba, decía: "¡Papá, sal de ahí…!".

Andrés Segovia en Cambridge

Le pregunté, acaso ingenuamente, si ensayaba a menudo, en la creencia de que con su veteranía no lo consideraba necesario. Nada más lejos de ello: "Yo, en mi vida he sido bohemio. Sin orden y sin amor para dar cumplimiento a la vocación no se consigue nada en esta vida. No dejo ni un solo día de tocar la guitarra". Una lección de perseverancia. Me explicó que, de no hacer eso, los dedos pierden agilidad, así como la mente. Continuó: "Yo digo que en la vida de un artista hay un diez por ciento de inspiración y un noventa por ciento de transpiración".

Acerca de los entonces jóvenes y populares guitarristas flamencos, como Paco de Lucía, que sin estudios de Conservatorio habían grabado discos de algunos compositores clásicos, el maestro se mostró absolutamente implacable en su dictamen: no le gustaban, no apreciaba esos trabajos, al margen desde luego de otros puramente de guitarra flamenca, pero no clásica. Me interesé por su agenda artística y, aparte de que ya octogenario tenía cubiertas sus próximas temporadas llenas de conciertos, supe que ultimaba sus memorias que, me dijo, se titularían "El mundo, la guitarra y yo", en cuatro tomos. Lamento no tener noticia de su publicación, si es que vieron la luz.

Se fue de este mundo el 3 de junio de 1987, en Madrid. Seis años atrás, el Rey lo había distinguido con el Marquesado de Salobreña, localidad costera granadina, donde solía veranear.

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