Sin duda, Hung nunca estuvo entre las producciones punteras de HBO (vuelvan a cantar con nosotros: no es televisión, es HBO…), y aquí es obligado referirse a las ínclitas Juego de Tronos o Boardwalk Empire como buques insignias de la cadena. Pero tampoco lo pretendía. Es cierto que su tono entre ácido y leve, explícito en el sexo y sentimental en el fondo, acababa resultando un tanto indefinido y demasiado discreto, voluntariamente menor. Al final todo redundaba en un dramedy realista pero amable, muy en la línea de esa productiva veta del cine independiente americano que ahora encabeza el estupendo Alexander Payne, firmante de A propósito de Schmidt o Los descendientes, y que de manera nada casual, ejerce de productor ejecutivo de Hung.
Pero la serie te acaba ganando por sus excelentes interpretaciones (Thomas Jane podría ser la versión trabajadora del Don Draper de Jon Hamm) y lo compacto de su trama, ajena a violentos puntos de giro o sorpresas innecesarias, que convierten la pieza en un ejemplo más de excelente narrativa por parte de HBO. Y lo más importante de todo: sus tres temporadas, de diez capítulos cada una, pasan en un suspiro y se alzan como uno de los mejores reflejos de la recesión económica en EEUU jamás presentados en una pantalla.
Porque al margen de la picardía de su punto de partida –y las numerosas y a menudo divertidas escenas de sexo que adornan la serie- Hung se erige como un inesperado retrato de la desesperación del ciudadano medio ahogado por las deudas, plasmada con sentido del humor y del drama, pero sin afectaciones innecesarias. Dicho de otro modo, que esto no es Fernando León de Aranoa ni tampoco la sobrevalorada y para siempre olvidada Precious. La serie creada por Dmitry Lipkin y Colette Burson, y avalada por el realizador de Los descendientes y Entre copas, Alexander Payne, (que también dirigió el capítulo piloto), es un ejemplo más del gusto de este realizador por los personajes en plena crisis de la mediana edad, un tanto patéticos y tristes, por mucho que el Ray Drecker que interpreta el atractivo Thomas Jane siempre acabe encontrando la solución a sus problemas… casi siempre escondida entre sus piernas.
En este sentido, ya desde su introducción, al ritmo del pegadizo tema I’ll be your man
La progresiva degradación de ese entorno urbano refleja la decadencia de la antaño vigorosa y emblemática ciudad del automóvil, ahora convertida en un patético reflejo de lo que es la industria del país. Hung apunta desde el principio las intenciones de sus responsables: trazar un doble juego entre los enredos sexuales y sentimentales de Ray, al fin y al cabo un obrero de la clase media-baja que se desnuda física y emocionalmente ante nosotros , mientras en el fondo se va conformando poco a poco el retrato de unos Estados Unidos en recesión económica.
En este sentido, la serie representa las frustraciones del momento actual sin necesidad de que ninguno de sus personajes verbalice en exceso su desgracia, para aburrimiento del espectador. La reconstrucción de la casa del protagonista, un tesoro familiar ahora arrasado por el fuego, y que culmina en la tercera temporada de la serie, no deja de ser otro símbolo más de la situación del país (y un ejemplo más de que la alegoría utilizada por Clint Eastwood en Sin Perdón ha dado para mucho). Y qué decir del propio Ray, antes un apuesto atleta con un trabajo estable como entrenador de instituto (y que por tanto podría ser considerado un modelo de moral y de conducta para el estadounidense medio, se ve obligado a recurrir a la picaresca y a sus recursos más íntimos y dudosos para prosperar, tras haber fracasado en todos los aspectos de su vida, incluyendo su matrimonio.
Tan interesante como esto, y la transformación, que no destrucción, del icono del triunfador americano que representa Ray (antaño un atleta de prometedor futuro), es el negocio de consuelo sexual que montan éste y la eternamente angustiada Tanya, y que no deja de ser una alegoría de los postulados del libre mercado y una alabanza al emprendedor empresarial y sexual en tiempos de crisis. Dejando de lado la dudosa moral y legalidad de la actividad de prostituto de Ray, que sirve a la serie para ironizar sobre los modelos de
Hung, como decíamos al principio, nunca llega a cuajar, a dejarnos boquiabiertos. Existen excelentes secundarios, como es el caso de Gregg Henry, que hace tiempo fue uno de los actores recurrentes de Brian De Palma, o la olvidada Anne Heche, capaz de humanizar un personaje que al principio es demasiado caricaturesco. Burson y Lipkin profundizan en las relaciones de Ray con sus hijos, su exesposa y Tanya (me resulta especialmente emotiva la relación de amistad que acaba uniéndoles) en los márgenes del melodrama edulcorado, el drama social y la comedia salvaje, extrayendo oro de muchas situaciones íntimas y familiares con notable sutileza. Pero falta ese toque final de genio, irreverencia y sentido del humor que eleve la propuesta al Olimpo. No obstante, que Hung no sea un buque insignia no la hace merecedora del menosprecio de nadie, y más teniendo en cuenta que incluso Boardwalk Empire puede flojear en su segunda temporada. Su reflexión sobre las rarezas y desgracias del individuo común, el carisma de Thomas Jane y la creciente apuesta por la comedia que se realizó en su tercera y última temporada la hacen cada vez más disfrutable según avanza, y bien valen un paseo por los aledaños de Detroit. Una serie con encanto.