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El verdadero cambio

Pospuesto ya toda reforma sanitaria hasta el regreso otoñal, agosto se presenta caliente, con varios demócratas contra las cuerdas ante su electorado y con Obama en el punto de mira y perdiendo apoyo popular al igual que su partido.

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Agosto suele ser época vacacional y de descanso para los representantes y senadores del Congreso de Estados Unidos. Este mes se presenta muy caliente cuando vuelvan a sus correspondientes estados y distritos. Allí les esperan los votantes de cada circunscripción que andan bastante enfadados con sus congresistas demócratas empeñados en seguir a Obama y socializar la salud. El ciudadano medio, harto del galopante intervencionismo y del excesivo gasto gubernamental entiende ya que la supuesta "reforma" sanitaria es el primer paso para nacionalizar el sistema de salud y, andando el tiempo, acabar definitivamente con el sector privado.

Para esconder sus verdaderos fines, Obama y los líderes del Partido Demócrata hablan ahora de "reforma de las aseguradoras" pero no concretan detalle alguno, ni tampoco reconocen que de aprobarse ese plan la economía norteamericana alcanzará niveles de déficit casi insalvables. De ahí la presión ciudadana contra estas iniciativas y la reticencia de muchos congresistas a seguir a Obama. Nada se ha podido aprobar todavía en el Congreso, pese al intento presidencial de aprobar este proyecto de ley antes de las vacaciones de agosto. Pospuesto ya todo hasta el regreso otoñal, agosto se presenta caliente, con varios demócratas contra las cuerdas ante su electorado y con Obama en el punto de mira y perdiendo apoyo popular al igual que su partido.

En estos últimos días hemos visto las imágenes de los abucheos que recibieron en Filadelfia (Pensilvania) el senador tránsfuga Arlen Specter y la actual secretaria de salud bajo Obama, Kathleen Sebelius. Y hablamos de Filadelfia, una de las capitales de la progresía estadounidense y electoralmente en manos del Partido Demócrata. En Austin (Texas), otra ciudad no precisamente conservadora, el representante demócrata Lloyd Dogget quiso justificar su apoyo a la reforma de la salud y los ciudadanos de su distrito le respondieron al grito de "Just Say No". Lo mismo se ha vivido también en otros estados de predominante control demócrata, como Nueva York, con representantes como el demócrata Tim Bishop, recibido hace unas semanas por ciudadanos bien informados y también opuestos a la socialización de la salud.

No se trata de una oposición mafiosa organizada por el Partido Republicano –como falsamente alega ahora la Casa Blanca– sino de verdaderas movilizaciones ciudadanas compuestas por contribuyentes descontentos, muchos de ellos insatisfechos votantes del propio Obama y del Partido Demócrata, además de libertarios y de conservadores hartos también de ver la elitista arrogancia de esta administración y de las clases gobernantes en Washington. Lo hipócrita aquí es que Obama, antiguo "organizador de comunidades" ataque ahora justamente a las comunidades y ciudadanos que se organizan libremente. Porque esta es la auténtica democracia representativa norteamericana, donde los votantes tienen reuniones con sus representantes y, si hace falta, se organizan y protestan.

Más allá de ideologías, la caída en picado en todas las encuestas de la valoración ciudadana sobre las políticas de Obama y del Partido Demócrata, en particular sobre el tema de la salud, se explican por la incapacidad demócrata de dar claras respuestas a los ciudadanos. Eso, además del error de querer negar la realidad de que el gasto de este plan resultará abismal como ha mostrado imparcialmente la Oficina de Presupuesto del Congreso.

Lo que los norteamericanos nos preguntamos es simple: si vamos a poder mantener o no nuestro actual plan de salud y nuestro doctor; si este plan de salud que quiere aprobar Obama también será al que se acogerán los congresistas en Washington –incluido el presidente– o si ellos seguirán con su actual programa de salud exclusivo para empleados federales; nos preguntamos también si va a haber o no racionamiento de servicios médicos, lo que sería nefasto para las personas más mayores; o si ese plan que se propone usa nuestro dinero público para el pago de abortos, por ejemplo; o también nos preguntamos si es cierto, como ha mostrado independientemente un estudio del Lewin Group, que más de 83 millones de norteamericanos perderemos nuestro seguro privado si este plan de Obama es aprobado.

Ante estas y otras muchas preguntas no hay nunca respuestas claras y la ciudadanía se ha dado ya cuenta. Varios congresistas cercanos a Obama, como los demócratas Barney Frank o Jan Schakowsky, han dicho ya que este plan tiene como objeto final alcanzar a largo plazo una total socialización del sistema de salud estadounidense, con control único en manos del Gran Gobierno. Existen también vídeos de Obama en años pasados, como este vídeo de 2003, explicando su deseo de llegar algún día a la Casa Blanca y socializar con el tiempo la medicina. Eso es justamente lo que los norteamericanos mayoritariamente no queremos porque, entre otras cosas, atenta contra el derecho a la libertad de elegir innata en los documentos fundacionales de esta nación.

Para distraer la atención, desde la Casa Blanca y el Comité Nacional del Partido Demócrata se ha dado ya orden a los congresistas demócratas de no tener más encuentros con los ciudadanos este agosto y evitar así espectáculos de clara desaprobación popular. Además, desde el Partido Demócrata culpan de la pérdida de apoyo a la "reforma" sanitaria a vídeos y movilizaciones ciudadanas que califican textualmente de "mafiosas" y que dicen estar dirigidas por una supuesta conspiración de la derecha para desinformar al público. Por si esto fuera poco, hasta el blog oficial de la Casa Blanca nos pide ahora a los ciudadanos que actuemos casi de chivatos e identifiquemos a personas y correos electrónicos que desinformen sobre la realidad del plan Obama.

Bien mirado, se podrá estar a favor o en contra del plan sanitario de Obama pero lo que no es aceptable es la actitud de la Casa Blanca y del Partido Demócrata al ubicarse más cerca de aquellas prácticas del aparatschik soviético o de los espías del castrismo y del chavismo que de la libertad innata en la democracia norteamericana. Este es el verdadero "cambio", para mal, que Obama ha traído a Estados Unidos.

Alberto Acereda es catedrático universitario en Estados Unidos y miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, correspondiente de la Real Academia Española.

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