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Santiago Navajas

Trump vs. Maduro, un enfoque liberal

Sí, la izquierda es hipócrita. Sí, el Derecho Internacional a veces protege a tiranos. Sí, Maduro merecía caer y los venezolanos merecen ser libres.

Donald Trump, acompañado por el director de la CIA John Ratcliffe y el secretario de Estado Marco Rubio siguiendo el desarrollo de la operacion. | Cordon Press

Donald Trump no tiene ni idea de quién es Carl Schmitt, pero si prestáis atención, se oyen las carcajadas del jurista alemán nazi resonando desde su tumba cada vez que alguien invoca pomposamente el «Derecho Internacional» para defender la permanencia de un tirano como Nicolás Maduro en el poder.

Para Schmitt, en su obra seminal El concepto de lo político, lo político se define esencialmente por la distinción amigo-enemigo: el enemigo no es un rival económico ni un adversario moral, sino aquel que representa una amenaza existencial ante el cual el soberano —aquel que decide sobre el estado de excepción— debe actuar con decisión absoluta, más allá de normas abstractas. El Derecho Internacional liberal, con su pretensión de neutralizar el conflicto y criminalizar la guerra justa, no es para Schmitt más que una ilusión hipócrita que enmascara la verdadera naturaleza de la política: la posibilidad real de la lucha a muerte. Invocar tratados y resoluciones de la ONU para proteger a un dictador que ha devastado su propio pueblo es, schmittianamente hablando, una burla, ya que el soberano real —en este caso, la potencia que decide intervenir— ríe el último al imponer su decisión concreta sobre las abstracciones moralistas de un Derecho hueco.

Tampoco sabe Trump quién fue Juan de Mariana, el jesuita español del Siglo de Oro que defendió con radicalidad escolástica el tiranicidio como remedio legítimo contra el príncipe que degenera en tirano. Mariana parte de una concepción contractualista del poder según la cual el rey recibe su autoridad del pueblo para el bien común, y si la pervierte —imponiendo tributos sin consentimiento, destruyendo la religión patria, oprimiendo a los notables o convirtiéndose en enemigo público como es el caso de Maduro—, cualquier ciudadano, secundando el clamor general, puede lícitamente eliminarlo, incluso por medios extremos, una vez agotados los remedios pacíficos. Para Mariana esto no implicaba caer en la anarquía, sino que era pura y dura justicia natural ya que el tirano, al romper el pacto originario, se coloca fuera de la ley y merece la muerte como un usurpador.

Ha tenido suerte Maduro con el analfabetismo filosófico de Trump que no lo ha ejecutado, sino capturado —un analfabetismo, por cierto, compartido por no pocos profesores de filosofía y derecho que han mirado para otro lado durante años la satrapía chavista en Venezuela y alrededores.

Vimos caer el Muro de Berlín en 1989, símbolo del colapso del comunismo real, y ahora, en este arranque de 2026, asistimos a la detención de un dictador en chándal gris, esposado, con los ojos vendados y rumbo a Nueva York. Después de todo, no hemos vivido tiempos tan malos. Malos tiempos, eso sí, para la lírica socialista de aquellos cantautores que romantizaban a Fidel Castro y al Che Guevara. Pronto caerá la última distopía romántica de los «progres», Cuba, que ya tiembla ante la perspectiva de perder su aliado venezolano. Recordemos a otro narcotraficante como Maduro, Joaquín «El Chapo» Guzmán, el cual tras su extradición a Estados Unidos fue condenado a cadena perpetua y ahora languidece en la supermáxima ADX Florence de Colorado, esa fortaleza de aislamiento extremo donde los narco-dictadores terminan sus días.

Pero si hay algo revelador en la detención de Maduro a manos de Trump es la hipocresía de los socialistas. La izquierda que en 1939 suplicaba a Roosevelt y a las democracias que intervinieran en España para derrocar a Franco, hoy se rasga las vestiduras cuando Estados Unidos, bajo Trump, quita de en medio a otro dictador. Maduro era un dictador, sí, pero era su dictador. El que mantenía viva la llama de la revolución bolivariana mientras millones de venezolanos huían del hambre y la represión.

Celebremos, por tanto, la caída de un tirano. Pero no sin antes formularnos algunas preguntas incómodas que no deberían quedar sepultadas bajo el júbilo del momento. En primer lugar, ojo con Trump. Porque ¿quién decide qué tirano merece caer? Si aceptamos que el presidente de Estados Unidos puede determinar unilateralmente qué régimen es suficientemente opresivo para justificar una intervención militar, ¿qué principio limitante nos queda? ¿O solo caen los tiranos sin armas nucleares ni aliados poderosos? ¿No revela esto que estamos hablando de un poder absoluto, no de principios morales universalizables?

Esto nos lleva a otra cuestión: ¿dónde está la diferencia entre Mariana y Schmitt? Mariana hablaba del tiranicidio como último recurso defensivo, una válvula de escape cuando el tirano mismo ha destruido todo orden legal. Schmitt, en cambio, celebraba la decisión soberana como la esencia misma de lo político, no como excepción trágica sino como verdad revelada del poder. Cuando celebramos "esa decisión soberana schmittiana", ¿no estamos normalizando precisamente lo que el liberalismo clásico —desde Locke hasta Hayek— intentó eliminar, es decir, el poder arbitrario sin límites legales?

Y, por tanto, ¿qué viene después? Los Aliados que liberaron Europa en 1945 tenían el Plan Marshall, los tribunales de Núremberg, constituciones democráticas para Alemania y Japón. ¿Cuál es el plan para Venezuela post-Maduro? ¿O simplemente celebramos la "decisión" y que luego venga el caos, como en Libia tras la caída de Gaddafi? ¿O unas marionetas chavistas a las órdenes de las petroleras norteamericanas y el amo Trump? Sin reconstrucción institucional planificada, ¿no estamos simplemente cambiando un desastre por otro a mayor gloria de la industria armamentística y petrolera norteamericana?

¿Y qué hacemos con los otros tiranos? Kim Jong-un esclaviza a su pueblo en campos de concentración infinitamente peores que todo lo que Maduro pudo imaginar. ¿Por qué no intervenir en Corea del Norte? La respuesta honesta —porque tienen armas nucleares y aliados poderosos— revela que esto no es una cuestión de justicia sino de cálculo de poder. ¿No es esto precisamente lo que Schmitt celebraba y lo que debería ponernos sobre aviso?

Sobre todo, ¿qué impide que esta lógica devore las libertades domésticas? Hayek advirtió que las medidas autoritarias en tiempos de guerra son a veces necesarias, pero inmediatamente agregó que el peligro está en que se vuelvan permanentes, en que la mentalidad de emergencia colonice la política normal. Si hoy celebramos que un presidente pueda decidir "soberanamente" sobre estados de excepción fuera de sus fronteras, ¿qué lo detendrá mañana cuando declare una "emergencia interna" ante "enemigos existenciales" domésticos? ¿No fue precisamente esta lógica la que Schmitt usó para pavimentar el camino a Hitler?

Por último, ¿es este precedente universalizable? Si Estados Unidos puede hacer esto, ¿puede China invadir Taiwán alegando también una "liberación"? ¿Puede Rusia ocupar cualquier ex-república soviética alegando "proteger" a poblaciones oprimidas? ¿O estas reglas solo aplican en una dirección? Y si es así, ¿no estamos simplemente de vuelta al mundo pre-liberal donde el poder hacía el derecho?

Sí, la izquierda es hipócrita. Sí, el Derecho Internacional a veces protege a tiranos. Sí, Maduro merecía caer y los venezolanos merecen ser libres. Todo eso es cierto.

Pero la risa de Carl Schmitt no debería alegrarnos en demasía porque es la risa del poder que ha descubierto que puede hacer lo que quiera si encuentra el enemigo adecuado y la justificación conveniente. Es la risa de quien sabe que, una vez normalizada la excepción, ya no hay límites reales al ejercicio de la fuerza. Toda tiranía moderna comenzó invocando una excepción legítima que luego devoró el orden legal completo.

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