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El PNV, Basagoiti y Quiroga

El PP vasco tiene que volver a hacer de la defensa de los principios y valores que le hicieron grande su principal seña de identidad.

Cayetano González
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Si yo fuera Arantza Quiroga, leería con detenimiento, subrayaría con rotulador rojo y, sobre todo, haría todo lo contrario de lo que el presidente del PNV, Andoni Ortuzar, ha dicho que tiene hacer la que este martes se convertirá de forma oficial en sucesora de Antonio Basagoiti al frente del PP vasco. Una sucesión cocinada en un reservado del restaurante El Caserón de Vitoria por el propio Basagoiti con los dirigentes provinciales de los populares vascos y apoyada por Rajoy y por María Dolores de Cospedal desde los despachos de Moncloa y Génova. Es decir, todo muy democrático y, sobre todo, abierto y participativo para los cerca de 6.200 sufridos militantes del PP del País Vasco.

Ha dicho Ortuzar que Basagoiti, durante los cinco años en que ha sido el líder de los populares vascos, "ha contribuido a democratizar al PP vasco, que en los años anteriores iba a una peligrosa deriva que le llevaba a situarse al borde, pero por fuera, de la democracia". Y, claro, para Ortúzar, ¿quines fueron los principales responsables de esa supuesta deriva antidemocrática? La respuesta es muy sencilla y previsible en la mente de un dirigente del PNV: nada menos que el tridente formado por José María Aznar, Jaime Mayor Oreja y María San Gil, a los que acusa de haber demonizado políticamente al PNV: incluso les habría faltado muy poco para legalizarlo.

Se olvida Ortuzar que en aquellos años, entre otras menudencias, el PNV, después del asesinato de Miguel Ángel Blanco en julio de 1997, abandonó el bando de los demócratas y se fue a Estella a pactar con ETA la exclusión del PP y del PSE de la vida política vasca. Pero eso debe ser un tema menor para el dirigente nacionalista. Para acabar de arreglarlo, Ortuzar ha lanzado otro piropo envenenado al actual PP:

Con Basagoiti, y yo diría también que con el PP de Rajoy, esas cosas han cambiado.

El PP vasco de Jaime Mayor Oreja, Carlos Iturgaiz y María San Gil fue durante muchos años un referente político, ético y moral, no solamente para los vascos no nacionalistas, que les votaban en proporciones mucho más importantes que las que pueden exhibir los Basagoiti's Boys (Oyarzabal, Alonso, Semper, Maroto), sino para muchos conciudadanos en el resto de España, que veían en su firmeza en la lucha contra ETA y en la defensa de unos principios y de unos valores en el País Vasco un claro ejemplo que seguir. Sobre todo, cuando por defender esas ideas los mataban como a conejos. Cabe recordar que entre enero de 1995 –año en que ETA asesinó al presidente del PP de Guipuzcoa, Gregorio Ordóñez– y julio de 2001, en que la banda terrorista asesinó al concejal de UPN de la localidad navarra de Leiza José Javier Múgica, fueron un total de quince los concejales o cargos públicos del PP asesinados, en el País Vasco, en Navarra, en Cataluña, en Aragón y en Andalucía.

Todo esto cambió en el 2008, cuando María San Gil decidió abandonar la Presidencia del PP vasco días antes del Congreso de Valencia, ante lo que ella consideraba una postura absolutamente tibia de Rajoy –que como siempre no dio la cara y le dejó a su lacayo José María Lasalle que hiciera el trabajo sucio– en la redacción de la ponencia política que debía fijar la posición del PP respecto a los nacionalismos.

Con la llegada de Basagoiti a la Presidencia tras la marcha de San Gil y, sobre todo, con el nefasto papel desempeñado durante estos años por personajes muy mediocres, como Iñaki Oyarzabal, Borja Semper, Javier Maroto y algunos otros, el PP vasco empezó rápidamente a perder el norte, a desdibujarse ideológicamente, a estar obsesionado por que el nacionalismo sociológico, tan influyente en la sociedad vasca, le perdonara la vida; a querer ser pop y guay, porque lo anterior –lo de Mayor Oreja, Iturgaiz o San Gil– era excesivamente carca y rancio. Ellos eran los modernos y los que iban a sacar, decían textualmente, al PP vasco de las catacumbas. El fruto de esa política lo recogieron todos estos cerebrines en las elecciones autonómicas de octubre del 2012: pasaron de los 327.000 votos y 19 escaños de Jaime Mayor en mayo de 2001 a 130.000 votos y 10 escaños. Eso sí, ni el menor atisbo de autocrítica por esta debacle ni, por supuesto, ninguna dimisión.

Por eso, la gran duda que puede suscitar –mas allá de la forma poco democrática de llevarlo a cabo– el relevo de Basagoiti por Quiroga es si esta mujer guipuzcoana, que supo manejar con solvencia y acierto su cargo la Presidencia del Parlamento vasco en la anterior legislatura, querrá y, luego, si la dejarán –los Oyarzabal de turno– cambiar las cosas dentro del PP vasco, para que éste deje de ser el partido irreconocible en el que se ha convertido para gran parte de sus electores y para muchos españoles en estos últimos cinco años. El PP vasco tiene que volver a hacer de la defensa de los principios y valores que le hicieron grande y un referente en el resto de España su principal seña de identidad.

Esa es la tarea que tiene por delante Arantza Quiroga. Sólo el tiempo, no mucho ciertamente, dirá si quiere y está en disposición de lograrlo. Pero de entrada, para no equivocarse, tiene que hacer todo lo contrario de lo que le ha dicho que haga el presidente del PNV, Andoni Ortuzar. De esa manera, el acierto está asegurado.

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