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La influencia del sector exterior

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El descenso del IPC, el índice de precios de consumo, hasta el 2,6% interanual, según los datos correspondientes al mes de octubre, la tasa más baja en cuatro años, es un dato importantísimo, con significación e influencia en la competitividad de la economía española y en las cuentas públicas.  La noticia es incluso mejor de lo que parece, porque también ha bajado la tasa subyacente, la inflación de fondo, hasta la misma cifra.
 
Si se mantiene esa tasa hasta finales de este año, los salarios crecerán el próximo un porcentaje parecido. Esto significaría el crecimiento más bajo en los últimos ejercicios, lo que, a su vez, ayudaría a que subieran menos los precios, con lo que nos acercaríamos al nivel medio europeo del 2%  anual. Por otra parte, se beneficiarían las cuentas públicas, ya que subirían menos los pagos por pensiones.
 
La contención de la subida de precios tiene que ver con la apertura de la economía española al exterior –la suma de exportaciones e importaciones de bienes y servicios es de alrededor del 63% del PIB. La revaluación del euro en relación con el dólar –casi un 40% desde mediados del pasado año– ha permitido importaciones más baratas y obligado a todas las empresas que compiten en el mercado a reducir sus márgenes y sus precios. Esta fortísima revaluación ha permitido, incluso, compensar la subida del precio del petróleo, que se mantiene en torno a los 30 dólares/barril –cuando el gobierno había previsto 25 dólares/barril en su cuadro macroeconómico para 2003–, así como la subida de otras muchas materias primas, ligada ésta al aumento de las compras chinas de este tipo de bienes.
 
La cruz de la moneda de la reducción de las tensiones inflacionistas es el comportamiento del sector exterior, que recoge un fuerte aumento del valor de las importaciones –alrededor del 8% en el periodo enero-agosto de 2003 en relación con el mismo periodo de 2002– y tasas de crecimiento cada vez más reducidas –un 6% en ese mismo periodo– para nuestras exportaciones. En términos llanos, este crecimiento dispar se manifiesta en que lo que consumimos los españoles se produce cada vez más en el extranjero. En términos económicos, el sector exterior está restando crecimiento, más de lo que esperaba el Gobierno, y esa tendencia es posible que se mantenga en 2004.
 
En el cuadro macroeconómico para el próximo año, el gobierno ha previsto un crecimiento del PIB del 3% y que el sector exterior reste 0,4 puntos de PIB.  De mantenerse la tendencia actual, la tasa de crecimiento sería sólo del 2,5%, porque el sector exterior restaría alrededor de un punto. Dado el grado de apertura al exterior de nuestra economía y los años de inflación acumulada, superior a la media europea, era evidente que podía producirse una situación de este tipo: un desequilibrio exterior, que no tiene las consecuencias que tendría antes de la integración en el euro (tensión en el tipo de cambio), pero que deja sentir toda su influencia en el aparato productivo de nuestra economía.
 
En un entorno internacional en el que se notan los efectos de la revaluación del euro, el empuje de las exportaciones asiáticas y el estancamiento europeo –nuestro primer mercado–, nuestras empresas no tienen más remedio que rebajar sus precios –interiores y a la exportación–, lo que afecta a sus beneficios, que sólo se podrán recomponer si se mejora la productividad, para lo cual es necesario invertir más en bienes de equipo, ligar los salarios a la situación de la empresa –en lugar de al índice general de precios de consumo–, y preocuparse de mejorar la formación de todo el personal.  El crecimiento de nuestra economía dependerá de cómo seamos capaces todos –trabajadores, empresarios y Administraciones Públicas–, de enfrentarnos a estos retos.
 

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