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Recesión

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Recesión en Alemania, Holanda e Italia. En el conjunto de la Unión Europea se impone la desaceleración y sólo unas pocas excepciones, como España, ayudan a equilibrar la situación. El diferencial español de crecimiento con la UE, que se mantenía en torno a un punto, se amplía a dos y el de inflación, que era de dos puntos contra España, pasa a uno. Difícilmente podría presentarse un panorama económico mejor para el PP ante las próximas elecciones: marcha bien el empleo, el crecimiento, mejora la inflación, las cuentas públicas se mantienen equilibradas –y el resultado de la rebaja del IRPF, en contra de todos los agoreros, es un nuevo incremento de la recaudación fiscal–, y Aznar puede proclamar que, con él, las pensiones están seguras y con la coalición PSOE-IU estarían en peligro.

Alemania es un buen ejemplo de que los excesos de intervención pública, sobreprotección social y soberbia política llevan a la recesión. Los sucesivos gobiernos alemanes, los de Kohl y los de Schroeder, llevan años comprando los votos de los electores en lugar de gobernar. Comenzó Kohl cuando, en el momento de la reunificación, regaló a los alemanes orientales un marco occidental por cada marco –sin valor– de la República Democrática de Alemania. Siguió el mismo Kohl con la aprobación de gigantescas trasferencias de rentas y subsidios a los ciudadanos del Este. Naturalmente, para que le votaran. Tomaron el relevo los sindicatos, siempre con el apoyo de la izquierda política, para obligar a que los salarios pagados en Alemania Oriental fueran similares a los de la occidental –aunque las empresas no tuvieran la misma productividad– y cuando todas estas medidas tuvieron el efecto lógico, la destrucción de lo poco que quedaba de la economía del este y el espectacular aumento de su desempleo, entró a funcionar el sistema de protección social, generoso hasta el límite con los parados y los que consiguen jubilarse.

No terminó aquí el intervencionismo público: en el momento de la aprobación de las paridades de las distintas monedas europeas que iban a integrarse en el euro, el gobierno alemán aceptó por soberbia –y España, entre otros países, como Italia y Portugal, consiguió– un euro que sobrevaloraba la capacidad competitiva alemana e incluso aprobó un presupuesto comunitario que consagraba a Alemania como la principal financiadora de la Unión. Súmese a todo lo anterior una población envejecida y el gobierno de una coalición verde izquierda y el resultado será el antiamericanismo, la parálisis económica y las dificultades del sistema de pensiones, primera de las instituciones que hace agua en Alemania. Un sistema de reparto en pensiones, como el que existe en Alemania, Francia, Italia y España, sólo se puede mantener con crecimiento, con el aumento del número de afiliados a la seguridad social. La prueba del nueve es la salud –actual y temporal, quizá hasta dentro de 10 ó 15 años– del sistema español y las dificultades de los demás. Dificultades de Francia e Italia, que tienen que soportar huelgas generales por intentar disciplinar estar partida de gasto; sin nada que ofrecer a cambio, porque los excesos del estado de bienestar corroen la iniciativa política y hunden la economía.

En este panorama, la revaluación del euro puede ser una auténtica catástrofe. Incluso para España, aunque su efecto sólo empezará a ser evidente a finales de este año. Lo que de positivo tiene este movimiento es que equilibrará las cuentas exteriores de la economía norteamericana y le ayudará a crecer más. Y sólo cuando Estados Unidos crezca con decisión podrá la Unión Europea tener esperanzas de recuperación. En el caso de España, el equilibrio de las cuentas públicas y la aportación de los inmigrantes serán los contrapesos a la depresión que viene de Europa y a la revaluación del euro. Seguiremos creciendo, pero menos.

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