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Cayetano González

El negro futuro de Vox

Pienso que Vox se tendría que replantear muy a fondo el sentido y el objetivo de su existencia, en unos momentos tan especiales y delicados para nuestra nación.

Cayetano González
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Pienso que Vox se tendría que replantear muy a fondo el sentido y el objetivo de su existencia, en unos momentos tan especiales y delicados para nuestra nación.

El pasado 25 de mayo casi un cuarto de millón de españoles votaron en las elecciones europeas a un nuevo partido que había nacido cuatro meses antes impulsado por excargos públicos del PP como Alejo Vidal Quadras o Santiago Abascal, por el filósofo José Luis González Quirós, por el exministro de UCD Ignacio Camuñas o por personas tan queridas y admiradas por muchos españoles por haber sufrido en sus vidas el azote del terrorismo como José Antonio Ortega Lara o Ana Velasco Vidal Abarca.

Ese resultado no fue suficiente para que Vox obtuviera representación parlamentaria en Bruselas. Se quedó a muy pocos votos, pero objetivamente fue un mal resultado, ya que los promotores de esta nueva formación política esperaban recoger una gran parte del electorado descontento del PP, que lo había y mucho, como quedó demostrado por el pésimo resultado obtenido por los populares en esas elecciones. Pero el desencantado votante popular decidió mayoritariamente quedarse en casa, y los que optaron por ir a las urnas para castigar a Rajoy dispersaron su voto entre diferentes candidaturas, fundamentalmente Ciudadanos, UPyD, también Vox e incluso Podemos. A ese mal resultado electoral también contribuyó el boicot al que fue sometido el joven partido antes y durante la campaña electoral por parte de los medios de comunicación afines al PP, temerosos de que el daño que pudiera causar en las filas populares político fuera mayor del que luego resultó ser.

A partir de las elecciones de mayo, los problemas en Vox no han hecho más que aflorar: primero fue el apartamiento del que fuera cabeza de lista en las europeas, Alejo Vidal Quadras; después la denuncia pública hecha por una de sus caras más conocidas, Cristina Seguí, de comportamientos si no irregulares al menos muy poco estéticos del presidente provisional, José Luis González Quirós, al haber cobrado una cantidad importante de dinero a través de una empresa de consultoría suya y de su hijo por servicios prestados al partido durante la campaña electoral; y por último el posicionamiento público de Vidal Quadras en favor de una posible entente con Ciudadanos y UPyD, lo que le ha valido la desautorización del número dos, Santiago Abascal, que le ha invitado a abandonar el partido.

El espectáculo dado por Vox durante el recién finalizado agosto ha sido de todo menos edificante. Un partido nuevo, que nace esgrimiendo, entre otras banderas, la de la regeneración de la clase política y la transparencia y la democracia en el funcionamiento interno no puede permitirse el lujo de reproducir a pequeña, mediana o gran escala los mismos vicios y errores que cometen los viejos partidos. El daño que se ha hecho Vox a sí mismo, en términos de descrédito y de desconfianza entre sus militantes, simpatizantes y votantes, ha sido enorme. Por eso, aunque no es la única causa, con un Congreso en puertas dentro de veinte días, el futuro de esta joven formación es muy negro.

Pero es que, además, y esta es una razón ajena a los comportamientos censurables, Vox ha tenido la mala suerte de nacer en un momento en el que en España no se mira a la derecha, sino a la izquierda. El tsunami en el mapa electoral se ha producido... y lo que todavía queda por llegar desde la izquierda. Podemos se ha llevado por delante a IU y a Rubalcaba, y en intención de voto está a punto de superar al PSOE, como ponía de manifiesto la encuesta publicada este domingo por El Mundo. La formación de Pablo Iglesias es ya en estos momentos el referente principal para una parte importante del electorado de izquierdas, y de momento el PSOE y su nuevo líder, Pedro Sánchez, no han dado muestras, todo lo contrario, de reaccionar a este fenómeno. El apoyo estival de Susana Díaz -"Creo en la inocencia de Pepe Griñán y de Manolo Chaves" dijo textualmente en los casos de los ERE de Andalucía- son de las cosas que incrementan a paletadas la cosecha de votos de Podemos.

En la derecha, después del batacazo electoral de las europeas, tampoco hay visos de reacción. El PP, haciendo las cosas mal y con un líder al que le aburre hacer política y que tiene muy poca empatía con su electorado, mantiene una intención de voto en torno al 30%. Con eso, si Rajoy se atreve a hacer en solitario la reforma electoral de cara a las municipales, le podría ser suficiente para tener un resultado apañado en las locales y autonómicas del próximo año. Otra cosa será en las generales de meses más tarde.

Por eso, personalmente pienso que Vox se tendría que replantear muy a fondo el sentido y el objetivo de su existencia, en unos momentos tan especiales y delicados para nuestra nación. En teoría, hay motivos más que suficientes para justificar la necesidad de la existencia de una formación como Vox, a la derecha del PP, que defienda lo que este partido de forma suicida ha dejado de defender. Pero en la práctica, en el momento presente, su viabilidad es muy complicada. En algún momento una formación como Vox será necesaria, pero quizás ese momento no ha llegado todavía.

Las elecciones municipales y autonómicas de la próxima primavera van a ser una pugna a cara de perro entre el centro-derecha representado por el PP y las formaciones de izquierda, sobre todo el PSOE y Podemos. Si Vox decide presentarse a esas elecciones, aparte de la dificultad objetiva que tendrá para elaborar candidaturas de cierta solvencia en todo el territorio nacional, correrá el riesgo de volver a tener un mal resultado electoral, y eso sería su tumba definitiva. En cualquier caso, decidan lo que decidan los militantes y dirigentes de Vox, que es a quienes corresponde decidir su futuro, este será todavía más complicado si siguen cometiéndose errores del tenor de los que se han cometido y conocido en las últimas semanas.

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