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Anna Grau

Año nuevo, ¿vida vieja?

Creo que urge un nuevo contrato social, humano y liberal. Liberal en el sentido de ni perdonarle a nadie la vida por sus orígenes, ni condenarle ciegamente por los mismos.

Inmigración-inmigrantes-menas | Europa Press

Doblando ya el cabo de este tormentoso 2025 para adentrarnos en lo que sea que nos vaya a deparar 2026, hay que tener mucha fe en el futuro para no temerle al pasado. Más si nos resistimos a aprender de él.

Por ejemplo, cuando hablamos de inmigración. Algo deberíamos saber del tema a estas alturas, en este país. Por ejemplo, en mi tierra, en Cataluña, donde aún hay quien llama "inmigrante" a un ciudadano nacido en cualquier otro punto de España que haya ido a vivir y a trabajar allí. Todavía hay quien se queja de que "vinieran" tantos "otros" de "fuera" con la consiguiente alteración de equilibrios lingüísticos, sociales, demográficos. Como cuando Jordi Pujol describía un prototipo de andaluz como "hombre destruido", que si llegaba a imponerse daría al traste con la laboriosidad presuntamente legendaria de la raza catalana. Para que luego te encuentres legiones de catalanes étnicamente "puros" cuyo mayor anhelo es vivir eternamente de la subvención o de la malversación institucionalizada.

Siempre he pensado que el problema o los problemas que acarrea la inmigración irregular tienen menos que ver con el inmigrante mismo que con quien hace las políticas por las que el flujo migratorio se va a regir. Seamos serios: ¿alguien que me esté leyendo ahora mismo le haría ascos a recibir ayudas sociales a la carta y por la cara? ¿Conocen a alguien que renuncie a un derecho adquirido por miedo a no merecerlo? Eso vale para inmigrantes ilegales, para okupas, para delincuentes multirreincidentes y para cualquier transgresor cuya transgresión sea jaleada desde el sistema.

Tan irresponsable es justificar la llegada masiva de gente sin papeles en nombre de una izquierda pijowoke profundamente desconectada de la realidad, como hacerlo desde un supuesto pragmatismo que se escuda en que hacen falta "irregulares" para pagar las pensiones, o para hacer los trabajos que los "regulares" desdeñan. Falacia pura todo. No es imposible que un inmigrante, incluso irregular en origen, acabe integrándose y aportando al sistema, si su precariedad inicial tiene salidas realistas que no pasen por la paguita perpetua, la delincuencia organizada o la esclavitud encubierta. Si eso es todo lo que hay, no hay futuro para ellos ni para nosotros.

Veamos por ejemplo qué ha pasado en Estados Unidos. Donald Trump les caerá mejor o peor. Pero saben, en el fondo no ha inventado nada. Se ha limitado a hacer cumplir a rajatabla, al pie de la letra, una legislación que hace tiempo que estaba ahí, pero ante la que muchos hacían la vista gorda. Unos por idealismo social, otros para aprovecharse de las infinitas posibilidades de explotar a los recién llegados a un país que nunca se ha distinguido por derramar ni siquiera sobre sus nacionales puros el cuerno de la abundancia del Estado del bienestar. Muchos inmigrantes de primera generación las pasaban canutas, pero los de segunda ya iban al colegio y los de tercera a la universidad, en un proceso arduo, pero con luz al final del túnel, no muy distinto al de aquellos españoles que hace décadas emigraban a Alemania.

De repente Estados Unidos empieza a perder el norte de gran potencia, sus contradicciones productivas y financieras empiezan a hacer bola, el inmigrante amenaza permanentemente a la clase obrera nativa, que ya no encuentra trabajo, pongamos, en una factoría de coches de Detroit. Y se da la paradoja -o no- de que son precisamente los más humildes los que pierden la fe en los partidos más progres, pero en la práctica más ajenos a la defensa de sus verdaderos intereses. Es cuando ser de izquierdas empieza a ser un lujo no al alcance de todos los bolsillos.

En un país como España es todo más vidrioso aún. Porque aquí sí hay servicios sociales significativos, que aunque algunos crean que sí, no son de goma, no se pueden estirar como un chicle, tanto va el cántaro a la fuente que se rompe, y empieza a larvarse una fractura seria entre los que sufragan la Administración y los que viven de ella. Irregulares incluidos. ¿Es serio pretender que la inmigración ilegal nos va a salvar el sistema de pensiones cuando deviene una carga social neta, o cuando todo lo que ganan se va en remesas a su país de origen, y eso en el mejor de los casos?

Tampoco me parece normal dar por hecho que determinados trabajos sólo puede hacerlos determinada gente, en determinadas condiciones, con determinado infrasalario…para siempre. Insisto, una cosa es sacrificarse al principio para salir adelante al final, o para que salgan tus hijos, otra es entrar en un bucle de explotación perpetua -curiosamente aplaudido, en la práctica, tanto por determinada izquierda como por determinada patronal- que acaba minando primero los cimientos del mercado de trabajo, luego los de la solidaridad, finalmente los de la convivencia. Cuando nos queramos dar cuenta estaremos atrincherados y podridos de odio y de sálvese quien pueda.

Creo que urge un nuevo contrato social, humano y liberal. Liberal en el sentido de ni perdonarle a nadie la vida por sus orígenes, ni condenarle ciegamente por los mismos. Hay gente que llega de fuera que encarna los valores por los que decimos luchar aquí mejor que algunos que aquí han nacido. Y viceversa. Seamos realistas: vayamos caso por caso. Todos juntos.

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