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Moscú 1980: la Guerra Fría profana los Juegos Olímpicos

58 países, entre ellos Estados Unidos, Alemania, Japón y Canadá, no acudieron a los Juegos, mermando enormemente su potencial.

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Imagen de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Moscú 1980 | Archivo

El boicot al que nos referíamos hace una semana en Montreal 76, siendo importante, quedó en nada con el que viviría Moscú en 1980. A siete meses de la cita, el día de Navidad de 1979, los tanques soviéticos invadieron Afganistán, y los aviones bombardearon Kabul. Es decir, no sólo había un conflicto en una zona del mundo; aquel conflicto lo protagonizaban los organizadores de los Juegos Olímpicos.

Aquello provocó que la polémica se propagara en todo el planeta. Más cuando Jimmy Carter, presidente de Estados Unidos, afirmaba "ir a Moscú sería como un sello de aprobación a la política exterior de la Unión Soviética". Palabras que vendrían acompañadas, unas semanas más tarde, por la frase "o retiran los tanques, o retiro los atletas", a lo que Brezhnev, presidente soviético, respondió "este boicot es una clara violación de los derechos humanos", mientras seguían atacando Afganistán.

A la postura estadounidense pronto se unió Alemania, después de que el canciller Schmidt pronunciara la frase célebre "señores, debo recordarles que a Berlín lo defienden los soldados norteamericanos, y no el presidente de la Federación de Balonmano". En total, 58 países –entre los que destacaban, además de Estados Unidos y Alemania, Japón y Canadá- decidieron no acudir a Moscú.

Otros lo hicieron con reticencias. Como España, que al igual que hicieran otros países, desfiló en el Estadio Lenin el día de la inauguración con la bandera olímpica, en señal de protesta; mientras que otros países como Italia, Francia o Gran Bretaña directamente se quedaron en la villa olímpica.

Héroes pese a las ausencias

Pero todos los conflictos se disiparon en cuanto comenzó la competición. Ayudó a ello una ceremonia de inauguración colosal, que duró cuatro horas, la más larga de la historia olímpica. Eso sí, rodeada de unas medidas de seguridad excepcionales. Lo de Munich 72 aún estaba muy reciente.

Obviando que las medallas, con tantas ausencias, no tenían un valor completo, podríamos destacar al nadador de San Petersburgo Vladimir Salnikov como el gran héroe de Moscú 80. Dos oros, dos exhibiciones, dos récords del mundo, en el 400 y en el 1.500 libres. Era el primer humano que bajaba de quince minutos para completar el kilómetro y medio. Ahí poco importaban las ausencias: Salnikov los hubiera vapuleado a todos.

Sí pudo aprovecharse de ello el atleta Mirus Yfter, ya que su país, Etiopía, era de los pocos africanos que había acudido a la cita. Merced a ello hizo el doblete en 5 y 10 kilómetros.

Otra de las estrellas de estos Juegos fue el también local Aleksander Dityatin. En Montreal 76 ya había conseguido dos platas, pero sus registros mejoraron en Moscú, para conseguir un total de ocho medallas, récord absoluto en unos Juegos Olímpicos solamente igualado en la actualidad por Michael Phelps. Además, el gimnasta se convertía el primer competidor masculino en conseguir una calificación de diez puntos en una prueba olímpica.

Aunque el gran duelo en el atletismo lo tuvimos en el 800 y el 1.500 con Sebastian Coe y Steve Ovett, los dos récordman mundiales, y que por tanto no echarían en falta a nadie. Ovett se llevó el 800, y Coe el 1.500.

En el lado femenino, las alemanas del este fueron las grandes protagonistas, quienes coparon prácticamente todas las pruebas de natación, con 11 victorias en 13 estilos, además de varios podios.

Por el contrario, la nota negativa la puso Nadia Comaneci. La niña de Montreal a la que todos amaban se había hecho mujer, y además los jueces la tomaron con ella. Para colmo, se cayó en asimétricas. Acabó segunda en la general y por equipos, tras ganar aún así dos oros: en barra de equilibrios y en suelo.

Deportes donde sí se acusó seriamente la ausencia grandes potencias fueron el baloncesto, donde faltó el máximo favorito; el boxeo, aprovechando muy bien el vacío Cuba, para meterse en ocho finales, destacando el oro en peso pesado de Teófilo Stevenson; o la hípica, notablemente adulterada y con todo victorias soviéticas.

Aunque quizá quien mejor aprovechó las ausencias, o al menos de manera más curiosa, fue la selección de hockey femenino de Zimbaue. Sus jugadoras apenas lo habían practicado con anterioridad; se juntaron como combinado tan solo una semana antes de arrancar la competición, y terminaron llevándose el oro. La falta de potencias del 'stick' lo permitió.

En cualquier caso, hay que destacar que a lo largo de los Juegos Olímpicos se batieron hasta 33 récords del mundo, lo que habla muy bien del nivel de la competición pese a las ausencias.

Los otros Juegos

Para terminar de ‘completar’ el boicot, Estados Unidos decidió organizar una competición paralela nada más terminar los Juegos. Unos campeonatos nacionales de natación, que anunció a bombo y platillo para demostrarle a todo el mundo que los mejores se habían quedado ahí.

Y la verdad es que no les faltaba razón: confrontando los resultados conseguidos por los americanos en Irvine, hubieran subido al podio 29 veces en Moscú, reduciendo drásticamente las medallas conseguidas por la URSS o Alemania del Este entre otros. Y eso sin tener en cuenta los relevos, puesto que en el campeonato nacional estadounidense compitieron por equipos.

En atletismo no se disputaron competiciones paralelas, pero la prensa norteamericana se jactó de tener hasta 11 atletas con mejor marca que la conseguida por el escocés Alan Wells para llevarse el oro en los 100 metros lisos. Y ese era sólo un ejemplo…

Jordi Llopart, el pionero del atletismo patrio

España desplazó a Moscú una delegación de 156 deportistas -9 de ellos mujeres- pese a las reticencias del gobierno español. Fue la intermediación de José Antonio Samaranch quien lo que finalmente convenció a Adolfo Suárez de que España debía estar presente en los Juegos, aunque, como comentábamos anteriormente, desfiló en la ceremonia de apertura bajo la bandera olímpica, y no bajo la bandera nacional, en señal de protesta.

De finalmente haber rechazado la participación, nos hubiéramos perdido la eclosión del genial Jordi Llopart. Porque hasta los Juegos de Montreal el atletismo, deporte estrella de la cita olímpica, apenas se había desarrollado en España. Pero ahí apareció Llopart, para cambiar la historia.

El atleta catalán, que ya había ganado un oro dos años antes en el Europeo de Praga, consiguió la plata en los 50 kilómetros marcha, logrando así la primera medalla olímpica para el atletismo español.

No fueron las únicas medallas nacionales en Moscú. De hecho, la pareja Alejandro Abascal y Miguel Noguer consiguió el oro en la competición de Flying Dutchman de vela. Además, el equipo masculino de hockey, y la pareja de palistas del K-2 500 formada por el asturiano Herminio Menéndez y el leonés Guillermo del Riego, también lograron la plata.

A ellas hay que añadir dos medallas de bronce. La conseguida por el nadador Miguel López Zubero –hermano del medallista en Barcelona- en el 100 metros mariposa; y la que consiguió la pareja Herminio Menéndez y Luis Gregorio Ramon en el K-2 1.000 metros de piragüismo.

Y no fueron los únicos éxitos españoles, puesto que también se produjo otro fuera de las pistas. Juan Antonio Samaranch, nacido en Barcelona el 17 de julio de 1920, fue designado nuevo presidente del Comité Olímpico Internacional. Comenzaba una nueva era para el deporte internacional, una remodelación para los Juegos que se antojaba necesaria, y que el español supo llevar a la perfección.

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