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Liberalismo social y progresía

El centro existe. El problema es buscarlo donde no está.

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Laicismo, eutanasia y aborto, o como dicen los socialistas, aconfesionalidad, muerte digna y derechos reproductivos. Estos son los ases que ZP se reserva para su segunda legislatura, la del paro, la inflación, el déficit presupuestario y la alianza con el castrismo. Mientras tanto, los congresistas del PP pierden el tiempo enzarzándose en intensos y acalorados debates sobre la conveniencia o no de dar el sí a los matrimonios gays.

El heroico combate terminó en tablas con cierta ventaja para los partidarios del matrimonio para todos (la ponencia política no dice ni sí ni no ni todo lo contrario). En cambio, casi nada sobre cuestiones de vida o muerte con las que ZP pretende alcanzar su tercera victoria electoral. En este sentido, la línea del nuevo PP de Rajoy es claramente continuista, o sea, aznarismo en estado puro. Por desgracia, cabe esperar que también en este punto algunos critiquen a la nueva dirección popular por lo mismo que una vez elogiaron a Aznar.

A principios de los años 90 asistí a una conferencia del entonces candidato del PP en la que éste expuso de forma brillante las ideas que luego plasmaría en su libro La segunda Transición. En el turno de preguntas, una persona se interesó por la postura de Aznar respecto del aborto. Los gritos y abucheos de buena parte de la concurrencia impidieron que el interpelante completase su pregunta. El conferenciante se hizo el sordo y pasó a la siguiente cuestión.

Pero como dice la nueva secretaria general del PP, mejor no entretenernos con el pasado y centrarnos en el futuro. El del PP pasa necesariamente por la formulación de una respuesta clara y coherente a la noción de "derechos reproductivos" que los socialistas pretenden colar para justificar el aborto libre. Que yo sepa, el Estado no prohíbe a nadie tener hijos, bien sea de forma natural o recurriendo a la tecnología. Además, casi todos los españoles se muestran contrarios a la liberalización total del aborto, y una clara mayoría está a favor de restringir los supuestos de despenalización, o al menos evitar los abusos y el fomento de la insensatez.

Respecto al laicismo, la Constitución establece la separación entre el Estado y las religiones y toma en cuenta la situación especial del catolicismo, que según las encuestas sigue siendo mayoritario. Que el Estado se dedique a subvencionar todos los cultos es perfectamente legal aunque algunos lo cuestionemos. Otra cosa es la prohibición de manifestaciones religiosas en público o el ateísmo militante disfrazado de aconfesionalidad. Como en el caso anterior, la tarea del PP consiste en clarificar ideas y proporcionar a sus portavoces un argumentario conciso y eficaz que saque a relucir las falacias de una izquierda que ha adoptado un rumbo que poco tiene que ver con la libertad y los derechos humanos.

Sería aconsejable que la oposición acuñase un discurso propio dirigido a la mayoría y que además defendiera un liberalismo social no reñido con la responsabilidad ni enemigo de la religión. Debe renunciar a las subcontratas y evitar la retórica bélica que le hará parecer lo que no es. Esto sí que sería una ruptura, por lo demás justa y necesaria, con el pasado de una derecha liberal acomplejada, ora por los progres, ora por los neo-apostólicos. El centro existe. El problema es buscarlo donde no está.

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