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Ángel Arroyo: "Con el caso de Heras no me vienen recuerdos especiales, más bien me parece un cachondeo bárbaro"

Ángel Arroyo, segundo clasificado en el Tour de Francia de 1983 y desposeído por dopaje del triunfo en la Vuelta un año antes, ha recordado las "maniobras y el tinte político" que le privaron del triunfo en aquella edición, "la más limpia de la historia", y ha dicho que el reciente caso de Roberto Heras no le trae "recuerdos especiales", sino que es "algo que suena a cachondeo".

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L D (EFE) "Si hablo claro a alguno le va a sentar mal, porque esto es un cachondeo. Con el caso Heras no me han venido recuerdos. Lo mío se hizo muy mal y todo fue muy raro. Di positivo un viernes en la etapa de Navacerrada y lo normal es que el sábado y el domingo volviera a dar, y no se repitió el resultado. Fue un caso anormal", manifestaba.

"¿Por qué le dieron el triunfo a Marino Lejarreta si no había pasado un solo control?", se pregunta el ex ciclista abulense. "Una persona, Carlos Horte, directivo del Reynolds, me dijo que había ganado la Vuelta en la carretera y me la habían quitado en los despachos y que por eso lucharía hasta el final", declara. "Horte, ya fallecido, no me pudo defender y me quedé solo ante el peligro. Nunca me llamaron a declarar. Un señor procurador, llamado Ortiz Cañabate, me pidió dinero para representarme y después de fallar el Supremo no me dieron la resolución. Un día, diez años después de aquello, estando con Echávarri viendo la Vuelta a los Puertos se me acercó un señor y me dijo que tenía la sentencia del caso de aquella Vuelta, y se comprometió a enviármela, luego me la mandó y actualmente sigo sin entenderla", explica.

En la etapa clave de Navacerrada, Marino Lejarreta, tercero en la general, "se vino conmigo a rueda cuando demarré y dejó detrás a su compañero de equipo Alberto Fernández, que iba segundo en la general detrás de mí. Eso en las normas del ciclismo es inconcebible, tratar de desbancar a tu propio compañero. Por algo sería", recuerda. "Hubo otro detalle revelador en aquella ronda de 1982. "Un compañero del pelotón, Francisco Javier Cedena, me contó que Lejarreta tenía el hotel al final de la etapa en Madrid, pero se marchó a otro de Segovia, donde estaba el señor Garayalde, jefe del control médico. ¿Para qué fue a su encuentro si Marino veía al doctor todos los días durante la etapa?", dice.

Sobre las causas de ser el primer y único precedente de un corredor desposeído de un título en la Vuelta por dopaje dice: "Creo que en mi caso hubo un tema político que no entendió nadie, algo relacionado con el País Vasco. Marino y el jefe del control médico eran vascos, que cada uno saque sus conclusiones", señaló. Durante aquella Vuelta "el control lo tenía que hacer un profesional, no cuatro jueces árbitros vividores a los que pagaban por ir unos días de fiesta. Teníamos que depender de su fiabilidad y no ellos de la nuestra. Aquello se hizo de forma muy chapucera", abunda.

Arroyo comenta que la noticia del positivo le sonó a una broma pesada. "Cuando un periodista me llamó para decirme que había dado positivo me partía de la risa y luego me lo creí cuando me lo comunicó José Miguel Echávarri", indica. "Entonces tenía 26 años y la mentalidad de un chaval de 17. Creo que hubo una verdadera trama contra mí. Lo mío era defendible por los cuatro costados pero quizá no encontramos la manera adecuada de defenderlo y todo quedó en manos de un juez que lo tenía muy claro y que luego fue cambiado de destino profesional y fue a parar a manos de otro, que se preocupó por lo que fuese a pensar Luis Puig, presidente de la Federación y de la UCI si me daban la Vuelta", explica.

En cuanto al problema del dopaje en el deporte actual y en concreto en el ciclismo, Arroyo señala que "cuando estás dentro de este deporte tienes claro que a pan y agua no vas. En nuestra época dábamos positivo sin tomar nada o con cualquier cosa intrascendente y ahora tomas cosas y no das positivo". Respecto al caso Heras, pendiente del resultado del segundo contraanálisis tras dar positivo por EPO en la primera prueba y que le podría costar el triunfo en la Vuelta, si se confirma el resultado inicial, Arroyo fue contundente.

"Lo de Heras me parece un cachondeo bárbaro. No entiendo cómo pueden tardar un mes en comunicárselo al corredor. Resulta que el Liberty va al Tour y no puede ni con el culotte y luego en la Vuelta me quedo asustado de cómo andan. ¿Qué pasa?, ¿que los puertos franceses les da alergia y aquí son los mejores?. Uno puede estar bajo de forma, pero no hasta el límite de ir junto al coche escoba", como en Francia", dice. Arroyo, vencedor en 1983 de la contrarreloj del Tour Clermont Ferrand-Puy de Dome y de la etapa con final en Morzine Avoriaz un año más tarde, fue junto a Pedro Delgado el auténtico impulsor del ciclismo español en la década de los 80.

Actualmente tiene claro quiénes son los culpables del fenómeno del dopaje. "La culpa de todo la tiene la Unión Ciclista Internacional (UCI), cuyos funcionarios se dedican a ir a comilonas y luego no se preocupan de nada porque los que se envenenan son los ciclistas. No hay profesionales que se dediquen a ello, van con el circo y los payasos son los ciclistas", señaló. Entre las soluciones, Arroyo afirma que "si la gente va como es debido y en vez de rodar a 50 por hora fuese a 45, otro gallo les cantaría, y eso solo supondría que les dolerían las piernas, pero ahora parece que no quieren que les duela las piernas", comenta.

Las diferencias de atenciones médicas entre la época de Arroyo y la actual son muy marcadas, según Arroyo. "En nuestra época no había médicos: como mucho un veterinario. Cuando yo empecé no sabía qué era el hematocrito, ni el hierro, ni nada de nada", puntualiza. Entre sus múltiples recuerdos señala que "en una Vuelta a Cataluña un número de ciclistas no quería salir porque había controles antidopaje, y yo dije que saldría yo solo si era necesario. También recuerdo que cuando se creó la Asociación de Ciclistas profesionales querían que quitaran los controles, y por eso nos reunimos para votar qué hacíamos. Decidimos que se hiciesen, pero por muy pocos votos", señala.

En 1982, Angel Arroyo fue aclamado en el Paseo de la Castellana de Madrid como brillante vencedor de esa edición, pero días después tenía que devolver los premios al demostrarse que se había dopado. Los galardones de ganador fueron para el español Marino Lejarreta, mientras que Ángel Arroyo pasaba a la décima posición, pues además de las correspondientes sanciones en aquella época los corredores que daban positivo eran penalizados con diez minutos.

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