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Alberto Recarte

4. La pérdida de competitividad

somos un país cada vez más caro, con dificultades para vender los que producimos, mientras que nos resulta más barato comprar fuera cada vez más mercancías y servicios

Alberto Recarte
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¿Por qué el fin del ciclo alcista? ¿No es verdad que una parte sustancial de nuestro gasto es inversión? ¿No nos debería proteger la inversión del futuro? ¿No debería estar aumentado nuestra competitividad? Al fin y al cabo, no todo es consumo y viajes; el esfuerzo que están haciendo las familias para adquirir viviendas y amueblarlas es espectacular, y las empresas y el estado están haciendo un enorme esfuerzo inversor.
 
Ocurre que, en la mayoría de las ocasiones, cuando el coste de algo es excesivamente bajo, lo compramos compulsivamente, pensando que es barato antes de saber si realmente nos hace falta. Eso ocurre con los tipos de interés en España, que son tan bajos que es más barato –a pesar de la subida de sus precios– pagar la hipoteca mensual que alquilar, por lo que la mayoría de los españoles se está comprando una, o más, viviendas. Y lo mismo ocurre con algunas empresas, que encuentran crédito barato para financiar su actividad, a pesar de que quizá la inversión que están llevando a cabo, o la ampliación de la plantilla, o la campaña de marketing, no se la puedan permitir o no sea suficientemente rentable. O, por poner otro ejemplo de una administración pública que invierte: el ayuntamiento de Madrid. ¿Alguien sabe si será rentable la enorme inversión que se está haciendo en la M-30? Por otra parte, ¿cómo calcularlo?
 
Simultáneamente, al subir el precio de muchos bienes y servicios más que en el resto de la Europa monetaria –como consecuencia de los bajos tipos de interés y la rigidez de nuestra economía– y más, por supuesto, que en el resto del mundo, resulta que somos un país cada vez más caro, con dificultades para vender los que producimos, mientras que nos resulta más barato comprar fuera cada vez más mercancías y servicios. Eso es lo que refleja la balanza comercial y la de servicios, con el déficit galopante al que se ha hecho referencia.
 
Se puede analizar esa pérdida de competitividad a través de tres sectores fundamentales de nuestra economía: automóviles, turismo y sector financiero.
 
El sector de automoción: Desde hace mucho tiempo, desde los últimos años del franquismo, este sector es fundamental para la economía de España. Hoy, tras crisis diversas, todas las plantas ensambladoras de vehículos, automóviles, furgonetas y camiones, son de empresas domiciliadas en el extranjero. No hay efecto sede, es decir, la protección que representa la nacionalidad del domicilio social de la empresa. Por tanto, si las grandes empresas fabrican en España es porque sus costes son más bajos que en otras partes del mundo. Por su parte, la industria auxiliar de este sector, fundamental para España, es básicamente de capital nacional. En conjunto, el sector puede suponer, según diversos cálculos, entre el 6% y el 7% del PIB nacional. La primera señal de alarma de la pérdida de competitividad fue que, a pesar de que esta industria es el primer exportador español, desde hace poco el valor de las importaciones supera al de las exportaciones. El déficit se está agudizando en 2005; ahora estamos empezando a sentir la competencia, en precios y calidad, de muchos productores asiáticos que, hasta ahora, no habían competido decididamente por los mercados europeos, donde se dirige el grueso de nuestras exportaciones.
 
La segunda, más importante, es que la producción de vehículos en España está descendiendo. En lo que va de año ha descendido el 8% el número de vehículos producidos en relación con 2004. Es la primera vez que se registra una caída brusca de la actividad. ¿La razón?, la competencia de terceros a la que he hecho referencia, los costes totales de las empresas establecidas en España, –incluidos los laborales– y, parece que incluso más fundamental, la falta de flexibilidad laboral; y un gobierno nacional que amenaza con extremar la rigidez. Un nubarrón importante, pues hablamos de la primera industria española.
 
El sector del turismo: Es difícil estar seguro de lo que está ocurriendo en los ingresos y gastos por turismo, pues la introducción del euro nos priva de información importante. Pero parece claro que el número de turistas extranjeros que vienen a España sigue aumentando, aunque su gasto real disminuya; y, mientras, los españoles viajan cada vez más al extranjero. En el primer caso parece que los ingresos del sector turístico por gasto de extranjeros pueden estar aumentando a un 2% ó 3% anual, mientras el gasto de los españoles en el exterior aumenta a tasas superiores al 20%. Consecuencia: el saldo positivo en la balanza de servicios disminuye y compensa, cada vez menos, el déficit comercial.
 
La razón de esta evolución es que nuestro magnífico sector de turismo tradicional ya no da más de sí; el sol y playa siguen siendo fundamentales, afortunadamente, porque apenas hay países en el mundo que puedan competir con España, dado el volumen de oferta y nuestra cercanía a los países ricos europeos; pero no hemos diversificado como podríamos haberlo hecho, por ejemplo, en campos de golf y en las correspondientes instalaciones hoteleras. España dispone de condiciones excepcionales para complementar el turismo tradicional con el de golf, de funcionamiento ininterrumpido durante todo el año. Y el golf es sólo un ejemplo de un turismo de calidad, con gran capacidad de gasto. Pero la demagogia de los llamados ecologistas y el temor que inspiran a nuestra clase política no ha permitido el auténtico desarrollo del turismo de golf, por lo que sigue siendo un magnífico deporte todavía minoritario entre los españoles, pero no una actividad de masas de turistas extranjeros.
 
El sector financiero: Puede parecer extraño que haga referencia al sector financiero para explicar las dificultades de nuestra economía. Se trata, quizás, del sector más moderno y más competitivo de nuestra economía. El sector financiero gana dinero tomando dinero a préstamo para, a su vez, prestarlo a otros. Esa labor de intermediación está siendo llevada a cabo con un éxito abrumador por el sector en España, y ha permitido financiar casi cualquier actividad mínimamente rentable que se les ocurre a los españoles; ya sea para comprar casas o para establecer empresas o para solicitar créditos para hacer viajes de placer.
 
Pero la petición de créditos a los actuales tipos de interés en España es tal que todo el sector se financia, en parte, en el exterior. Concretamente, el crédito está creciendo en España desde hace tiempo entre el 20% y el 25% anualmente y, de esa cantidad, aproximadamente algo más de la mitad se está tomando prestada en el extranjero. En el balance de las instituciones españolas la financiación extranjera supone ya entre el 25% y el 30% del total del pasivo. En principio, esta situación no es buena ni mala; pero si resulta que los españoles que reciben crédito del sistema financiero no lo emplean bien, en actividades suficientemente rentables, podrían no devolver parte de esos préstamos y las instituciones financieras españolas se encontrarían, en ese caso, cada vez con más dificultades para obtener préstamos en el exterior y seguir desarrollando su actividad, al margen de los lógicos problemas de rentabilidad y solvencia.

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