L. D. / EFE.-
Sólo uno de los doce golpistas, el ministro del Interior de la URSS, Borís Pugo, ha fallecido: asesinó a su mujer y se suicidó tras fracasar la intentona, según la versión oficial de entonces. Los otros once, ocho de los cuales integraron el Comité Estatal del Estado de Emergencia que pretendió derrocar el 19 de agosto de 1991 al presidente soviético Mijaíl Gorbachov, tuvieron fortunas muy diversas desde que aterrizaron en la cárcel al desinflarse el golpe.
Fueron procesados bajo el cargo de "traición a la Patria", pero nunca fueron condenados, porque el juicio se demoró tanto que llegó antes la amnistía, aprobada por el Parlamento en febrero de 1994. El general Valentín Varénnikov, comandante en jefe de las Tropas de Tierra, se negó a aceptar la medida de gracia y prefirió ir a juicio para denunciar a Gorbachov por "desintegrar la URSS".
En agosto de 1994, el Tribunal Supremo absolvió a Varénnikov por entender que sus acciones "no minaron la defensa y seguridad" del país y estaban inspiradas por una "causa noble", veredicto que llevó a Gorbachov a escandalizarse por ese "peligroso precedente". Varénnikov se retiró más tarde del Ejército y ganó un escaño de diputado en la Duma o cámara baja del Parlamento, y a sus 77 años preside hoy la Asociación de Héroes de Rusia.
Pugo y Varénnikov eran dos de los cuatro altos jefes militares en los planes del golpe, junto al ministro de Defensa, Dmitri Yázov, y el director del temible KGB, Vladímir Kriuchkov. Yázov, el hombre que ordenó a las tropas marchar sobre Moscú, todavía sigue al servicio del Ministerio de Defensa como "consultor" y está bien considerado en el Kremlin pese a que esos días ha hecho declaraciones recalcitrantes, sin arrepentirse de nada. "Era penosos ver cómo algunos políticos empujaban a la URSS a su disolución", dijo en una entrevista conmemorativa del golpe, a la que se presentó con el mismo uniforme que llevaba hace diez años y en la que afirmó que si tuviera ocasión repetiría su acción.
A sus 77 años, Kriuchkov es copresidente de una empresa asesora vinculada al consorcio Sistema, del Ayuntamiento de Moscú, aparte de haber escrito sus memorias y tener influencia entre los comunistas y la comunidad de los servicios secretos rusos herederos del KGB.
Otros dos golpistas permanecen activos en la vida política rusa: Vasili Starodúbtsev, quien se unió a los amotinados como líder de la Unión Agraria de la URSS, y Anatoli Lukiánov, uno de los cerebros intelectuales del golpe. Tras la amnistía, Starodúbtsev se adentró en la nueva política y fue elegido gobernador de la región de Tula, cargo que renovó el mes de abril pasado pese a que en 1999 la policía fiscal le abrió un expediente por evasión de impuestos. Como gobernador, ocupa un escaño de senador en el Consejo de la Federación y forma parte del Comité de Agricultura.
Lukiánov, que en 1991 presidía el Sóviet Supremo o Parlamento de la URSS, es actualmente diputado por el Partido Comunista, de hecho el número tres de la formación encabezada por Guennadi Ziugánov. Coleccionista de grabaciones de voces de personalidades ilustres y admirador del poeta español Federico García Lorca, Lukiánov sigue escribiendo y publicando libros de versos, uno de ellos dedicado al golpe y titulado "Canto de protesta".
Dos de los seis restantes golpistas del 91 navegan con éxito por el mundo financiero y empresarial postsoviético, en contradicción aparente con su fobia anticapitalista de aquellos días. Valentín Pavlov, entonces primer ministro después de haber sido titular de Hacienda, aprovechó las oportunidades del mercado para hacer carrera en la banca y en la empresa privada, aunque fustigó en un libro las caóticas reformas de la presidencia de Borís Yeltsin.
Tras dirigir dos bancos y ser asesor financiero, Pavlov llegó a la vicepresidencia de una compañía norteamericana afincada en Moscú y actualmente dirige un instituto de apoyo económico a las regiones.
Valeri Boldin, que traicionó a Gorbachov desde su cargo de jefe de gabinete, también tuvo éxito posteriormente como financiero, y hoy día es vicepresidente de un banco petrolero.
Los otros cuatro golpistas tuvieron menos suerte en estos años, entre ellos Guennadi Yánayev, quien como vicepresidente de la URSS fue cabeza visible de la conjura y que ahora completa su jubilación de 51 dólares al mes con la asesoría en un fondo de pensiones.
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Fueron procesados bajo el cargo de "traición a la Patria", pero nunca fueron condenados, porque el juicio se demoró tanto que llegó antes la amnistía, aprobada por el Parlamento en febrero de 1994. El general Valentín Varénnikov, comandante en jefe de las Tropas de Tierra, se negó a aceptar la medida de gracia y prefirió ir a juicio para denunciar a Gorbachov por "desintegrar la URSS".
En agosto de 1994, el Tribunal Supremo absolvió a Varénnikov por entender que sus acciones "no minaron la defensa y seguridad" del país y estaban inspiradas por una "causa noble", veredicto que llevó a Gorbachov a escandalizarse por ese "peligroso precedente". Varénnikov se retiró más tarde del Ejército y ganó un escaño de diputado en la Duma o cámara baja del Parlamento, y a sus 77 años preside hoy la Asociación de Héroes de Rusia.
Pugo y Varénnikov eran dos de los cuatro altos jefes militares en los planes del golpe, junto al ministro de Defensa, Dmitri Yázov, y el director del temible KGB, Vladímir Kriuchkov. Yázov, el hombre que ordenó a las tropas marchar sobre Moscú, todavía sigue al servicio del Ministerio de Defensa como "consultor" y está bien considerado en el Kremlin pese a que esos días ha hecho declaraciones recalcitrantes, sin arrepentirse de nada. "Era penosos ver cómo algunos políticos empujaban a la URSS a su disolución", dijo en una entrevista conmemorativa del golpe, a la que se presentó con el mismo uniforme que llevaba hace diez años y en la que afirmó que si tuviera ocasión repetiría su acción.
A sus 77 años, Kriuchkov es copresidente de una empresa asesora vinculada al consorcio Sistema, del Ayuntamiento de Moscú, aparte de haber escrito sus memorias y tener influencia entre los comunistas y la comunidad de los servicios secretos rusos herederos del KGB.
Otros dos golpistas permanecen activos en la vida política rusa: Vasili Starodúbtsev, quien se unió a los amotinados como líder de la Unión Agraria de la URSS, y Anatoli Lukiánov, uno de los cerebros intelectuales del golpe. Tras la amnistía, Starodúbtsev se adentró en la nueva política y fue elegido gobernador de la región de Tula, cargo que renovó el mes de abril pasado pese a que en 1999 la policía fiscal le abrió un expediente por evasión de impuestos. Como gobernador, ocupa un escaño de senador en el Consejo de la Federación y forma parte del Comité de Agricultura.
Lukiánov, que en 1991 presidía el Sóviet Supremo o Parlamento de la URSS, es actualmente diputado por el Partido Comunista, de hecho el número tres de la formación encabezada por Guennadi Ziugánov. Coleccionista de grabaciones de voces de personalidades ilustres y admirador del poeta español Federico García Lorca, Lukiánov sigue escribiendo y publicando libros de versos, uno de ellos dedicado al golpe y titulado "Canto de protesta".
Dos de los seis restantes golpistas del 91 navegan con éxito por el mundo financiero y empresarial postsoviético, en contradicción aparente con su fobia anticapitalista de aquellos días. Valentín Pavlov, entonces primer ministro después de haber sido titular de Hacienda, aprovechó las oportunidades del mercado para hacer carrera en la banca y en la empresa privada, aunque fustigó en un libro las caóticas reformas de la presidencia de Borís Yeltsin.
Tras dirigir dos bancos y ser asesor financiero, Pavlov llegó a la vicepresidencia de una compañía norteamericana afincada en Moscú y actualmente dirige un instituto de apoyo económico a las regiones.
Valeri Boldin, que traicionó a Gorbachov desde su cargo de jefe de gabinete, también tuvo éxito posteriormente como financiero, y hoy día es vicepresidente de un banco petrolero.
Los otros cuatro golpistas tuvieron menos suerte en estos años, entre ellos Guennadi Yánayev, quien como vicepresidente de la URSS fue cabeza visible de la conjura y que ahora completa su jubilación de 51 dólares al mes con la asesoría en un fondo de pensiones.
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