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El precio de la corrupción en la UE

Una investigación periodística ha destapado un presunto soborno a un conocido eurodiputado austriaco.

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Un eurodiputado austríaco acusado de haber exigido 100.000 euros a cambio de modificar la legislación comunitaria se enfrenta estos días en su país a una pena de hasta diez años de prisión no sólo por haberse prestado a un soborno, sino también por haber causado lo que la fiscal define como "daño importante la política europea".
 
Hasta que cayó en desgracia, Ernst Strasser era a la opinión pública austríaca lo que Mayor Oreja a la española: un respetado político de centro derecha que, después de haber ejercido como ministro de Interior entre los años 2000 y 2004, desembarcó en Bruselas para liderar las filas populares de su país en el Parlamento Europeo. Pero su reputación se truncó cuando la tentación se cruzó en su camino. En marzo del año pasado, dos periodistas de investigación del Sunday Times se hicieron pasar por lobistas y le ofrecieron dinero a cambio de que presentara unas enmiendas. Aunque Strasser, según la propia fiscal del caso, no llegara nunca a recibir el dinero, los vídeos en los que aparecía traficando con su capacidad de influencia sobre la legislación europea lo retrataban "como alguien que cambia su voto por dinero".

"Todos son tan vagos como yo"

La acusación austriaca entiende, además, que tanto o más grave que el pecado de la corrupción es el daño causado a la imagen de la política europea. Y es que algunas de las frases pronunciadas por el político no tienen desperdicio. "La mayoría de los eurodiputados son tan vagos como yo", dijo Strasser sin saber que estaba siendo filmado. Según las transcripciones del vídeo publicadas por el periódico Der Standard, también se jactó de tener otros cinco clientes dispuestos a ofrecerle dinero por debajo de la mesa.

Aquella prueba le costó la dimisión y la posterior imputación en los tribunales de Viena que, el próximo 13 de diciembre, decidirán si encuentran al expolítico culpable o inocente.
Strasser sostuvo desde el principio que sabía que los dos periodistas –seleccionados en Londres de entre varios expertos en investigación- no eran lobistas de verdad. De hecho, si aceptó sus invitaciones a cenas caras es porque pretendía desenmascararlos comos espías de un país extranjero. De hecho, se apoya en su callo al frente de Interior para demostrar que alguien de su experiencia no podía caer en la trampa.
 
El abogado defensor del eurodiputado no negó que aceptara el dinero. Es más, alegó que "miles de personas hacen lo mismo todos los días en Austria, Bruselas y en todo el mundo: hacer contactos y ofrecerse a usarlos".
 
El escándalo no sólo salpicó al político austríaco, sino que también ensució la trayectoria de dos eurodiputados más: el socialista esloveno Zoran Thaler, que también dimitió, y el socialista rumano Adrian Severin que, por el contrario, se aferró al escaño incluso una vez reprobado y expulsado de su grupo político.
 
Al popular español Pablo Zalba también le tendieron la trampa y, aunque él sí presentó las enmiendas de los falsos lobistas, lo hizo, según adujo en su día, porque estaban en línea con su grupo y rechazando cualquier tipo de pago a cambio. No obstante, la relativa complacencia del navarro a la hora de recibir le valieron, como explicó él mismo al estallar el escándalo, "una bronca de padre" de su compañero Alejo Vidal-Quadras.

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