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Cecil Ramalli, la estrella del rugby mundial que sobrevivió a Nagasaki

Una increíble vida de buena y mala fortuna. De sobrevivir a lo imposible a perder un hijo. De sufrir racismo a ser la estrella de rugby australiana.

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Una increíble vida de buena y mala fortuna. De sobrevivir a lo imposible a perder un hijo. De sufrir racismo a ser la estrella de rugby australiana.
Cecil Ramalli, durante un partido entre Australia y Nueva Zelanda. | Wikipedia

El 9 de agosto de 1945 el ejército estadounidense lanzaba sobre Nagasaki la bomba Fat Man, tres días después de la de Hiroshima. Un dispositivo de 3,25 metros de longitud por 1,52 de diámetro, compuesto de plutonio, que pesaba 4630 Kg, y que acabó con la vida de 70.000 personas de manera inmediata. Otras miles morirían después a consecuencia de la radiación. La masacre significó la rendición incondicional de Japón en la Segunda Guerra Mundial.

Mientras todo aquello sucedía, unos metros bajo tierra, trabajando en la mina, se encontraba Cecil Ramalli. El destino así lo quiso. Porque alguien decidió doblar su turnoantes del bombarbeo. Aquello le salvó la vida.

No siempre tuvo la suerte de cara

Pero aunque sí lo fuera en el momento más oportuno, el destino no siempre había sido tan benevolente con Cecil Rammali.

Nacido en Moree, Australia, el 10 de junio de 1919, la infancia de Cecil, el más pequeño de seis hermanos, no fue sencilla. Hijo de un inmigrante musulmán de la India y de una aborigen australiana, en plena ciudad de Nueva Gales del Sur fue una diana fácil y muy accesible para el racismo.

Aún así, gracias a los ingresos que generaba la granja que su familia poseía y trabajaba en Moree, cuando cumplió 15 años, en 1934, pudo permitirse acudir a la Escuela Secundaria Agrícola de Hurlstone, en Sydney. Aquello cambió su vida.

Fue ahí donde descubrió el rugby. Y resultó que, a pesar de su escasa corpulencia –medía 1,71 metros y pesaba 66 kg- se le daba bien aquello. Según la prensa local (y como recoge un magnífico artículo de The Guardian) tenía "el mejor pase visto en el equipo en muchos años, un talento innato que ya ha mostrado una gran brillantez en su primer año".

Al año siguiente fue nombrado capitán del equipo, llevando al Hurlstone a el campeonato nacional de 1936 y 1937. No había duda de que se presentaba ante él un prometedor futuro en el rugby.

Aunque para desgracia de Cecil, su padre no podría disfrutarla. Falleció en el invierno de 1936 por una neumonía, poco después de que se le quemara su granja.

Una carrera meteórica

En 1938, con 18 años, se confirmó lo que se preveía. Cecil Ramalli pasaba a formar parte del equipo de Nueva Gales del Sur. Y sólo unos meses después recibía la primera llamada de la selección de rugby de Australia. "Su incorporación puede suponer un enorme cambio para los Wallabies", reflejaba la prensa australiana.

El primer encuentro fue ante la selección de Nueva Zelanda, entonces muy superior. Australia cayó por 20-6, aunque todos afirmaron que Cecil Ramalli había sido uno de los mejores jugadores del partido.

A los pocos días ambas selecciones volverían a enfrentarse. Pero aquel duelo dejaría aún peor recuerdo para Ramalli. Tras un golpe fortuito, se fracturó la nariz, que ya llevaba golpeada del encuentro anterior. Tuvo que abandonar el estadio en ambulancia.

A pesar de aquella molesta lesión, la temporada de Cecil Ramalli sólo podía calificarse de brillante. Debut con Nueva Gales del Sur, debut con la selección australiana, nombrado mejor jugador del equipo, mejor rookie de la liga, y finalmente votado como el mejor jugador de la Unión Australiana de Rugby por la revista Referee. Además de todos los elogios recibidos por prensa, entrenadores y aficionados. Y todo eso con sólo 18 años.

El año siguiente prometía continuar por los mismos derroteros. Tras un inicio fulgurante, fue llamado para acudir con la selección australiana de rugby a una gira por Gran Bretaña que duraría cerca de un año. Era una especie de sueño hecha realidad, ya que además tanto en el viaje de ida como en el de vuelta pasaría por la India, donde podría conocer más de cerca sus orígenes.

Pero como quiera que entonces los viajes eran mucho más largos a como los conocemos hoy, desde que el barco que transportaba a los jugadores zarpara de Brisbane hasta que llegara a Portsmouth el mundo cambió radicalmente. Al día siguiente de pisar suelo británico Reino Unido le declaró la guerra a Alemania. La gira de los Wallabies era suspendida. Debían emprender el camino de vuelta a casa. Y cuanto antes.

La tiranía le salva la vida

Nada más regresar a casa, la mayoría de los jugadores pasaron a formar parte de las Fuerzas Armadas de Australia. También Ramalli, quien fue enviado a Malasia. Ahí continuó jugando al rugby, ante equipos de las fuerzas británicas.

Pero el buen tiempo se acabó tan pronto como fue bombarbeado. Poco después Malasia fue conquistada por las fuerzas japonesas, y Ramalli enviado al campo de prisioneros de guerra de Changi primero, y a Birmania después, donde sería empleado en la construcción de la línea de ferrocarril. Unas obras que costaron la vida a casi 3000 soldados australianos, a causa del agotador esfuerzo al que eran forzados por los guardias japoneses, que alardeaban de su crueldad.

Cecil Ramalli consiguió sobrevivir a todo aquello, y como premio fue enviado a Nagasaki, en Japón, para trabajar como esclavo en las minas de carbón.

Ahí se encontraba el fatídico 9 de agosto. En Nagasaki. En las minas de carbón del puerto. Tras 12 horas trabajando, cuando debía terminar su turno, los guardias japoneses le ordenaron que nada de eso. Que debía doblar turno. Que debía estar 12 horas más bajo tierra, trabajando. Cecil aceptó resignado. Era lo último que quería hacer. Pero era lo único que podía hacer.

Por fortuna, aquello salvó su vida. Poco después, estalló la bomba Fat Man. Él ni se enteró. Cuando regresó a la superficie, Nagasaki ya no era Nagasaki.

Un retiro indeseado

Aquella bomba significó la rendición de Japón, con lo que concluyó la guerra del Pacífico y, por tanto, la Segunda Guerra Mundial.

Cecil Ramalli pudo regresar a casa. A Australia. Lo hizo muy mermado físicamente, y jamás podría volver a jugar al rugby. Pero aquello no significaba despedirse del deporte que amaba. Fundó un equipo, el West Pymble Rugby Club, en el que además de presidente sería el encargado de dirigir la cantera. Siempre amable, siempre tranquilo. Siempre pendiente de todos. Jamás mostró un ápice de enfado o de resentimiento por la Guerra.

Hasta que, en 1971, uno de los dos hijos que tuvo con su mujer Norma falleció en accidente de coche. Tuvo una severa crisis y, según relata su otro hijo, "nunca volvió a ser el mismo".

En 1977, tras su jubilación, se mudó a Budgewoi, en la costa de Nueva Gales del Sur, junto a su mujer. Fallecería en 1998 a la edad de 79 años.

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