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Podemos: camino al Poder

Fingirá ignorar o confundir a Ciudadanos, porque es la única formación que le disputa el voto de la regeneración.

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En agosto de 2014, un periodista con aldabas me confesó que una amiga suya vicepresidenta del Gobierno –¡no me dio más señas!– confiaba aún en el miedo a Podemos como estrategia política. No lo podía creer: a esas alturas, el camino y posibilidades de crecimiento del grupo de Somosaguas eran fácilmente previsibles. No hacía falta ser un genio: bastaba saber un poco de historia, conocer las carencias y debilidades de la sociedad española… y leer y escuchar las abundantes explicaciones y propuestas que las nuevas estrellas de las tertulias habían grabado y difundido durante años por internet en tesis, artículos, foros, charlas y celebraciones etílico-revolucionarias.

Lo que documenté entonces en mi libro ¿Podemos? –publicado pocas semanas después– no ha hecho más que confirmarse. Y no por la brillantez del grupo de Iglesias, confeso admirador de Lenin: como su emulado socialdemócrata, don Pablo fue sorprendido una y otra vez por la contumacia de sus adversarios. Pese a la torpeza de Monedero y los aún sucios trapos de los amigos venezolanos e iraníes –Iglesias justificaba su generosa ayuda en razón de tener enemigos comunes, denominándose a sí mismo "el tren sellado"–, el líder de Podemos contemplaba asombrado el empeño del Partido Popular en ser representado por personajes rancios, cuando no por alguno de los más traicioneros mercenarios de la información. El PSOE deambulaba entre la crisis de identidad, la nada existencial y la lucha por liderarlas. Izquierda Unida, por último, era dirigida por quienes estaban al servicio del poder emergente. Así se las ponían al Rey Felón.

De las semillas de la estafa arriolista, sembradas en el fértil campo del maniqueísmo zapaterista, nacieron bajo la sombra de Podemos criaturas de toda forma y color, más o menos agraciadas. Y es que, aun en el caso de que no alcanzase sus objetivos, la promoción de la flor y nata de los movimientos radicales dejará huella en España durante muchos años. Ya explicaba en 2013 Pablo Iglesias que lo esencial de personas como Ada Colau no era evitar desahucios, sino conseguir que los españoles cuestionasen la propiedad privada, clave del capitalismo. Socavar nuestro escasamente libre mercado, la ya frágil unidad de España, la irreconocible democracia liberal o la tambaleante monarquía era atender en lo posible la queja de Jaime Pastor, fundador de la Liga Comunista Revolucionaria y de Podemos, que denunció la aceptación de tales bases por la izquierda radical como una "traición histórica".

Esos personajes y planteamientos han accedido por el momento a un poder y unos recursos que, con la excusa de servir a "los de abajo", contribuirán a deteriorar las ya endebles bases de nuestra libertad y prosperidad.

La decisión de Podemos de presentarse con sus siglas solo a las elecciones a comunidades autónomas no solo le permitió controlar casi por completo sus propias candidaturas, también distanciarse de las derrotas y asumir las victorias de las candidaturas de unidad popular. No se trataba de dominarlas, sino de capitalizar sus éxitos de cara a la única cita importante para sus líderes: las elecciones generales.

Aunque hoy acepte la posibilidad de un escenario alternativo, Iglesias ya explicó en 2013 a sus seguidores que el radicalismo que se enorgullece de encarnar solo puede conquistar el poder a la disfrazada manera leninista –ofreciendo paz y pan en vez de comunismo– y en condiciones excepcionales. Esta ventana de oportunidad podría no durar, y por eso es tan relevante el asalto electoral de 2015. La clave de todas sus decisiones.

A ello se subordinará su política tanto de pactos como de programas de gobierno local o regional. Son estas las administraciones que con más facilidad pueden llegar al ciudadano empleando menos recursos. Personajes como Colau o Carmena dedicarán en los próximos meses toda la publicidad y los pocos recursos de unos ayuntamientos y comunidades autónomas con presupuestos aprobados y casi ejecutados a mostrar su sensibilidad, fiabilidad y eficacia social. Les bastará mostrar muchas intenciones y algún logro: planes para subsidiar unas semanas o meses el alquiler o préstamo de personas amenazadas de desahucio, parches a la pobreza enérgetica, gestos públicos hacia los comedores sociales de todo tipo que calladamente cubren la más básica necesidad, usos sociales de emergencia de recursos municipales como escuelas infantiles o centros de educación primaria, altavoces para la gente a la que nuestros nefastos políticos ha ignorado siempre… Tal es el hartazgo político que a Kichi le bastará mantenerse sobrio para llegar a diciembre con una legitimidad aún mayor que la que la izquierda se atribuye solo por serlo.

La política de pactos es la otra pata de la estrategia de Podemos. En este erial ideológico, Iglesias justifica sin escándalo su sectarismo en esta materia. Fingirá ignorar o confundir a Ciudadanos, porque es la única formación que le disputa el voto de la regeneración. Impedirá que gobierne el PP, porque la derecha es malvada solo por serlo. Gobernará con el PSOE donde Podemos sea fuerza mayoritaria, pero no en el caso contrario porque sería reforzar al partido que pretende absorber. En justa correspondencia, el PSOE hará lo que Podemos precise para fagocitarle. Pero su relación será distinta y privilegiada –así lo ha anunciado Pablo Iglesias– con grupos radicales o independentistas. Para entenderlo basta retrotraerse a la oferta de acción concertada que, poco antes de constituirse Podemos, hacía Iglesias a todos los enemigos del sistema o de la nación. En su famosa charla en la herriko taberna de Pamplona, en 2013, el líder radical invitó a cada una de las fuerzas que cuestionaban las bases del sistema –el capitalismo, la democracia burguesa o la unidad de la nación española– a colaborar para conseguir todas ellas sus objetivos con ocasión de la crisis económica y política. Ahora saben que hablaba en serio.

Aun si toda esta estrategia fracasase, los daños serían enormes. Es cierto que la nueva situación estimula la regeneración de las grandes fuerzas políticas que han monopolizado la representación política, tolerado la corrupción y despreciado a la gente. También que impulsa a los ciudadanos a apoyar a quienes encarnan de forma creíble la regeneración. Pero la renuncia del Partido Popular a defender, difundir y aplicar valores y principios conservadores o liberales y el veto efectivo a que éstos se defiendan dentro o fuera de él ha llevado a la perversa situación de que la única alternativa exitosa a un partido de centro-derecha sea una formación socialdemócrata como Ciudadanos. Es el corrimiento al rojo de la política española, cuyo culpable es una derecha que renunció a ideas, principios y valores aunque dispusiera de un ilimitado poder para defenderlos. El peor crimen del arriolismo será desacreditar durante décadas las políticas conservadoras o liberales sin haberlas aplicado o defendido jamás.

Mientras Iglesias prepara la verdadera batalla, comienza el buenismo y adoctrinamiento de quienes, desde las administraciones locales, serán sus aliados objetivos. Manuela Carmena, que cree indiscutible su derecho a la alcaldía pese a haber perdido frente a Esperanza Aguirre, ha manifestado ya que "hay colectivos que se niegan al cambio porque tienen miedo, porque no tienen seguridad en sí mismos o porque no se les ha enseñado a ser valientes", y que su tarea será "seducirles".

Tal es la fe de quienes emplearán los recursos públicos –nuestro dinero– en seducirnos y atraernos hacia la Verdad que algunos nos resistimos absurdamente a aceptar. Frente a ello, Ciudadanos –único obstáculo simbólico entre Iglesias y la Redención– carece de tiempo, estructura y brújula, como poco. El Partido Socialista, en clara actitud totalitaria, tiene como único principio no pactar jamás con los populares. Y el Partido Popular, manejado de forma autoritaria por un presidente cuyo índice de aceptación es aún menor que su esfuerzo por aumentarlo, se dispone a liquidar a quienes le estorban y en sacar en la televisión un poco más a Pablo Casado y un poco menos a Floriano. Algo es algo.

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