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El arranque

¿Por qué no podría caernos aquí, de milagro, una democracia liberal de corte garantista? De cariz imparcial, transparente y contable, según envidiamos de sociedades plurales y adultas.

Bernd Dietz
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Rajoy querrá presuntamente acertar y ello, unido a las virtudes que cabe presuponerle y a la esperable atenuación transitoria de nuestro progresismo panoli, podría favorecer a medio plazo al país. Claro que, por ahora y durante la purga de errores oceánicos en ciernes, la cual se acrecentará, demoscopia mediante, tras las elecciones andaluzas, habremos de pagar las consecuencias de no haber hecho nada contra la crisis después de 2007. Ni antes, obviamente, excepto alimentarla. Nada, sino figurarnos que no iba con nosotros, los acurrucados bajo la capa de Supermán Zetapé, la dolencia de aquellos desabridos luteranos del individualismo capitalista, fríos ante la comodidad del compadreo. Amén de exacerbarla con memez dizque keynesiana (cual si milord fuese ejte trilero), primero triturando la bonanza económica legada por Aznar y luego agigantando la sima de la deuda sobre la que permanecemos colgados de la brocha, qué monería.

Nuestro primer ministro halla desplegado ante sí, para irse diferenciando del bombero torero y sus tronchantes enanos, un chocarrero repertorio de estupideces, bellaquerías, mentiras, dilapidaciones y traiciones. En el contraste deseamos confiar. Empero, cuando los doctores son remisos a actuar por miedo o interés y Moratinos, ese orador profundo, se atreve a pedirle promoción al gobierno, cunde el concepto de que el enfermo podría empeorar o encabritarse si le administran placebos. Esto es, si se limitan a aplicarnos curanderismos asequibles, por su inanidad y bajo coste para ellos, para los que cortan el bacalao y son coautores, con Zetapé y sus mariachis paritarios, de la ruina nacional: urdangarinismo, taifas, plutócratas, chusco irredentismo de tramoya y, cómo no, ínclitas cloacas ubérrimas.

Lo que se visibiliza en Justicia, Interior y demás monopolios de la pólvora suscita temores en dicha dirección. Pues lo que conviene al continuismo y transversalidad de la casta dominante, de la que el gobierno de turno es una muleta, no beneficia al populacho. En especial, al sector minoritario de tercos, indiferentes a la televisión, que aspiran a que exista honestidad y justicia en dosis perceptibles. Quienes preferirían puestos a pedir, como si fuesen gitanas rumanas aparcando coches con el churumbel en la ubre y la beatísima bendición del barrio y la autoridad municipal, menos cambalache y más miga.

Los que aman a España de forma voluntaria, y no porque no tengan otro lugar donde caerse muertos, sufren con el papelón colectivo que llevamos siglos representando. Incluso estarían dispuestos, de haber líderes potables, a dejarse la piel por afianzar la patria, siempre que mostrarse trabajadores y decentes no prosiguiese siendo equivalente, según llevamos confirmado, a achicar agua con un cesto y atraer además sobre nosotros las sentidas represalias del rencor tribal. Por ejemplificar, cuando la factura del latrocinio institucional y del cuento de la lechera a propósito del crédito se la endosan ahora a quienes, crucificados como insolidarios, se han esmerado ahorrando, levantando empresas solventes o ejerciendo con mérito una profesión útil. Los que, guardando recursos al no haberlos malgastado, carecen de blindaje para defenderse de nuestra nomenclatura vampírica. La de tirios o troyanos.

¿Por qué no podría caernos aquí, de milagro, una democracia liberal de corte garantista? De cariz imparcial, transparente y contable, según envidiamos de sociedades plurales y adultas. Sin el denigrante sí, bwana, esas reverencias a la sinvergonzonería inherente a derecha e izquierda, para que te desangren menos. Sin testimoniar nuestra adhesión a que es verdad la mentira, aunque provenga de arriba. Sin que resulte aconsejable callar o ser hipócritas para poder sobrellevar la cotidianeidad y encauzar a nuestros hijos hacia algo que no sean los sobreentendidos de las marañas caciquiles. ¿Cabría dejar constancia de tal súplica en estas dadivosas fechas, en las que RTVE sigue, ignoramos por qué, consolando cariñosamente al PSOE?

Bernd Dietz es catedrático de Filología Inglesa y escritor.

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