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Barcelona 92: España alcanza la gloria

En sólo tres semanas, España dobló las medallas de oro conseguidas en casi cien años. Fueron, para muchos, los mejores Juegos de la historia.

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Barcelona 92: España alcanza la gloria
Fermín Cacho, en el momento de cruzar la meta y alcanzar el oro. | EFE

Los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 han quedado para la posteridad. Y no lo dicen los españoles, no lo digo yo. En el mundo del olimpismo, y en el planeta entero, pocos dudan en incluirlos dentro del podio de la historia de los Juegos.

Muchos fueron los desencadenantes que así lo quisieron: desde una ceremonia de apertura brillante -la canción de "Barcelona" con Freddie Mercury ya fallecido, el espectacular encendido del pebetero...- a una organización sencilla pero ágil y efectiva, pasando por grandes registros deportivos, destacando la presencia del mejor equipo conjunto jamás visto en la historia del deporte: el Dream Team de Estados Unidos de baloncesto…

Todos estos factores, como decíamos, hicieron de los de Barcelona 92 uno de los Juegos más espectaculares, impactantes y trascendentales de toda la historia. Pero también, sobre todo para nosotros, unos resultados con los que pocos años antes el deporte español no se atrevía ni a soñar, y que cambió el devenir de nuestro deporte patrio para siempre.

Una historia muy perseguida

En realidad, la historia se había iniciado 6 años antes. Concretamente, el 17 de octubre de 1986, cuando en Lausana Juan Antonio Samaranch, presidente del Comité Olímpico Internacional, pronunciaba "Barcelona" como la sede de los Juegos Olímpicos de 1992. Aún había que pasar por Pekín, pero por fin se anhelaba el sueño de una ciudad y un país que venía luchando desde 1924 por ser sede olímpica.

En ese año fue su primer intento, aunque finalmente se lo darían a París. En 1940 lo volvería a intentar, de nuevo sin suerte: Tokio era la elegida, aunque como todos saben nunca habría Juegos por la Guerra Mundial. Ni siquiera pudo ver los Juegos Barcelona en 1936, cuando montó una competición paralela a la de Hitler en Berlín, en la que debían participar todos los países y federaciones que quisieran mostrar su oposición al nazismo alemán. Financiados por el Gobierno español, francés, y la Generalidad de Cataluña, iba a contar con atletas de 49 países; pero lo cierto es que la jornada antes de que diera comienzo la Olimpiada Popular de Barcelona se produjo el inicio del Alzamiento Militar, cancelándose de inmediato todas las competiciones.

Finalmente, en 1986, se confirmaba la elección de Barcelona. Por delante, el reto de ofrecer la mejor representación de España posible. Una gran estrategia de comunicación ingeniosa y efectiva así lo permitió. Incluso se acertó a la hora de dar vida a la mascota, Cobi, que pese a las reticencias iniciales fue declarada por el COI la mascota más rentable de los Juegos.

Así, el 25 de julio de 1992 se consumaba el sueño con una majestuosa ceremonia de apertura en el Estadio Olímpico de Montjuic, en la que se mostró la modernidad y el orgullo de Barcelona y de toda España. El momento más emotivo fue el del encendido del pebetero, con un Antonio Rebollo que mantuvo en vilo a más de 2.000 millones de personas que seguían la ceremonia en televisión. Una manera sencilla, pero sorprendente y excitante, de culminar el recorrido de la antorcha olímpica que hasta entonces nadie ha igualado.

El deporte español se hace mayor

Desde el conocimiento de que Barcelona iba a ser la sede de los Juegos, todas las federaciones nacionales comenzaron a trabajar a destajo para conseguir unos grandes resultados. El objetivo, buscar el éxito deportivo para aumentar la autoestima de un deporte nacional que apenas había vivido de las figura surgidas por generación espontánea. Para ello, se crearon entre otras las Becas ADO, con el claro objetivo de brindar a los deportistas españoles medios, recursos y tiempo para lograr un buen resultado.

Pero probablemente nadie se esperaría los registros conseguidos: 13 medallas de oro (más del doble de las que se habían conseguido en casi cien años), 7 de plata, y 2 de bronce, para un total de 22 preseas. Además de 41 diplomas olímpicos. Con el príncipe Felipe -participante en las pruebas de vela- como abanderado, España conseguía de largo los mejores resultados en la historia olímpica. Había nacido la época dorada del deporte español.

Quizá, para muchos, el oro más recordado sea el de Fermín Cacho, un soriano de apenas 23 años, que se había preparado a conciencia, y el transcurso de la carrera la favoreció hasta el punto de verse sólo en cabeza a falta de 300 metros. Quizá ni él mismo se lo esperaba, de ahí sus continuas e inolvidables miradas hacia atrás. Pero lo cierto es que se aferró a aquella distancia, y entró con los brazos en alto en lo que sin duda se ha convertido en la imagen de Barcelona 92.

También, por la trascendencia que tiene el deporte en sí, el conseguido en fútbol, donde los Guardiola, Cañizares, Luis Enrique, Kiko, Alfonso y compañía se impusieron a Polonia en la final. Un gol del gaditano, mucho antes de llegar al Atlético y aún conocido como Quico, en el minuto 90 obró el triunfo en un Camp Nou repleto de banderas españolas.

En atletismo se conseguiría un segundo oro, el logrado por Daniel Plaza en el 20 kilómetros marcha, rozando el desvanecimiento, y en lo que significaba el primer oro en la historia del atletismo español. La desgracia fue para Valentín Massana, quien fue descalificado a pocos kilómetros para la meta, cuando era el inmediato perseguidor de Plaza.

Quien sí consiguió hacerse con la plata, fue Antonio Peñalver, Supermán, en Decatlón; y completó el éxito en atletismo un sorprendente bronce de Javier García Chico en salto de pértiga, quizá una de las medallas más inesperadas, excepto por él mismo.

Pero no fue en atletismo donde se consiguieron más medallas, sino, como no podía ser de otra manera, en vela: un total de cinco, cuatro de ellas de oro. Un porcentaje altísimo conformando la mejor generación de la historia. Lo consiguieron José María Van der Ploeg en clase Finn; dos parejas, la masculina formada por Jordi Calafat y Francisco Sánchez Luna y la femenina formada por Theresa Zabell y Patricia Guerra en la clase 470; Luis Doreste y Domingo José Manrique compitiendo juntos en Flying Dutchman; y la plata la consiguió una jovencísima Natalia Vía Dufresne en la clase Europa.

También se consiguió un doblete de oro en Judo gracias a las victorias femeninas de Almudena Muñoz en -52, tras superar una grave lesión de rodilla sólo dos años antes; y Miriam Blasco, la primera campeona olímpica española, y quien había perdido a su entrenador un mes antes de comenzar los Juegos por un accidente de moto, en -57.

Otro doblete, pero en este caso de plata, fue el conseguido en tenis: Jordi Arrese perdió en la final de individual masculino ante el suizo Marc Rosset, y Arantxa Sánchez Vicario y Conchita Martínez perdieron en la final de dobles femenino ante las americanas Mary Joe y Gigi Fernández. Arantxa Sánchez Vicario sumaría otra medalla, al hacerse con el bronce en el individual femenino después de caer en semifinales ante a la postre campeona Jennifer Capriati.

Volviendo a los oros, espectacular fue el conseguido por José Manuel Moreno en la prueba 1 km contra el reloj de ciclismo en pista, con récord olímpico incluido, y que suposo la primera victoria española en Barcelona, siendo un espolón para el resto de sus compañeros; así como el del nadador Martín López Zubero en el 200 metros espalda, el primero en la historia de la natación española, resarciéndose así de su mal resultado en Seúl 88.

No menos importantes fueron los oros conseguidos por el equipo femenino de Hockey sobre hierba, que contra todo pronóstico se impusieron a Alemania en la final; o el del equipo masculino de tiro con arco, compuesto por Juan Carlos Holgado, Alfonso Menéndez y Antonio Vázquez.

Con la miel en los labios se quedó el fabuloso equipo masculino de waterpolo, que con Estiarte, Miki Oca o Jesús Rollán entre otros era de los pocos que partía como favorito, y se vio superado en la final por Italia. Diversas remontadas y contrarremontadas; dos prórrogas en las que terminaron en empate; y al final un gol de Italia para terminar con el sueño español. Sólo tardaría 4 años en tomarse la venganza.

A más gloria supieron las platas conseguidas por la gimnasta Carolina Pascual, con un espectacular segundo puesto en el concurso individual de gimnasia artística; así como el del boxeador Faustino Reyes, quien perdió en la final de Peso Pluma ante el alemán Andreas Tews, pero que con tan solo 17 años difícilmente había pensado en llegar hasta aquella gran cita.

El Dream Team, amigo para siempre

Pero si para nosotros fueron grandes los Juegos de Barcelona gracias a los magníficos resultados de los españoles, para el resto del mundo no fueron menos. Porque en Barcelona participaron todos los mejores atletas del planeta, y se consiguieron unos impresionantes resultados. Tanto, que posiblemente sea la edición olímpica con más alto nivel deportivo. En total, 32 récords mundiales y 73 olímpicos.

A ello contribuyeron diversos factores. El primero, el hecho de que por primera vez desde Munich 72 no hubiera ningún boicot, y participaran todos los países. Entre ellos, por fin, Sudáfrica, Cuba o la Alemania unificada. También los atletas soviéticos participaron, pese a que ya se había desintegrado la Unión Soviética: lo hicieron bajo la bandera olímpica, integrados en el llamado Equipo Unificado, quien por cierto se llevó la victoria en el medallero.

También ayudó, y mucho, el hecho de que se eliminara de manera definitiva el amateurismo en los Juegos Olímpicos. Tras el crecimiento de éstos en espectacularidad y audiencia, y el crecimiento del nivel deportivo, se decidió que fuera cada país quien decidiera inscribir libremente a sus atletas, sin la barrera del amateurismo impuesta por el COI. En total, 9.356 atletas (6.652 hombres y 2.704 mujeres) de 169 países, compitiendo en 28 deportes y 257 especialidades.

Pero sin duda el mejor recuerdo que dejó la competición fue la presencia del Dream Team, un equipo de ensueño repleto de las mejores figuras del baloncesto mundial, de las mejores leyendas de este deporte. Con Magic Johngon, Michael Jordan y Larry Bird está todo dicho, pero es que además también formaron parte de aquel equipo Charles Barkley, Pat Ewing, Scottie Pippen, Karl Malone, John Stockton… Para muchos, el mejor equipo que jamás se ha juntado en cualquier deporte.

Se llevaron ineludiblemente el oro, promediando 117 puntos por partido, y con una diferencia de media sobre sus rivales de 44 puntos. La menor distancia fue en la final, en la que se impuso por 35 puntos a la Croacia de Kukoc, Petrovic, Radja, Komazec o Perasovic (117-85).

Indivualmente, quizá la gran estrella fue el gimnasta bielorruso Vitaly Scherbo. Con tan solo 20 años fue capaz de ganar seis medallas de oro, convirtiéndose en el primer gimnasta de la historia en conseguir tal hazaña. El primer oro, en la competición individual, ya demostró que era el mejor del planeta. Por si alguien lo dudaba, se llevó también la victoria en cuatro aparatos: caballo con arcos, anillas, salto y paralelas. Además, también lograría el triunfo en la prueba conjunta, formando parte del Equipo Unificado

Otro ruso, sin embargo, fue la única gran decepción de los Juegos: Serguei Bubka. El mejor saltador de pértiga de toda la historia, campeón olímpico en Seúl 88 y campeón mundial en 1983, 1987, 1991, 1993, 1995 y 1997, y con 35 plusmarcas en su haber, se quedó sorprendentemente fuera del podio en Barcelona. Nunca se encontró cómodo en Montjuic, se quejaba por todo, todo le iba mal… y al final terminó como tenía que terminar: marchándose de vacío.

Y si Vitaly Scherbo fue la gran estrella masculina de los Juegos –con permiso, obviamente, de los Jordan, Magic etc y de Carl Lewis, quien en Barcelona lograría el oro en salto de longitud, con récord mundial incluido, y en el 4x100–, la húngara Krisztina Egerszegi fue su homóloga en la competición femenina. La nadadora se hizo con el oro en las pruebas de 100 metros y 200 metros espalda, además de en el 400 metros estilos.

Aunque le discutiría aquel reinado Hassiba Boulmerka, una atleta amenazada de muerte en su país, Argelia, por correr con pantalón corto y mostrando los brazos, y que en Barcelona se hizo de manera brillante con el oro en el 1.500 metros femenino. Su celebración respondía a mucho más que la carrera ganada: era la victoria de una idea, de una libertad, de una necesidad.

Otros nombres a destacar en Barcelona 92 podrían ser los del estadounidense Kevin Young, el primer hombre en romper la barrera de los 47 segundos en los 400 metros vallas, tras hacerse con la victoria con un registro de 46,78. O la también estadounidense Gail Devers, quien logró un oro muy emotivo en el 100 metros lisos después de superar en 1991 una grave y extraña enfermedad llamada Mal de Graves, que la dejó en silla de ruedas durante casi dos años y que a punto estuvo de costarle la amputación de sus dos pies.

Barcelona eterna

Con todos estos registros, con todos estos éxitos españoles e internacionales, Barcelona decía adiós a la que había sido la mejor edición de los Juegos Olímpicos. Porque habían sido los Juegos de Barcelona, sí; pero sobre todo habían sido los juegos de la gente, de los catalanes, de los españoles.

Toda la ciudad y todo el país se contagió de un espíritu que jamás había existido. De repente pasamos de ser unos acomplejados en el deporte, a mirar de tú a tú a los mejores. Y a demostrarnos –después del fracaso del Mundial del 82– que si se proponía, se podían hacer cosas muy buenas en nuestro país.

Además, todo aquello se juntó con el quinto centenario del descubrimiento de América, conmemorado en la Expo de Sevilla, lo que sin duda ayudó a acrecentar ese espíritu, y a ofrecer una magnífica, una brillante imagen de España para todo el mundo. Como un cuento de hadas hecho realidad aquel verano.

No hay duda de que los Juegos de Barcelona 92 dejaron un importante legado físico, cultural y económico, con diversas estrategias pioneras que han sido adaptadas en los Juegos Olímpicos desde entonces. Pero, sobre todo, no hay duda de que en Barcelona 92 nació el deporte español de verdad. Y que dure.

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