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Así, recomienda subsidiar la minería "cuyo impacto social en ciertas regiones es muy significativo", pero no conjetura cuán significativo es el impacto social de los impuestos que hay que recaudar para sufragar dicho subsidio.

Carlos Rodríguez Braun
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El siglo XIX se ha convertido en adjetivo peyorativo, que adjudica todo lo malo precisamente a lo que tuvo de bueno: su liberalismo. La corrección política, en cambio, cree que lo bueno es recortar la libertad, algo que no se proclama abiertamente sino disfrazado de "social". Así, Oscar Alzaga destacó en El Mundo que nuestra Constitución define en su artículo primero a España como una economía "social" de mercado, y no como una economía "decimonónica". Vade retro, siglo XIX. Alguna vez he escrito que algo raro le debe suceder a nuestra percepción histórica, porque cuando pensamos en el siglo XIX pensamos en un niño trabajando catorce horas en una mina, pero cuando pensamos en el siglo XVIII pensamos en un jardín, un palacio y una sinfonía de Mozart.

El "buenismo" drena la percepción incluso de personas inteligentes como don Oscar, y obliga a emitir juicios vanos o contradictorios: en la economía social de mercado "los intereses de los individuos y grupos económicos han de conjugarse con el interés general". Alzaga no nos explica por qué es tan obvio que dicha conjugación no pueda obtenerse merced a la libertad. Peor aún, no nos explica por qué el recorte de la libertad carece de consecuencias no plausibles. Así, recomienda subsidiar la minería "cuyo impacto social en ciertas regiones es muy significativo", pero no conjetura cuán significativo es el impacto social de los impuestos que hay que recaudar para sufragar dicho subsidio.

Eso sí, nos asegura que la energía es un sector (¿no lo adivina?) "estratégico".

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