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El mayor desafío

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Para quien cree, como yo, que el tipo de cambio es el precio más importante de la economía, y que, en el caso de la economía española, es aún más determinante, la reciente evolución del euro, que se cambia ya por 1,15 dólares USA, es motivo de preocupación.

En el origen de la recuperación de la economía española, a partir de 1994, están las tres devaluaciones de los dos años anteriores, a la que sumó la de principios de 1995, que fijó, aproximadamente, el tipo de cambio al que se integró la peseta en el euro.

Esta pérdida de valor de la peseta, que respondía a una previa pérdida de competitividad de la economía española, tras una serie de años en los que nuestra tasa de inflación fue muy superior a la de nuestros principales competidores, y en los que la peseta se revaluaba artificialmente, nos permitió recuperar la competitividad y como, afortunadamente, las devaluaciones fueron acompañadas, posteriormente, por una inflación decreciente, una recuperación del equilibrio presupuestario y un sustancial descenso de los tipos de interés, la economía española pudo adentrarse en la senda virtuosa de crecimiento y creación de empleo de la que todavía disfrutamos.

Desde que nos integramos en el euro, la única preocupación de los que temíamos los efectos potencialmente perniciosos de la moneda única en ausencia de reformas, era que nuestra tasa de inflación y nuestros costes laborales unitarios crecieran más deprisa que los de nuestros principales competidores y a mayor ritmo que el crecimiento de la productividad. En parte, este fenómeno negativo se ha producido, y empezamos a perder competitividad con los otros países miembros del euro, que han conseguido menores tasas de inflación y menor crecimiento de los costes laborales unitarios que nosotros.

Sin embargo, y durante los últimos años, –de hecho desde la creación del euro–, esta pérdida de competitividad se paliaba, en parte, por la devaluación del euro en relación con el dólar, que nos permitía resistir, en nuestro propio mercado y en el mercado en euros, la competencia del resto del mundo, y no sólo de Estados Unidos y de Asia. Porque, aunque es evidente que cerca del 70% de nuestro comercio se hace en euros y, por tanto, en principio no le afecta lo que ocurra en el tipo de cambio del euro con el dólar y otras monedas, también es igualmente cierto que para la mayor parte de los bienes y servicios que vendemos en Europa, el mercado y la competencia no son sólo europeos, sino mundiales, de tal forma que el tipo de cambio contribuye, fundamentalmente, a determinar la competitividad de todas nuestras exportaciones, aunque se dirijan a países con moneda euro.

Las exportaciones españolas tienen, en general, otra peculiaridad: que muchas de ellas no están apoyadas en marcas y organizaciones comerciales potentes, sino que compiten sólo por su precio; por lo cual, una variación del tipo de cambio del euro, de la magnitud de la que se está produciendo, les puede afectar significativamente. Y otro tanto ocurre con las importaciones de países cuyas monedas se devalúan en relación con el euro, que ejercerán mayor competencia sobre la industria y servicios nacionales.

No hay nada que pueda parar este proceso de mayor competencia fuera y dentro de nuestras fronteras. Es más, de entrada, los consumidores –y todos los somos– se verán beneficiados por precios más bajos o mejor calidad de todo lo que consuman. El problema se plantea en el aparato productivo español, que tendrá que hacer un esfuerzo extraordinario para reducir costes, quizá invirtiendo más y racionalizado el empleo de la mano de obra, o reduciendo los salarios.

Ha habido países, como la Alemania de después de la 2ª guerra mundial y hasta finales de los ochenta, en los que, cada vez que se producía el fenómenos de la revalorización de su moneda, se embarcaban en un proceso de inversión, modernización y ajustes, que les permitían no sólo superar ese fenómeno sino ser más competitivos, con una situación mejor para sus consumidores.

La economía española no ha conocido, históricamente, ninguna fase parecida. En nuestro caso, el proceso ha sido siempre el inverso, primero pérdida de competitividad y después devaluación. Ahora, tenemos que hacer frente a la pérdida de competitividad por la mayor inflación relativa de estos años pasados y a la revaluación del euro.

Naturalmente que el grado del desafío dependerá de dónde se fije el tipo de cambio con el dólar; a 1,15 la situación es difícil, a 1,30 sería terrible y acarrearía una situación complicadísima, sobre todo a la industria, pero también a nuestro principal servicio, el turismo. Y sólo cabe una solución: reducción de costes en las empresas, por el camino que sea, mano de obra más barata o maquinaria más eficiente, mejor organización, mayor productividad, y mejores marcas y redes comerciales.

En cualquier caso, si se mantiene la actual revaluación, a finales de año comenzaremos a sentir sus efectos negativos en el crecimiento de la economía, compensados, sólo en parte, por los menores costes de aprovisionamiento de materias primas –en primer lugar el petróleo– y el descenso de precios de bienes de equipo del área dólar.

El desafío del euro está, finalmente, llegando.


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