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Oceanografía de la mediocridad

Da la impresión de que hay muchas personas que dirigen la vida colectiva que parecen bastante incompetentes.

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No voy a discutir la realidad del progreso material, al que nos adherimos casi todos con gusto. A nadie amarga un dulce, que ahora es una infinita variedad de sabores y colores. Lo asombroso es que, con las amplísimas posibilidades que ofrece la técnica (ahora se dice "tecnología"), hayan menguado otros valores.

Nunca como hoy han invertido más los españoles en educación, sanidad, vivienda, transporte y todo lo que facilita una vida larga y cómoda. Sin embargo, lo que sorprende e irrita es que la existencia humana no sea hoy más satisfactoria en muchos aspectos de la vida cotidiana. Lo más grave es que las piezas de cultura que actualmente se producen dejan mucho que desear respecto a las de antes. Tampoco hay que recurrir al argumento clásico de que "cualquier tiempo pasado fue mejor". Ya digo que hoy disfrutamos de más comodidades que nunca y sobre todo alcanzan a más personas. Pero hay algo en el ambiente que satisface poco, cuando se aplica uno con un mínimo de inteligencia y sensibilidad. La explicación del descontento no está en que idealicemos el pasado cercano. La prueba está en algo objetivo y comparable: puestos a disfrutar de una buena película, una atractiva novela o una obra de arte cualquiera, las producidas en los últimos años resultan bastante adocenadas. Es más, da la impresión de que la mediocridad muchos la entienden como un mérito.

Se dice que ahora se ha incorporado a la vida activa española "la generación más preparada de la historia". Puede ser por la cantidad de años educativos acumulados, pero da la impresión de que hay muchas personas que dirigen la vida colectiva que parecen bastante incompetentes. Una sola ilustración del mundo que me es más próximo. Cuando yo era estudiante universitario, los rectores de las universidades pasaban por ser personalidades eminentes. Eran figuras conocidas fuera de los muros académicos por sus publicaciones, sus aportaciones científicas, incluso su papel político. Ya me dirán hoy quiénes son hoy los rectores de las universidades españolas, oscuros burócratas. Otro tanto se podría decir de los decanos de las facultades universitarias.

Me asalta la sospecha de que lo que se premia hoy en todos los terrenos (ahora se dice "ámbitos") es la vulgaridad, la ramplonería, el mal gusto. No hay más que ver esos brazos o torsos tatuados de los futbolistas de postín, esos cantantes millonarios que solo saben aullar y contorsionarse. Decepciona comprobar el aprecio general por esa forma de arte callejero que son los grafitis. No digamos el auge de esas joyas de la intelectualidad tan aficionadas a los lugares comunes, a las muletillas de "ciudadanos y ciudadanas" y otras fórmulas políticamente correctas. Ya no se estila un mínimo de elocuencia, ni siquiera en la grey de los políticos en las Cortes. Da vergüenza que se vean obligados a leer hasta los discursos más anodinos, las declaraciones más hueras. Tampoco es que las piezas así escritas vayan a pasar a las antologías. Hace unas cuantas generaciones era frecuente que los políticos escribieran libros. No creo que esa capacidad se repita en la generación actual, por muy preparada que esté y más másteres acumule. Lo suyo no pasa de teclear continuos tuits, que ni siquiera exigen una autoría clara. También hay amanuenses o negros para tuitear.

Si bien se mira, el triunfo de los mediocres se debe a que se impone el valor de no destacar mucho. Así es en el sistema de enseñanza, donde se ha desterrado el impulso competitivo. No hay más que ver el criterio predominante de que los becarios de la enseñanza universitaria pueden conseguir y renovar sus becas con suspensos a sus espaldas. Y eso que hoy es fácil aprobar cualquier asignatura, puesto que las exigencias de trabajo son mínimas. A las organizaciones educativas les interesa que sus alumnos egresen como sea. Se parecen más bien a las fábricas de patatas fritas.

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