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Ben Laden empieza a percibir el fracaso

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La proclama que Osama ben Laden dirigió este sábado contra los líderes árabes que apelan a las Naciones Unidas para resolver algunos de sus problemas internacionales puede ser indicativa de su percepción de que sus planes están fracasando. Se alza contra los gobiernos árabes porque sus llamadas a la revolución islámica no han recibido más que respuestas política y militarmente insignificantes.

Por eso salió a final de octubre con su llamamiento a derribar el régimen de Pakistán. Un vuelco en ese inmenso país musulmán en favor de Ben Laden y los talibanes hubiese frustrado cualquier esperanza de pronto éxito de la coalición internacional, y hubiera constituido la mejor bandera de enganche para la revolución islámica. Los indicios de que el régimen dirigido por el general Musharraf se mantiene firme en su apoyo a la coalición internacional no pueden haber escapado al análisis de Ben Laden. Percibida esta imprevista realidad, ahora afina la puntería sobre los gobiernos árabes, so pretexto de que los que buscan la solución de los problemas de sus países en las Naciones Unidas son infieles al Islam. Y les acusa de acudir a una institución que por una resolución de 1947 dio nacimiento legal al estado de Israel.

Esta llamada y denuncia no es sino un pretexto para encubrir su voluntad de castigar a esos regímenes, que en general han tenido éxito en derrotar los movimientos de disidencia interna protagonizados por los islamistas revolucionarios. Tal éxito augura un nuevo fracaso de Ben Laden. Este hombre parece hallarse en un estado de frustración tal que ha perdido de vista lo poco que tienen que ver las Naciones Unidas con la creación o solución de los problemas del mundo árabe. Aunque su furor anti-ONU recuerda el odio que sentía Adolfo Hitler por la Sociedad de Naciones, su análisis de lo que significan las Naciones Unidas carece de fuerza de convicción y de apelativo para las masas árabes. Se puede representar, si se quiere, a los Estados Unidos como el Gran Satán, y con esa ominosa imagen estimular el odio de los buenos creyentes, pero no es fácil hacer que lo dirijan contra una organización burocrática y, en líneas generales, carente de todo contenido emocional.

El problema para Ben Laden es que los estados árabes han resistido hasta ahora con bastante éxito los embates del extremismo islamista. Argelia, que casi la tenían ganada los integristas, se les ha escapado definitivamente de las manos. En Egipto, mal que bien, fuerzas políticas islamistas moderadas han sido cooptadas dentro del sistema político, al tiempo que se persigue del modo más implacable a los extremistas, quienes, aunque no inactivos, ya no plantean ningún desafío crítico al gobierno. En Arabia Saudí, foco de lo que para Ben Laden es el colmo de la abominación, sus acciones no han provocado sino sordas muestras de protesta, sin mayor alteración hasta ahora. Jordania se mantiene firme en un camino pro-occidental y tendente a la democracia, lo mismo que Túnez bajo férreo control civil y militar, así como algunos emiratos del Golfo que prueban las primeras aguas de una modesta apertura política. Siria y Libia han demostrado durante muchos años que saben cómo tratar a los extremistas que se salen de los límites marcados por el gobierno.

Quizás Ben Laden empieza a darse cuenta de que se está quedando arrinconado en la covacha más sórdida del mundo musulmán, el Afganistán de los talibanes, foco de infección ideológica y política que asusta a cualquier gobierno u organización política medianamente sensata, y que quiera cumplir un programa propio y no el que le dicta ese maníaco de la denuncia profética.

No pueden descartarse nuevos golpes espectaculares de Al-Qaeda, pero no parece que haya que temer la subversión del orden internacional por espectaculares métodos terroristas, por muy dañinos que sean.

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