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Geopolítica del siglo XXI

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El juego diplomático que los Estados Unidos vayan a seguir después de Afganistán será decisivo para llenar o no el vacío geopolítico de Asia Central. Si ese vacío continúa, nada garantiza que no surgirán nuevos talibanes, y que las Al-Qaeda del mundo no reconstruirán sus bases.

El geógrafo inglés Halford Mackinder concibió esa región del mundo como el heartland continental. La potencia que lo controlase se aseguraría el dominio del mundo y arrebataría la preeminencia económica a las potencias marítimas. Durante los años cincuenta y sesenta del siglo XX pareció que la Unión Soviética podía llegar a controlar el heartland. Y el derrumbe de la URSS, veinte años después, produjo un vacío abismal. ¿Puede colmarse ese vacío sin que se implante en ese espacio otra potencia hegemónica? Entre las formas clásicas de estructuración del sistema de naciones hay una que lo evita: es el concierto de naciones interesadas o, más claramente, de las grandes potencias.

El análisis geopolítico moderno tiene la ventaja, sobre el de principios del siglo XX, de que dos de los predicados esenciales de éste no tienen sentido alguno en nuestros días. Esos principios eran: 1) el estado sobrevive sólo cuando la sangre/raza se expande por nuevos espacios (Haushofer); 2) el estado sólo asegura su supervivencia si es autosuficiente (la autarquía de Kjellén).

Ninguno de esos dos postulados tiene validez en la geopolítica de Asia Central. Espacio hay demasiado y gente demasiado poca. Además, la autarquía asfixia su vida económica. Lo que se echa de menos es, precisamente, el elemento vital que los geopolíticos daban por supuesto: el estado bien constituido. Los estados existentes padecen debilidades críticas y carecen de recursos para muchos de sus proyectos nacionales básicos. Esto ocurre con las grandes potencias como Rusia, China, Irán o Pakistán, y con las menores. La competitividad entre las grandes suele dar ocasión a las pequeñas para promover el caos, como muestra Afganistán.

La insuficiencia de recursos que padecen las grandes potencias de la zona se pone de manifiesto en la incapacidad de formar capital a partir de la energía del Caspio y de otras áreas. Desenredar la maraña de proyectos conflictivos de oleo/gaseoductos ha sido definido como el “nuevo juego geopolítico”. Un juego que se ha comparado con el que se desarrolló entre la primera y la segunda guerra mundial por el petróleo del golfo Pérsico, pero con la notable diferencia de que el nuevo es más peligroso, pues están interesadas en él la mayoría de las potencias nucleares.

Puede que haya llegado la oportunidad. El desafío terrorista lanzado desde Afganistán ha reducido de categoría las tensiones de las potencias de Asia Central. El acercamiento de la OTAN a algunas de las potencias menores ya no es visto con desconfianza por Rusia. Ésta es aliada de los Estados Unidos en el trance, sin que su prometedora relación con China haya sufrido por ello. Ésta última da muestras de impasibilidad ante lo que pasa porque se ve a sí misma como potencia marítima del E y del SE del continente; del Asia Central quiere, ante todo, estabilidad y energía.

Los Estados Unidos pueden tener en sus manos la piedra angular que permita la constitución de un nuevo concierto. No tienen interés en ocupar espacio, sino sólo asegurarse el acceso a la región. Tienen los recursos para dar salida al potencial energético y otras materias primas de la zona, hoy infradotados y obsoletos. Es la potencia externa con que todos desean contar para mejorar su posición en el equilibrio global. Para mantener su papel clave sólo tienen que mostrarse equidistantes de todas las potencias presentes, un poco como la Inglaterra garante del concierto europeo del congreso de Viena.

Contra este hipotético cuadro de equilibrio en el corazón de la masa euroasiática se alzan las tensiones provenientes de la periferia, en la línea clásica de la geopolítica: el litoral frente al interior. ¿Se verán China y los Estados Unidos alienados por causa de Taiwan o Norcorea? ¿Se decantarán los Estados Unidos por la alianza estratégica con India en detrimento de Pakistán? ¿Seguirá Irán absteniéndose de desarrollar su papel de gran potencia regional por resentimiento ideo-religioso? ¿Jugará la India a potencia centroasiática, comprometiendo su papel en el Índico? ¿Verá Europa en Rusia un factor de estabilidad para Asia Central, o preferirá competir con ella?

Responder a esas preguntas nos irá desvelando la forma y el espíritu que tendrá el siglo XXI.

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