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Lucrecio

¿A cuento de qué esta farsa?

Todo el mundo ha sabido, desde siempre, que los llamados juegos olímpicos se los lleva la ciudad que aporta los maletines más grandes.

Nadie puede no saberlo. El COI es una de las entidades más corruptas del planeta. No es hipérbole. Lo era cuando Samaranch (sujeto de abominable biografía). Lo es ahora. Lo será siempre. Sencillamente, porque sus miembros no son más que una banda de parásitos que, en mayor o menor medida, viven de eso.
 
Todo el mundo ha sabido, desde siempre, que los llamados juegos olímpicos (digo “llamados”, porque sólo un perfecto analfabeto puede confundir ese circo con nada que remita a la Grecia clásica) se los lleva la ciudad que aporta los maletines más grandes. Ésos que nunca existen. Ésos que se volatilizan milagrosamente por los pasillos de los hoteles de infinitas estrellas.
 
Sobre esa constancia inicial, caben dos actitudes: a) rechazar los tejemanejes gangsteriles y mandar los dichosos juegos al infierno, que es su lugar propio; b) coleccionar fajos de dólares cash en volumen más alto que los contendientes.
 
Lo que no está permitido es fingir sorpresa.
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