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América, Asia y Europa

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1. América, Asia y Europa
2. La crisis y el 11 de septiembre
3. La reactivación


1. América, Asia y Europa

El frenazo de la economía norteamericana no ha sido un fenómeno aislado. La Unión Europea no reaccionó como muchos economistas y comentaristas esperaban. Lejos de servir de contrapeso se desinfló inmediatamente, porque, además de haber cometido los mismos excesos que Estados Unidos con las inversiones en “nueva economía”, sus equilibrios internos eran precarios, su rigidez inmensamente mayor y las exportaciones a Estados Unidos eran más fundamentales –sobre todo para Alemania– de lo que sus cifras dejaban ver.

Lo destacable de este proceso en Europa es que la inversión en nuevas tecnologías no se notaban en el crecimiento de las productividad. Incluso la financiación ha sido peor que en Estados Unidos, donde una parte sustancial de la inversión fue aportada por los accionistas últimos a través de sociedades de capital-riesgo, o a través de la venta de obligaciones y pagarés de empresa. En Europa, la financiación bancaria ha sido proporcionalmente mayor que en Estados Unidos. En todo caso, las pérdidas de las familias, fondos y bancos --a nivel mundial-- han sido enormes –un millón de millones de dólares– y justifican, ellos solos, el proceso de ajuste que estamos viviendo.

Parece cada vez más evidente que no hemos tenido en cuenta el peso de la globalización económica a la hora de analizar el fin de este ciclo de crecimiento. La globalización es más poderosa y más intensa de lo que pensábamos y resulta erróneo considerar a los Estados Unidos y Europa como entidades económicas diferentes. Quizá la primera institución donde se ha puesto de manifiesto esta identidad es en las Bolsas. Las Bolsas europeas y americanas –donde se han concentrado las inversiones financieras en los últimos años– están totalmente interrelacionadas, no sólo en sus movimientos y valoraciones, sino en el papel que juegan las grandes empresas que en ellas cotizan. Ese tipo de empresas son globales y sus cambios de estrategia de inversión, o de otro tipo de políticas, se dejan sentir en el todo el mundo.

El mundo desarrollado, con la excepción de Japón, se ha movido, acompasadamente, en la misma dirección, lo que no evita –dentro de esa regularidad– que haya países más flexibles y productivos, como Estados Unidos –y la propia España en estos últimos seis años–, donde el crecimiento sea sustancialmente mayor que en el resto. Pero una crisis como ésta afecta a todo el mundo.

La desaceleración americana ha cortado de raíz el crecimiento de Asia y del resto de América, aunque el proceso de contagio ha sido diferente según la situación de cada economía nacional. Entre los países asiáticos ha sido general el frenazo del crecimiento por la caída de las exportaciones de bienes y servicios relacionados con la “nueva economía” a Estados Unidos. China, por su parte, da la impresión de aguantar sin problemas, aunque también sus exportaciones han acusado la crisis de Estados Unidos. Su posible punto débil son las entradas de capital, del orden de 60.000 millones de dólares en inversiones directas anuales que, si se vieran afectadas, influirían sobre el mantenimiento de los equilibrios fundamentales del país. Japón, por su parte, en crisis desde principios de los noventa, se ha resentido enormemente de la desaceleración norteamericana, pues se han parado en seco las ventas al exterior, casi el único renglón que seguía funcionando aceptablemente de su economía.

Al sur del Río Grande sólo hay desolación. El aumento de la incertidumbre mundial ha disparado las tasas de riesgo-país de la inmensa mayoría de los países latinoamericanos, haciendo más que probable el estancamiento de México, la suspensión de pagos de Argentina y el deterioro brasileño.


En los números del viernes y el sábado ofrecerémos los dos epígrafes siguientes del artículo "El fin del primer ciclo global".

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