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Los Ángeles 1984: el Hijo del Viento se impone en los 'nuevos' Juegos

Carl Lewis asombró a todos en unos Juegos marcados por su nuevo orden económico: financiación privada, generalmente de marcas y patrocinadores.

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Los Ángeles 1984: el Hijo del Viento se impone en los 'nuevos' Juegos
Carl Lewis, durante el 200m en Los Angeles. | EFE

Como ya sucediera en las dos ediciones anteriores, los boicots marcaron una vez más los Juegos Olímpicos. En esta ocasión, fue la Unión Soviética quien le devolvió la jugada a los Estados Unidos, y junto a ella casi todos los países del Este. Porque en el 84 era Los Ángeles la sede, y los yanquis fueron quienes habían liderado el boicot de Moscú 80.

Durante los meses previos a la cita, los soviéticos afirmaron que ellos no actuarían igual, puesto que los Juegos "unen a los pueblos, no los separan, y con esa idea iremos a competir". Pero justo el día en que el fuego olímpico llegaba a Nueva York, el 8 de mayo de 1984, a poco más de dos meses para arrancar, la Unión Soviética y sus satélites -14 en total, a excepción de Rumanía- anunciaban su boicot a los Juegos.

Por tanto, en esta ocasión los países que no participaron fueron: Afganistán, Alemania Oriental, Angola, Bulgaria, Checoslovaquia, Corea del Norte, Cuba, Etiopía, Hungría, Irán, Laos, Libia, Mongolia, Polonia, Unión Soviética y Vietnam, además de Irán y Libia, que también rechazaron acudir a los Juegos por razones políticas, aunque sin formar parte del boicot soviético.

Aun así, hubo récord de participación con 141 naciones, representadas por 5458 hombres y 1622 mujeres. El golpe no fue tan doloroso como cuatro años antes, aunque no es menos cierto que el atletismo y la natación femeninos –especialmente por la ausencia de la Alemania del Este- se resentirían notablemente.

El nuevo orden económico de los Juegos

Los de Los Ángeles fueron además un ejemplo de lo que serían los Juegos del futuro: unos Juegos sin apenas intervención del Ayuntamiento, con la mayor parte de las inversiones financiadas por marcas y patrocinadores.

Además, se aprovecharon buena parte de las instalaciones que ya existían, dando lugar a un gran espectáculo a un precio no tan elevado como en ediciones anteriores, reportando además un importante beneficio económico. Todo lo contrario de lo que había sucedido en Montreal ocho años antes, y que había hecho peligrar el futuro de los Juegos Olímpicos.

El hijo del viento

La gran estrella de los Juegos de Los Ángeles fue Frederick Carlton Lewis, un joven espigado de 23 años que llegaba a la cita con la cuarta mejor marca en 100, y la segunda en 200.

Pero en los Juegos se superó a sí mismo, logrando una marca de 9’99 en el hectómetro, y de 19’8 en el 200. Dos oros que se incrementarían en el 4x100, donde Carl Lewis recibió la posta algo retrasado para llevar a cabo una espectacular remontada y cerrar la victoria estadounidense con un tiempo de 37’83.

La cuarta medalla la consiguió en el salto de longitud, con una marca de 8’30, logrando así una gesta sólo conseguida anteriormente por el mítico Jesse Owens de conquistar el oro en 100, 200, salto de longitud y 4x100. Normal que en aquellos Juegos se le terminara conociendo como El hijo del viento.

Además de Carl Lewis, otros dos nombres brillaron con luz propia en Los Ángeles. Por un lado, el nadador alemán Michael Gross, quien terminó con la rotunda superioridad norteamericana en la piscina consiguiendo dos oros con récord del mundo en los 200 metros libres y en los 100 metros mariposa.

Por el otro, el del atleta marroquí Said Aouita, dominador del medio fondo en la década de los 80, y que se llevaría el oro en la prueba de 5.000 metros masculinos, estableciendo un nuevo récord del mundo en 13’05’’59.

Pero, sobre todo, la imagen más sobrecogedora y significativa, elevada ya a mito, fue la de la maratoniana suiza Gabriele Andersen-Scheiss, entrando en el estadio con medio cuerpo paralizado por los calambres, y cayendo desmayada al pisar la línea de meta. Era la primera vez que se corría la maratón femenina en los Juegos, y la victoria fue para la estadounidense Joan Benoit. Aunque la mayor ovación y el mayor recuerdo se lo llevó la atleta suiza.

Y Nawal El Moutawakel consiguió la primera medalla de oro para el deporte femenino árabe, después de todas las penurias que habían pasado –y que aún tendrían que pasar- para que las mujeres islámicas pudieran participar en unos Juegos. Nawal se hizo con la victoria en la prueba de 400 metros vallas.

El fútbol da el paso definitivo

Desde la irrupción de los Mundiales de fútbol, el deporte rey de todo el planeta fue perdiendo paulatinamente relevancia en los Juegos Olímpicos. Además, el hecho de no poder inscribir deportistas profesionales provocaba que la mayoría de futbolistas no pudieran competir, a excepción de los países del Este, que competían ‘por el Estado’.

Esta norma se cambió para Los Ángeles 1984. La inversión privada consideró que el fútbol debía recuperar su prestigio en los Juegos, y para ello había que aceptar el ingreso de jugadores profesionales.

Como quiera que la FIFA no veía de buen grado esa idea, pues no podía aceptar una competición que rivalizara con su Copa Mundial, se llegó a un acuerdo, tras varias reuniones, de que los equipos de continentes menos desarrollados futbolísticamente (África, Asia, Oceanía, América del Norte y América Central) pudieran tener equipos profesionales, mientras que los miembros de la UEFA y Conmebol se presentarían con escuadras juveniles, cuyos jugadores no hubieran disputado la Copa Mundial.

Aun así, fue Francia, con un equipo realmente joven, quien se llevó la victoria, en un torneo que sin duda había visto incrementado severamente su nivel. No sería hasta Barcelona 1992 cuando se determinó que los jugadores de todas las selecciones debían tener menos de 23 años de edad, a excepción de tres jugadores por escuadra que podían ser de mayor edad.

Los Juegos de la amistad

Como hicieran los americanos cuatro años antes, también el bloque socialista que había boicoteado los Juegos montó una competición paralela, denominada "Juegos de la Amistad". Los 14 países ausentes se dieron cita en el estadio de Praga y posteriormente en la piscina de Moscú.

Pero en esta ocasión, las comparaciones a distancia no serían beneficiosas. Los boicoteadores, según las marcas, no hubieran ganado ninguna carrera, tan solo las dos de marcha. Al menos en el lado masculino, porque en el femenino, gracias sobre todo a Alemania Oriental, se hubieran hecho con el oro en 12 de las 17 pruebas.

En la piscina, más de lo mismo: ellos hubieran ganado cuatro pruebas de las 15 disputadas, mientras que las chicas –de nuevo con las alemanas al frente- hubieran conseguido el oro en 7 de las 14 pruebas.

Por fortuna, cuatro años después, en Seúl 88, ya no sería necesario tratar de establecer estas comparaciones odiosas…

La plata de Los Ángeles

En Los Ángeles 84 España vivió su mejor actuación olímpica hasta los Juegos de Barcelona. Una expedición que contaba con 180 atletas que competirían en 21 de los 23 deportes, y que conseguiría cinco medallas, una menos que en Moscú, pero sin duda de mayor valor.

La más brillante, por la complejidad y la sorpresa, fue la plata en baloncesto. Y es que el equipo español –en aquel mismo 1984 se había completado la primera Liga ACB- llegó a Los Ángeles sin aspiraciones a priori, y se llevó una medalla de plata, gesta para el recuerdo y que no se pudo conseguir, ni de cerca, hasta la llegada de los Chicos de Oro muchos años más tarde. Claro que con jugadores de la talla de la talla de Fernando Martín, Epi, Jiménez, Margall o Corbalán, todo es más comprensible.

Quizá la presencia de la URSS nos hubiera relegado a la tercera plaza, pero no es menos cierto que se ganó a selecciones como Canadá o Francia en la primera fase, a Australia (101 a 93) en cuartos de semifinal, y a Yugoslavia (74 a 61) en semifinales. Una Yugoslavia donde estaban jugadores como Drazen Petrovic, Aza Petrovic o Delipagic, entre otros.

En la final, los de Antonio Díaz-Miguel poco o nada pudieron hacer (96 a 65) ante unos Estados Unidos que ya eran el germen del Dream Team, con Jordan o Pat Ewing en sus filas.

El único oro lo consiguió, cómo no, la vela, con la pareja formada por Roberto Molina y Luis Doreste imponiéndose en la competición 470; y otra pareja, la formada por Fernando Climent y Luís María Lasúrtegui, conseguía la plata en el doble scull ligero de remo.

Un bronce que supo a mucho fue el conseguido por el atleta cántabro José Manuel Abascal en la carrera reina, el 1500. Consciente de que, falto de esprint, debía atacar de lejos, lo probó a falta de 600 metros con gran éxito. Sólo pudieron seguirle los británicos Sebastian Coe y Cram, quienes finalmente le adelantaron en la recta final.

También el bronce consiguió la pareja Narciso Suárez – Enrique Mínguez en el C-2 500, que realmente supo a poco pues los españoles se habían metido en ocho de las nueve finales de piragüismo.

Y fuera de las medallas, pero igualmente importantes, fueron el cuarto puesto conseguido por el equipo masculino de waterpolo, con Manuel Estiarte como máximo goleador del torneo; así como la sexta plaza conseguida por Domingo Ramón en el 3.000 obstáculos y por José Marín en 20 kilómetros marcha. Para terminar sólo cabe añadir que un tal Miguel Indurain fue incapaz de acabar la prueba de ciclismo de carretera, claro que por aquel entonces tenía apenas 20 años…

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