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Rubén Osuna

El triste final del Plan Hidrológico

Lo del Plan Hidrológico se veía venir mucho antes de que el PSOE activara su maquinaria para desgastar al Partido Popular. La cosa viene de muy atrás, pues hace años que los nacionalistas catalanes vienen peleando para que eso que llaman el Estado Español les solucione el grave problema de abastecimiento de agua del área metropolitana de Barcelona. Tuvieron suerte y el viejo proyecto de trasvase de agua del Ebro al sur fue impulsado definitivamente por el PP, de manera que el PSOE se puso, como siempre, al servicio de los nacionalistas, haciéndoles el trabajo sucio de zarandear al Gobierno y calentar a los aragoneses. Y tuvieron mucha más suerte aún, porque el servicial PSOE tomó poco después el poder, paradójicamente endeudado con ellos. El nuevo Gobierno ha tardado muy poco en empezar a pagar, echando abajo el Plan original y sustituyéndolo por otro que nadie se habría atrevido a defender (ni siquiera a proponer) en circunstancias normales. En efecto, los nacionalistas catalanes han conseguido lo que nunca pensaron que podrían lograr (veían más probable incluso un trasvase desde el Ródano): la Ministra Narbona reducirá el total de agua trasvasada, mantendrá una parte para uso en Aragón, pero desviará otra precisamente Ebro abajo, hasta Barcelona.
 
Las consignas empleadas para reventar el proyecto del Gobierno popular fueron surrealistas: que el trasvase tendría un tremendo impacto ecológico; y que alicantinos, murcianos y almerienses querían el agua para llenar piscinas y regar campos de golf con los que se forrarían “unos cuantos empresarios”. Esas fueron las espuelas con las que los nacionalistas catalanes, a través del PSOE, soliviantaron a los aragoneses que, enfurecidos, se tiraron a la trampa de cabeza.
 
Toda acción del hombre sobre la naturaleza tiene un impacto ecológico, y eso vale para el actual plan de trasvase o para el pinchazo que pensaban darle al Ródano. Evidentemente lo importante es que no se produzca un desastre, y reducir el impacto en lo posible con las medidas adecuadas. Pero no hubo discusión racional sobre este punto, sólo propaganda incendiaria. En cuanto a lo segundo, se supone que alicantinos, murcianos y almerienses no tienen derecho a una calidad de vida similar a los demás españoles, y que el trasvase sólo puede hacerse condicionado al uso que se haga del bien, según los criterios de quien al parecer lo cede. Y encima éstos son de órdago. Se deja caer que regar un campo de golf es un uso inmoral del agua, mientras que regar un melonar no, y ello básicamente porque con el campo de golf “se forran unos cuantos empresarios”, como si el dueño del melonar no fuera empresario también. La diferencia básica está en que el campo de golf es mucho más rentable económicamente (por hectárea, por litro de agua gastado y por euro invertido) que el melonar. Los agricultores, como siervos de la gleba, deben permanecer atados al terruño y pagando el diezmo. De esta forma se desliga el agua de las posibilidades de desarrollo económico de la zona y de las condiciones de vida de sus habitantes. Prosperar es malo, y con el agua de otros es, además, inmoral.
 
Lo gracioso del caso, desaladoras aparte, es que el final de esta triste historia tiene un trasvase (a Barcelona, supongo que para regar tomateras), un impacto ecológico (ley de vida) y muchas piscinas llenas y campos de golf verdes (en la cuenca del Ebro), más tres provincias con una calidad de vida (una duchita diaria con restricciones en vez de piscinas) y unas posibilidades de desarrollo (melonares regados con agua cara de desaladora, como mucho) mermadas sine die. Los aragoneses han dado un espectáculo lamentable que les pesará y avergonzará en el futuro, sobre todo cuando se enfríen y se den cuenta de lo injustos que han sido y de cómo les han utilizado. Pero hay más perdedores: este Plan tiene un coste enorme que ya no se puede justificar con la excusa de la solidaridad, y que vamos a pagar todos los españoles. Para eso sí existe España.

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