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Carlos Rodríguez Braun

Tópicos navideños

una alegría que, por cierto, Él se cuidó bien de cultivar cuando el momento era propicio. Por ejemplo, en las bodas de Caná no convirtió el agua precisamente en ginger ale.

Carlos Rodríguez Braun
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Alguna vez sucede que en una entrevista las preguntas son más llamativas que las respuestas. Esta semana respondió en El Mundo don Raúl Berzosa, el obispo auxiliar de Asturias, con mesura y destreza, a preguntas de Elena Pita, de este tenor: “¿Cómo se compatibiliza éticamente el consumo desenfrenado con el espíritu cristiano de igualdad y justicia?”

El desenfreno, por supuesto, es condenable, en el consumo y en cualquier cosa, porque el desenfreno es malo en sí mismo, y la R.A.E. lo define de esta manera: “Desmandarse, entregarse desordenadamente a los vicios y maldades”. Por lo tanto ¿cómo puede una persona, y mucho menos un obispo, aprobar el desenfreno?

La trampa, claro está, no estriba en oponer el espíritu cristiano de igualdad y justicia contra el desenfreno sino contra el consumo, y en creer que en Navidades todo el consumo es depravado. Veamos, doña Elena, el consumo no es maligno, y mucho menos en estas fechas, cuando está asociado a virtudes y circunstancias sociales afables como la familia, las amistades, las reuniones y los regalos. Y lo normal es que la gente sea cuidadosa con su dinero a la hora de gastarlo. Si se dedica a comprar ahora y no en otro momento es que resulta que ahora son las muy cristianas fechas de Navidad y Reyes. ¿Cuándo pretende usted que gastemos?

La manía antiliberal y políticamente correcta de castigar a los ciudadanos pintándolos como derrochadores extravagantes y perversos no sólo no encaja con la realidad sino que es justo lo que los enemigos de la libertad necesitan como excusa para coartarla, alegando que los ciudadanos somos unos mentecatos consumistas, presos de una “potentísima maquinaria comercial”. Le ruego que piense que nuestro Señor Jesucristo murió en la cruz por nuestros pecados, pero su nacimiento es motivo de justa alegría, una alegría que, por cierto, Él se cuidó bien de cultivar cuando el momento era propicio. Por ejemplo, en las bodas de Caná no convirtió el agua precisamente en ginger ale.

Otra pregunta de la señora Pita fue: “¿Cómo se siente usted paseando por la calle Serrano de Madrid: luces por doquier, comercios abarrotados, gente exhausta de gastar?” Otra vez, doña Elena, piense si deberíamos celebrar que en la calle Serrano no hubiera luces, los comercios estuvieran vacíos y la gente no gastara nada. Y todo eso, ¡en Navidad!

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